Conciencia de clase.

Welcome to the rich people´s World.

Estábamos en el estacionamiento de una plaza comercial local. Hora pico, no éramos los únicos buscando un resquicio, un cajón, a algún auto que estuviera abandonando el lugar. Llevábamos varios minutos rondando. Vimos un espacio cerca de la orilla norte junto a los fraccionamientos nuevos. Encendí las intermitentes y aceleré discretamente. Unos segundos antes una treintona copetuda con una super camioneta de “doñita” nos ganó el lugar. O por lo menos llegó un par de segundos antes, lo que, por discreción y lo monumental de su truck, ni siquiera me atreví a cuestionar. Ya sea por la falta de pericia o simplemente por demostrarnos que de ella era el sitio de estacionamiento se adelantó como para estacionarse de reversa. Hizo un par de maniobras. Salió y se despegó un poco del sitio. Nosotros nos estábamos alejando cuando alcanzamos a ver que un tsuru blanco con claras muestras de su pasado taxista, literalmente, le robó el lugar. Apareció subterráneamente, inoculado como por arte de magia y se introdujo engranado como maquinaria de reloj en el lugar que la doña copetuda había apartado con las intermitentes de su nave, maquilladas miradas altaneras, y que lentamente pretendía ocupar. El acto no dio para que alguien se riera. Era normal que se sintiera un airecito de estupor. Aunque la doñita nos había ganado el lugar, había sido más o menos a la buena, pero lo que hizo el cabrón ése sí era para llamar la atención. Descarado, el muy sinvergüenza, se burló de la doñita, así como demostrándole su juancamanayería.

La señora apenas atinó a bajar el vidrio de la ventanilla. Apenas pudo balbucear un ligero reclamo. El gesto era claro, estaba indignada. Tenía motivos. El cabrón del tsuru volteó como si anduviera en Playa Azul, una mano en el bolsillo del pantalón y otra haciendo un ligero encogimiento de hombros, invitando a la resignación, espetó segurísimo de sí mismo: -¡Bienvenida al mundo de los gandallas!- Yo por lo menos me quedé boquiabierto. No lo podía creer.

Pasaron unos segundos y entonces sucedió algo impresionante. De algún lugar divino o por lo menos sobrenatural, entre instinto de conservación, respuesta ante la injusticia y el emancipación surgió la fuerza de la ricachona [Este momento de la vida me sirve para recordar a cada instante mi conciencia de clase] Salió respondona la doñita copetuda. Subió el vidrio de la ventanilla. Abrochó su cinturón de seguridad, embragó reversa, soltó el cluch y metió a fondo el acelerador. Fue a estampar como “carro chocón” en feria La doble rodado con faros de alógeno y defensa, por lo menos, un medio metro sobre el nivel del peatón, en el tsurito blanco hasta darle un efecto acordeón. Todos expectantes e incrédulos lo vimos. La conductora furibunda y oligofrénica hizo un gesto risueño. Avanzó hasta acercarse lo más posible al juancamaney que veía estupefacto, atónito lo que había sucedido. Su gesto había cambiado radicalmente y no dejaba de ver su auto estampado contra el muro del estacionamiento.

La treintona, con cara de Jacqueline Andere en entrevista bajó el vidrio de la ventanilla, miró recia y fijamente al otro conductor y le dijo, como pidiéndole la cuenta a algún mesero, ¡Bienvenido al mundo de los ricos, PENDEJO!

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De lecturas. De pasajes decembrinos.

He sido invitado a formar parte de los lectores de Roberto Bolaño. Recibí el libro en un café. No hubo más entre tanto. Mejor así.

27 de Diciembre

No recuerdo bien. Pero creo que estaba en los últimos semestres de la carrera. Habíamos ido al DF unos días atrás Alejandro y yo. Habíamos pasado ratos memorables; desde meternos, sin saberlo, en un Hotel por horas que tenía espejos en el techo y la tv sólo sintonizaba canales para adultos, hasta gastarnos lo del boleto de regreso en La Guadalupana, cantina para puro don oficinista que actualmente ha desaparecido. También conocí esos días el Caracol de oro, Bellas Artes y la Alameda; vi lo que se puede ver de la ciudad desde lo más alto de la latino. S nos acompañó la mayor parte del tour. Creo que fue la ocasión en que la vi más guapa. Fuimos a Gandhhi de Quevedo y pasamos horas ahí.

Al volver de ese viaje me encerré en mi cuarto y me mantuve despierto toda la noche. No lloré como García Madero. Tampoco estaba en la Facultad de Derecho. No aspiraba a ser poeta. No me inscribí en algún taller literario. Simplemente era Anacentrista. Esa noche y el par de días que siguieron me mantuve leyendo. Devoré ese libro que me había sido entregado. Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño. Normalmente en los periodos vacacionales: de soledad, de encierro, de tristeza, suelo leer la mayor parte del día. Siempre hay café, en aquel tiempo no fumaba en casa, así que digamos que lo único que me acompañó fue el café y los gritos de mi hermana llamándome a comer.

Recuerdo que soñé con María Font toda la semana. Soñé que era yo y estábamos en la casa de los Font, que en mi sueño era una combinación de la quinta "la granja" (manzana de la discordia de mi familia real, fuera del sueño) y la casona de un padrino que, además, tiene hijas y eran, ellas y su padre, mi padrino, tipo bonachón de sacos cafés, un tanto así, un tanto a go-go, un tanto "muy setentero"; muy de la Nápoles, muy de móvil Valiant Acapulco ´77; bohemia y paseos por Insurgentes, choques de borrachos en la Sullivan o en Garibaldi; bacardí blanco y pantalones acampanados. María Font usaba pantalones de pana y tenía peinado de Blanca Guerra en películas como Estas Ruinas Que Ves, estudiaba literatura y jugaba con todos los hombres, conmigo, con García Madero, con todos. Siempre quise saber qué fue de su vida. En mi sueño sólo pasábamos la noche sobre su cama de latón en un cuarto de techos altos junto a la cama de su hermana que roncaba como susurrando. Como García Madero o Piel Divina, me veía iniciado por ella. Por María Font.

Pinche Bolaño:


14 de noviembre

Hoy fui con Pancho Rodríguez a casa de las hermanas Font.

Llevaba unas cuatro horas en el café Quito, ya había ingerido tres cafés con leche y mi entusiasmo por la lectura y la escritura comenzaba a languidecer cuando apareció Pancho y me pidió que lo acompañara. Accedí encantado [...]

Allí sólo estaba María.

María es alta, morena, de pelo negro y muy lacio, nariz recta (absolutamente recta) y labios finos.
Parece de buen carácter aunque no es difícil adivinar que sus enfados pueden ser prolongados y
terribles. La encontramos de pie en medio de la habitación, ensayando pasos de danza, leyendo
a Sor Juana Inés de la Cruz, escuchando un disco de Billie Holiday y pintando con aire distraído
una acuarela en donde aparecen dos mujeres con las manos entrelazadas, a los pies de un
volcán, rodeadas de riachuelos de lava.

Los Detectives Salvajes, Anagrama, Barcelona, 1998, p 29)

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Días de la negación.

No compré algo especial por ser navidad. No brindé especialmente por ser navidad. No me quité los jeans rotos, ni mucho menos hice el intento de peinarme. No entiendo mucho de todo. No dejo de sentirme extraño, extranjero. desarraigado.

No sé si estoy médicamente trastornado. No sé si hay un existencialista de medio siglo llamado Mersault dentro de mí. No sé si el desarraigo de Bolaño me ha contaminado tanto que lo veo todo con cierta indiferencia triste. No sé tampoco por qué de cualquier forma todo me termina afectando tanto como para convertirme en un esquizoide radical. No sé cuándo dejaré de tener pesadillas; no sé cuándo dejaré de recordarlas todo el día. No sé siquiera si he dejado de fumar o qué porque estoy tan indiferente que ni eso, cosa que me ha interesado los últimos años, me ha interesado desde hace semanas ¿Estaré enloqueciendo?

Creo que hoy sería Macbeth.


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