Frases






"La única forma de vencer la tentación es caer en ella", una frase que después se haría famosa. Wilde a Gide.


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Suscribo.

Suscribo, gran noticia:

Juan Marsé, premio Cervantes. Luego añado más.
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Mina, la de mi casa.

El fin de semana estuvo movido y pasaron cosas interesantes y dignas de contarse por acá. Sin embargo, hay algo que no me deja ser feliz y no me deja tampoco dedicarle la atención a enlistar, sugerir o narrar lo que un biógrafo local como yo está en responsabilidad de mantener al día --cual Pedro Camacho, el artista de los radioteatros--. Mi perra está enferma y no puedo pensar en otra cosa. No me llevo bien con ella, me ha mordido un madral de veces, pero me preocupa. Nunca hemos pasado una mañana juntos sin pelearnos, ella pela los dientes en son de ataque y ladra como lo oligofrénica que es, yo le grito malidicencias soeces, pero hoy me preocupa. La sacaba a pasear antes, muy de mañana, con el único objetivo de despertarla y de cansarla; no la paseaba porque me gustara o porque considerara sano eso lo hacía con afanes de rudeza y de didáctica del tirano: había que informarle quién manda. Un tiempo la sacaba cuando veía que pasaba alguna peregrinación por ahí porque sé que los "cuetes" le asustan. La sacaba para hacerla sufrir un poco. Siempre se repone de cualquier manera y guardo la esperanza de que esto suceda pronto, me preocupa. Ahora mi atención la tiene ella, toda. Mi perra es una cocker negra latosa y consentida. Mi perra se llama Mina y es soltera y virgen y se pelea con los hurracos que pasan por ahí, nunca quiso a sus parejas. Mi perra me tiene preocupado, le duelen sus orejas y debo darle de comer para que evitar que se mueva. Me tiene preocupado.
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Pronucié en presentación.


De “Literatura y 68, cuatro consideraciones. De Alejandro García.[1]
Luis Pérez.

A Alejandro García lo tengo como un académico con gran sensibilidad. Del día que lo conocimos guardo en la memoria su temple y su calma para recitar poemas de memoria. En aquella ocasión, habló de un poeta que después yo leería. Jaime García Terrés era objeto de homenaje por aquellos días, era el décimo aniversario de su muerte. Curiosamente, este escritor al que daba merecido homenaje Alejandro García, que ese día estaba en el estrado, se distingue según sus biógrafos por el empuje y la pasión para promover la cultura, por promover la poesía y por promover las revistas de corte literario. Fue éste mismo, durante una época dorada, director de La Revista de la Universidad de México, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica y de la Biblioteca de México. Fue él mismo o al lado de éste como conocí o supe de Alejandro García. Esa mañana, algo adormilados o, siendo francos, bastante crudos, escuchamos -bajo la cadencia de una voz acostumbrada a enseñar- la invitación al viaje: “La ciudad”, de Kavafis.

Juego con esta referencia porque precisamente en esta ocasión lo que estamos haciendo es presentar una revista. No encuentro un mejor ejemplo que García Terrés, traído a colación por Alejandro García, para hablar de revistas de divulgación cultural. Tanto uno como otro, siempre han mostrado responsabilidad y sensibilidad y entrega por el tema de la promoción cultural; y no se puede dejar de lado tampoco lo necesario que para ellos, y que lo es en realidad, tener termómetros periódicos de la cultura en México. Eso son las revistas culturales, unos recolectores de la temperatura de la sociedad. Son también el espacio para la crítica y la opinión, el diálogo y la apertura de horizontes; son la colecta del tiempo, en ellas encontraremos lo que la historia filtrará para su cuento.

Alejandro García presenta pues, en Cuestiones Culturales, Nueva época, un trabajo a cuatro apartados -con cuatro consideraciones- acerca de la Literatura en el 68. Él afirma que el movimiento de aquel octubre “Puso a los jóvenes en el mapa de la nación, con su vocabulario, sus aspiraciones, sus dudas. Por primera vez los jóvenes dejaban de ser esos adultos de antemano condenados al sacrificio de la convencionalidad y del buen comportamiento” (16). Afirma y, quizá sin reservas es una consideración que suele renovarse cada vez,

Había una profunda ignorancia sobre el papel de los jóvenes y su derecho a intervenir en las decisiones del rumbo nacional. Y algo similar sucede con el habla de los personajes literarios. Es como si la juventud siempre fuera recuperada desde la madurez o desde la ancianidad y no desde su propia experiencia. Se abre así un amplio territorio de exploración y de testimonio (16).

Resulta algo significativa la falta de memoria que solemos vivir, siempre dejamos de recordar pronto: los adultos, que son los que están siendo juzgados aquí, suelen olvidar lo que fueron de jóvenes. Acostumbran vivir bajo el eufemismo de no saber lo que cuando, como dijera aquel gran endecasílabo, “traíamos toda la leche adentro” se hacía. Deciden borrar de tajo todas las locuras e ilusiones, ideales y consecuencias no asumidas durante aquella edad. Optan por callar y suspender y tapar que ineludiblemente “Alguna vez fueron Jóvenes”, como diría Carlos Mata. Clausuran sin mirar sobre el hombre al pasado y comienzan a vivir a los treinta o a los no sé cuántos cuando ya se es alguien útil, alguien que no chilla frente a nada, alguien que ya no se queja de veleidades, éste que ha aprendido los lemas de la madurez: responsabilidad y trabajo, por mencionar algo.
Bajo estos parámetros se es joven y se está destinado a la insolencia y a la rebeldía y sobretodo a la incomprensión desde varios bastiones, además. Ser joven es lanzarse contra la pared o dar tumbos queriendo despertar a la vida. Ser joven es una pérdida de tiempo y una espera desesperada por crecer, para así, despojándose del capullo de la enfermedad que se llama juventud sea posible, ahora sí, ingresar a la vida, a la verdadera vida de todos los días.
Pero el papel importante del joven radica en no desaparecer. Resulta una paradoja benéfica para nosotros este no reconocimiento, esta lucha por ser escuchados, por tener una voz propia es desde esta postura el motor de nuestro empeño. Se pude notar este espacio, que Octavio Paz propone como el lugar de la frustración, como el momento en el que se quiere todo pero se puede nada. Ser juventud equivale formar parte de “los reclusos privilegiados, irresponsables peligrosos, seres reales de un mundo irreal”.[2] Alejandro García resalta atinadamente esto: “la literatura del 60 llegó para quedarse a través de la literatura de la Onda y de técnicas innovadoras o bajo el tratamiento de temas universales. A la discusión agrega sin piedad Sara Sefchovich: “Los jóvenes se sentirían dueños del mundo, ajeno a nada que no fueran ellos mismos; lo social se irá alejando cada vez más del horizonte y en su lugar quedarán las preocupaciones íntimas y personales como en las novelas de García Ponce” (17) La literatura del 68 es un gran ejemplo para comprobar que la juventud está, o puede estar imbricada con ondas de rebelión que pueden sacudir al mundo entero. Más allá del cuestionamiento de la figura paterna, los jóvenes pueden inclinar su discusión hacia el mundo discrecional, corrupto y abusivo en el que nos movemos y soñar, por qué no, con un mundo como el que apenas alcanzan a imaginar.

Luchar por controlar sus pasiones y el carácter también es una lucha válida. Luchar para afuera las luchas internas y empujar y poner empeños sobre los sueños, sobre las ilusiones, sobre cómo conseguir el reconocimiento también es una batalla valiente. Situarse en el sitio más irreal es el destino. El joven está en tierra de nadie, en el vacío quizá, pero este sitio que se antoja de olvidados, es el sitio ideal para la crítica. Es el balcón desde el que puede emerger la voz y poner en cuestión los lemas y las morales reinantes. Ya sea para derrumbarlos o para suscribir su vigencia. Es desde aquí que puede surgir nuestra voz, la de cada uno y la de todos, como una voz entre las otras para no callarse nunca, o por lo menos, no desde ahora.

Estuvimos, mi colega, el anacentrista Alejandro Palizada, Margarita Espitia, estudiante de la Facultad de Filosofía, Atala Solorio, directora de Casa de cultura y una nutrida banda escandalosa hace ya dos miércoles en la presentación del segundo número de Cuestiones Culturales, nueva época. Revista trimestal de difusión cultural.




[1] Alejandro García, “Literatura y 68: cuatro consideraciones” en Cuestiones culturales, Nueva época. Año I, núm. 2, octubre 2008.
[2] Octavio Paz, Posdata. FCE, 1981. pp. 23.
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Eventualidades de post pasados..


Mis tres lectores, si es que les interesa: las películas, que eran la manzana de la discordia y motivo del drama del que fui sujeto por una mujer acromegálica y gritona, estaban en propiedad de otra persona. Fue de a gratis el emblemático y mefítico trance de ayer; tanto que hoy por la mañana me encontré con la susodicha branquicéfala -era inevitable- y actúo con conocimiento de causa (estoy seguro por su gesto de duda y de culpa y de fingimiento), pero fiel a su orgullo, como si nada hubiese pasado, como si la leve eventualidad a la que me sometió ayer antes del desayuno hubiera sido una de un mundo paralelo. Actuó finalmente como si nada. Joder. No contenta, se entrometió en mi segunda clase porque ella había escuchado un timbrazo inexistente y aseguraba con ello que ya eran las ocho cuarenta. Eran, todos lo pudimos ver, diez minutos menos. Por mí no hay problema, no se caerá un puente si no hay los minutos exactos de una clase de este docente con acre condena en una prepa de provincia. Sólo que me comienzo a sentir incómodo. Que alguien la pare, lo ruego, parece que la perdemos.
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De las réplicas a una réplica.

Sabía que al pronunciarme por las mujeres solas algo sucedería. No, no lo sabía, debí saberlo y callarme. Debí saber que al generalizar estaba provocando algo, una hecatombe, un aquelarre, un ataque frontal en contra mía. Ha sucedido. Generalicé por un lado; por otro, hablé. Esta mañana, aunque me sentía algo crudo me sentía risueño. Desperté tarde para mis clases de las siete. Apuré el baño que resultó reparador, bebí agua y algo de té, respiré hondo. Me planté en la escuela y me dediqué a dar clases, jugué un poco con el tema y hasta recité, como últimamente me da por hacer, algo de Huidobro. Fue una mañana fácil, una en la que me encontraba de muy buena uva, sólo sucedió y ya. Había bromeado con alumnos, me había burlado de dos o tres chistes y había salido airoso y hasta satisfecho de mi suplicio docente de los martes por la mañana. Se me vino un alud. Sigo atónito. Sigo incrédulo. Sigo pasmado.
Sólo así, sólo sucedió. Salí de la sala de maestros, me acomodaba la mochila y encontré a una colega. Bromeamos sobre un olvido que tuve hace unos días y sobre lo distraído y fantasmal e idiota que puedo ser. Qué quería, sólo doy seis horas a la semana en ese sitio, las imparto de siete a ocho cuarenta, alguna consecuencia de desaparición debía de haber. Reímos. Ya me despedía cuando nos atajó otra colega murmurando un largo etcétera sobre un alumno medio gandalla y tal. Se detuvo justo frente a la puerta, muy cerca de donde charlábamos mi otra colega y yo. Se dirigió a mí con ese tono inquisitivo ya conocido por todos, ¿ya hiciste las transferencias de las películas de los Soler?, me sorprendí, y con esa misma sensación respondí que no sabía de qué hablaba. Insistió, sí, yo te di esas películas frente a C., seguí en la negativa. No, no me las diste. Desairé afectado. No insistió más, no inquisitivamente. Se volvió loca. Atisbó gestos y pude ver cómo se transformaba en la oligofrénica que es. Pude ver con un asombro descomunal que estaba frente a una colegiala a punto de quebrarse en llanto, pude ver a esa cincuentona fundándose un gran drama. Joder. Sigo boquiabierto. Sigo con el nudillo de incredulidad en la garganta. Me lo pienso y todavía me pongo erizo, aún conservo esa frialdad de espectador con la que lo debí ver todo, pero debajo de mí simplemente no sé qué pasó, ni cómo ni por qué. Sólo arrojó un grito dramático, esperpéntico, desgarrador, yo te las di. Se recogió, abrió la puerta del sitio al que le hacía antesala, azotó la puerta, se aplastó en un silla de las que hay allí y siguió vociferando ¡Sí, Yo Te La Di, Sí! ¡Yo Te Las Di! Gritaba o gemía ya no supe bien. Hablaba sola, gritaba sola, lamentaba sola. Claro, B es una mujer sola.
Quedé frío, incrédulo y risueño. Me quedé idiota pensando en lo que había sucedido. Atiné a caminar, me puse el saco, bajé la cabeza y volví a intentarlo. Indagaba en mi memoria a corto plazo. Seguí anonadado. Terminé buscando en mis recuerdos el motivo del drama. No encontré un carajo. Me dije, déjalo, no pude. Todo el día estuve dándole vueltas enfermizamente. Nunca comprobé si mi duda acerca de lo que me reclamaba B era por la vehemencia con la que me lo había inquirido o porque fuera lo real. Revisé las escenas posibles. Acusé dos particularmente: una en la que yo le comentaba, casi al final del año pasado, al entonces Secretario Académico del sitio donde laboramos, que me parecía buena idea hacer un cine club en el Colegio. Sabíamos él tipo y yo que era un comentario para perder el tiempo porque ni siquiera permiten cosas así allí, y para las películas en las que yo pensaba, ni hay mucha gente que las vea ni permite la censura dejarlas ver. B se entrometió sin dejar de mencionar alguna cosa que le pareciera mal. Creo que recuerdo que dijo algo de sus películas, pero no supe bien qué. Dijo que tenía videos VHS y que bastaba con transferirlos para tener colecciones enteras de lo que ella tenía en su casa. Posiblemente esa sea la imagen que haya provocado su reacción esta mañana, la sensación de haberme dado unas películas para transferirlas. Esto yo lo recuerdo vagamente; que me las haya dado, simplemente no. No lo recuerdo porque de verdad creo que no sucedió nunca, pero no sé. Ahora dudo. Dudo y sufro. No sé qué es lo que hace uno en estos casos. No sé si mañana me estará esperando en la puerta de entrada o buscará encontrarme en cada salón que habito durante cincuenta minutos para enfrentarme de nuevo y montarme un desequilibrado drama. Vivo bajo el pavor del que no sabe lidiar con solas desatadas. Habito las cuitas particulares y temo. No me importa el trabajo, es poco y últimamente no es el mejor sitio para estar, temo quizá porque simplemente no quiero sorrajarle en la cara a esa desadaptada que, me queda decirlo sin amilanar el dejo claro de tristeza frente a ella, que le vendría bien un buena amigo de inicial D, o uno de carne y hueso, que los perros son la onda pero que a veces no basta, que la soledad es re cabrona y que no soy víctima de nadie; que, en todo caso, si hay alguien que se ha quedado con cosas del otro es ella, pues recuerdo que alguna vez yo le mostré un libro virtual que nunca me devolvió, sólo arrastró un desdeñoso comentario, está mejor el de Santillana, dijo. No me extrañó, sólo me encabronó que no me lo devolviese y que no hiciera un puto gesto para preguntar cuánto era del disco. Quizá es el momento de aprovechar para que cada quien tenga lo suyo.
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Citas.

"Pero ustedes estarán de acuerdo en que el problema de la realidad no se enfrenta con suspiros"

Cap. 28, Rayuela.
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Réplica a "Las meseras del Vips".

De las meseras del Vips a las mujeres solas hay una mirada. Las meseras, disimulan. Hacen que cualquiera que se apoltrona a beber café interminables ratos se sienta cómodo, se sienta como parece querer. Bajo la mirada de psicólogas o de oligofrénicas observadoras de la vida, la mesera del vips es lo que todo hombre querría. Sin embargo, y como todo en la vida, hay una paradoja, algo que quien propone esta teoría no notaba en este anhelo pequeñoburgués, clasemediero y noventero. Hay en éste una tristeza irreparable, a ellas, a las del Vips, no les interesa que el café sepa a pura chingada o que la comida esté fría. Todo lo hacen para afuera. Esa sonrisa eterna ahora me parece tan ficticia, tan reemplazable por una máscara de blue demon. Son en todo caso aparatos maquinados para hacernos sentir bien, no más. Ríen pero no hay más; si bien las solas, de las que hablo ahora, tampoco escuchan, su entrega es otra. No es prestada. No es pagada, ni tiene jornadas definidas; es en cambio, una entrega definitoria para la vida. Mientras que las primeras sólo sirven, sólo cumplen, las segundas actúan directamente porque preparan, porque se preocuparán siempre, debido a un irrefrenable egoísmo que les hace hacer todo como si lo hicieran para ellas; no alcanzan -por no sé qué motivo- a distinguir que lo que hacen no siempre es para ellas; eso en apariencia sería molesto, esquizofrénico, patológico y obsesivo, pero, a la larga, es querencia, es dedicación, es des-automatización, es arte. Son solas y egoístas y se angustian; tienen esta tierna propensión por los detalles y, como todos sabemos, en los detalles se columpia el diablo y surge el verdadero cariño. A las meseras del Vips les preocupa la eficacia, que está emparentada, más que con ésta misma, con un concepto de velocidad y cumplimiento rápido; visto más de cerca, se traduce en precocidad, o más claro, en bonitos platillos acicalados por otro muchas veces fríos o recalentados en microondas, un descuido que sólo en la profundidad de saborearlo todo, podríamos notar, como la pimienta extra que notamos en los platillos preparados por las otras. A las solas la tardanza ya no les preocupa, se han acostumbrado más que a esperar a no tener prisa, ninguna, Penélopes que han dejado su hilar para otro tiempo; son dueñas de su tiempo que no es de jornada de ocho horas. Se han habituado a darle tiempo a todo. Son sabias. Mientras que las otras suelen ser útiles, y entre ser y ser útil, hay diferencia, hay una valiente virtud de diferencia que las solas desarrollan y que uno nota cuando dejan el plato en las manos del comenzal o comen junto a éste.
El regaño que sufrimos de las solas vale la pena frente a la sonrisa hipócrita de una mesera del Vips que, si bien puede desarrollar una empatía con el cliente, ése que se sienta y echa el morral o el portafolios como puede encima de la otra silla, está obligada también a ello: se llama cortesía y la podemos pagar con el diez o el quince de propina al final de la faena; cortesía que a mi modo de ver se nos ha esfumado, la han dejado huir a partir de la consigna, digna de clase de competitividad y calidad, en la que lo que cuenta no es el cómo se hacen las cosas sino un simple hacerlas “justo a tiempo”. Frente a esto, a pesar de que al cliente le viene bien una sonrisa cada vez que recibe una visita momentánea de la mesera para ofrecerle algo más, un café o un vaso de agua con o sin hielos, existe el tránsito artesanal y de manufactura tardada que uno puede vivir desesperado, pero bajo el encanto de una entrañable ternura de saberse querido por una egoísta que quiere a lo que quiere como se quiere a sí misma. No, creo que a pesar de lo tentador de querer a una mesera del Vips, prefiero a las mujeres solas, aunque gruñan cuando despiertan por las mañanas. De hecho, me atrevería asegurar ya dicho lo dicho que, seguro cada mesera del Vips, es una mujer sola, o por lo menos lo quisiera ser.
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Hablemos de Partitura para Mujer Muerta.


Ahora, asesinan a Violinista en Casa de la Cultura.
Presentan Partitura para mujer muerta
frente al jardín principal.
Allí, en Casa de la Cultura.
21 de Noviembre. 7:00 p.m.

Redacción/Colectivo Plataforma.

“una llamada a las cuatro de la mañana es un fogonazo en una cloaca: ilumina cosas que nadie quiere ver”.





Escritor de oficio y de rigor conocidos desde su primer libro de cuentos, El síndrome de Esquilo, Vicente Alfonso presenta en Irapuato, este 21 de noviembre, en Casa de la Cultura, su más reciente novela Partitura para mujer Muerta, escrita gracias a una beca de la Fundación para las Letras Mexicanas. La novela recibió el Premio Nacional de Novela Policíaca IPAX 2007. El trabajo fue considerado para el Premio Nacional de Novela Policiaca IPAX 2007 por “la agilidad dada a la historia, además de un buen sentido del suspenso, recreación de atmósferas sórdidas y una visión lúgubre y sarcástica del mundillo de los ejecutantes de música clásica, así como su conocimiento del género”, según destacó el fallo unánime del jurado integrado por Enrique Serna, Federico Campbell, Vicente Francisco Torres y Rafael Antúnez. Con altas dosis de erotismo como contrapunto y complemento de la violencia, Partitura para mujer muerta es una invitación a explorar la perturbadora belleza de la muerte.


Dice el autor en la novela, Parto de una premisa: todos podemos ser asesinos siempre y cuando encontremos quién desee ser nuestra víctima. Nos pasamos la vida buscando a alguien dispuesto a agonizar en nuestras manos. Cuando lo hallamos, acabarlo es cumplir con la última fase del ritual. El riesgo -porque siempre hay un riesgo- es andar por ahí en busca de una víctima y topar con el verdugo, una persona en cuyas manos estemos dispuestos a morir.

De abundantes claves y simbolismos, regados en toda la novela, los personajes y las voces, resultan un monumento a la verosimilitud más clásica, aquélla que aboga porque todo sea necesario. En Partitura para Mujer muerta, todo es no solamente necesario, más allá, el lector termina buscándolo, exigiéndolo. Todo es cercano al lector, todo sucede como en México. Bajo el vocativo a un morbo que generalmente compartimos, como en todo misterioso caso sin resolver, el lector busca desenmarañar el enigma: ¿quién es el asesino? Esta es la oportunidad en la que el lector se presenta frente al autor y le cuestiona, le insta a decirle lo que ha pasado. Es la ocasión para que escuchemos al testigo declarando su inocencia frente al gran jurado, su público lector.

Los comentarios que se han escuchado en presentaciones y lecturas no son para nada exagerados, realmente Vicente Alfonso comienza a ser uno de los grandes narradores contemporáneos en México, con aires distintos, mexicano y juvenil, Partitura para mujer muerta, publicado por Random House Mondadori en el 2008 será presentado por en Irapuato, Guanajuato, este 21 de noviembre en la charla acerca de literatura, enigmas y periodismo que compartirán el autor de la novela, Vicente Alfonso y Luis Felipe Pérez.

Del autor, Vicente Alfonso, sabemos que nació en Torreón, México, en 1977. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2005-2006 y 2006-2007 y del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila en 2002-2003. Con Partitura para mujer muerta (Literatura Mondadori, 2008) obtuvo el Premio Nacional de Novela Policíaca. Otros de sus títulos son El síndrome de Esquilo (Ficticia, 2007) y La Laguna de Tinta (UA de C, colección escritores Coahuilenses, 2006). Su labor como reportero y articulista le ha valido premios como el Armando Fuentes en 2003 y Estatal de Periodismo Coahuila 2007. En 2002, el Gobierno de Coahuila le otorgó la medalla Nazario Ortiz. Entre 2002 y 2004 fue editor internacional del diario El Siglo de Torreón. Sus trabajos han sido publicados por revistas como La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Este país, Tierra Adentro y Proceso.

Gran conversador de palabras precisas siempre bajo la consigna de decir lo que se quiere decir, excelente novelista, guardián de secretos que cualquier lector quisiera desentrañar, estamos seguros que Vicente Alfonso nos sorprenderá como sus propios textos la tarde del 21 de noviembre en la casa de la Cultura en el marco del Laboratorio para Escritores que se imparte desde septiembre en los salones de Casa de Cultura en Irapuato.

Asimismo, el público no debe olvidar que el sábado 22 de noviembre, en los salones de la Preparatoria Oficial, impartirá un mini-curso creativo enfocado especialmente a Cómo hacer novela. Por la noche, todos nos vemos a las siete en Berriozábal para integrarnos al tradicional Festival de Jazz que se llevará a cabo en la ciudad de Irapuato del 19 al 23 de noviembre en el Centro Histórico de la Capital Mundial de las fresas. Cerquita, muy cerquita, de Cuévano, sonde dicen que hay "morras salvajes".

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Postales cuevanenses.

Ordené bistec a la mexicana, jugo de naranja y café turco. Leía a Huidobro y a Álvaro Solís. Los repetía aleatoriamente y esperaba. Un grupo numeroso llegó al restaurante, estaba yo en otra dimensión, quizá por ello me turbaron muy poco. Esperaba y tenía yo mucha hambre; tampoco había pasado una buena noche. Pasé frío y desperté a cada rato, intenté cada vez dormir otra vez y mucho, pero no pude. De la cocina o del baño, de una cueva o de otra, quizá hasta de mis pies o de mis viejas botas; algún animal muerto, un trapeador húmedo, alguna coladera tapada o el mismo retrete, se desprendía –más constante que furioso- una hediondez insoportable que seguro respondía a fiestas de cada día, miradas juveniles y beodas, aguas locas, calentura iniciática y universitaria, comida pútrida, bailes candorosos, risotadas alcohólicas de otras noches. Todo parecía reservado para mí esta noche. Todo eso era o significaba algo de lo que la vida, desde hacía ya meses, me había obligado a firmarle renuncia. Todo eso que esta noche, como en esas noches tan cercanas al lugar del dios de la barra, hizo que durmiera poco y mal, y haga creer en metal precioso cuando el sol se asoma.

Sorbí del vaso de jugo de naranja. Alcanzaba a escuchar un murmullo. Sentía la cara hinchada y aguardaba ansiosamente algo de alimento. Tuve la sensación de ser otro, como muchos otros sábados, un extranjero o, en esta mañana de búsqueda de restaurante, un hijo pródigo que en otros tiempos no hubiera dejado de contar cada precio y no hubiera dejado de temer no completar el costo de la cuenta. De cualquier manera, el Truco se inoculó en mi memoria afectiva esta mañana con especial renovación. No fue, sin embargo, la leyenda que en alguna otra ocasión había contado a un poeta, a un novelista, a un editor y rock star, a una buena amiga, su hermano y al madrileño, no. No fue el artístico diseño del lugar digno de casa de anticuario; no fue ni siquiera recordar peleas en esta misma mesa, en medio del desayuno, con F hace ya un lustro.

Mientras devoraba como un condenado mi bistec a la mexicana, el Alea Jacta Est de Solís o el Salto en Paracaídas de Huidobro desaparecieron súbitamente; las imágenes y los pestilentes recuerdos de mi noche también. Sólo quedó, al levantamiento de cabeza, bajo una armonía casi griega, un suspiro y la suspensión segoviana, en el Truco, la voz de José José, el príncipe de la canción. Yo bebía mi café y saboreaba mi bistec a la mexicana.
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A qué le tira L cuando sueña.

Indefendible. El tinto provoca en L algo inexplicable que no deja dormir a los demás. Provoca también que L sea hecho un monumento.

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Post para antier.


y hoy, ¿de qué te vas a disfrazar eh?
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