Llevaba Medias negras.

Fue una gran estancia, me lo repetía frente al vaso de café caro. Fue un gran paseo del que todavía no saldo el costo. Será que fue resavio de un pasado bucanero, ensoñado, de alquitrán. Será que el tesoro guardado tiene llave de sol. Será que la religión de masoquista da un cariz de bonanza cuando tiene uno veintisiete. Será que el hueco de las ausencias y la loza del pasado lo dicen todo con la sonrisa de la Magdalena pertrechada en un farol a plena luz de la madrugada, de las aceras de la madrugada. Será que las medias negras y el son que uno compone entre el sueño y la mirada de otra cosa lo acosan a uno entre el gesto risueño y la befa de lo que se ha vivido. Será que monseiur Madrí tiene mucho de Guanajuato, o de uno. Será que el sountrack de otras épocas se escucha menos triste -que no menos melancólico- en vivo y con un chingo de almas entregándose cuando repiten a voz honda un "sin embargo". Será que vivir la vida un poquito es un blues con cinco músicos, una corista andaluza y un tipo de frack que salta a destiempos mientras canta la viudita de Qlicot.

Adonde tú me lleves, respondería después de esa tarde lluviosa con sabor a Madrid o a donde sea, Praga o México; adonde enciendas el humo del cigarrillo repetiría yo, cuando el ambiente duele de tanto que huele a Guanajuato y mi pasado. De pie, entre un gesto risueño colmado de recuerdos, dos colegas, Polo, y a mi derecha una gordita que no se animaba del todo a soltarse el pelo y gritar lo que traía entre el pecho abundante y el bolso que abrazaba, yo, murmuraba, así, quedito, contemplándolo todo, como intentanto tararear, incapaz, el par de decenas de canciones que me repetí al hartazgo por los callejones de los que fui torero más de una vez, en los que fui noctívago un lustro y más, en los que me pesó tanto como un boulevard de los sueñós rotos, de la vía de los besos perdidos, de la calle melancolía, la vida que ni siquiera vivía.

Dos horas y media, una foto con dos compitas y el encuentro fortuito con el anacentrismo en el centro histórico, espacios en los que el corazón se me ensanchó y, en descargo del que, en sus palabras, preferiría quemar Garibaildi que estar un sábado por la noche en un concierto, era yo quien tenía ánimo de revivir cosas, de soñar unas más, de hacer declaraciones con olor a rambla.

Eso fue Este concierto. Eso fueron esas medias negras, esa rubia o esa por la que se jura morir. Eso fue el concierto y la maldita madrugada. Eso fue reconocerme Pez de ciudad. Eso fue prometerlo todo a la tanguita de serpiente. Eso fue caminar como infra por las calles del perímetro defequeño. Eso fue contemplar el zócalo de la ciudad de los palacios y declararse conquistado por el monstruo. Eso fue. Eso.

Y la estación era cuatro caminos. Y el hotel fue afrancesado, y eso fue el anacentrismo en una avenida de los sueños caducos. Y eso fue la tarde lluviosa. Con honestidad, resulta difícil escribir de aquello que emociona tanto y que no es, todavía, un toro pasado. Se hizo la noche. Yo la viví a ritmo de son, twist y blues. Canté entonces lo que pude, sentí lo que sentí. En la estación de Barranca del muerto todo comenzó: dejamos que se nos subiese a la cabeza la espuma de la tristeza o de la soledad.

Jeans, suéter negro y unas cosas en los bolsillos, las mariposas y mucho ritmo, la fórmula para subirse a ese bagón y mirar lo que pocas veces se puede: un tarareo, el fulgor de lo que siempre se escuchó en discos, el fervor de las cosas que se repiten en voz alta con el puño cerrado, como promesa de la viajera que quiso a enseñarme a besar.

3 Escrúpulos y jaculatorias.:

José Antonio dijo...

vaya concierto...

media luna dijo...

Tengo que volverlo a leer, pero me parece que sabrá más rico cuando pase el tiempo. Es lo bueno que tiene el tiempo. Diluye los malos recuerdos y aviva los buenos. Saborea esa espuma en tus labios. Lo de más, qué importa. Habrá otras estaciones, y otras medias negras esperando también beberse su soledad acompañada. Ya te he dicho, que tengo que volverlo a leer, pero es un texto que de entrada, te quedas con un torrente de emociones que no sabe una donde colocar para que encajen.
Un abrazo.

Eduardo Huchin dijo...

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