Sobre Por el lado salvaje

Un texto sobre Por el lado salvaje, de Nadia Villafuerte en la Revista de la Universidad de México de marzo:

http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/9712/pdf/97perez.pdf
Read more

XXXIII Feria Internacional del Libro del palacio de Minería

Read more
"Amo mi tierra. Mas es raro amor
que mi razón no puede domar"
Lermóntov
Read more
Llueve. Seguro hace ya un rato. Llueve, Popi ha encontrado un lugar a los pies de mi cama. Llueve.
Read more
“Relinchito”
 
Recientemente, noté en algún blog, en alguna novela, la intención de dirigirse a un psicoanalista imaginario. Creo que es uno de los recursos que suelen utilizarse para engendrar una manera verosímil de comprender el mundo, de generar un diálogo ordenador de la realidad, de ponerse filosófico sin tanta abstracción, con un poco de materia aplomada de lo cotidiano. Más en la vida que en las novelas, resulta un camino sugerente y, sobre todo, paliativo como se exige muchas ocasiones. Parece que solo encuentran rumbo algunas situaciones si uno apela a la imaginación, a veces, a la fantasía, lo orilla todo a una explicación porosa, permisiva, muy flexible.

Como habitualmente sucede con estos tránsitos, el juego especular de ese ejemplo revisionista tendía sus hilos rumbo a la memoria, hacia la niñez. El informe se generaba en torno a aquella experiencia que una multitud de chiquillos advertimos de una u otra manera: un amigo imaginario. Parece que a cierta edad los niños elegimos darle nombre a esa presencia que nos acompaña mientras nuestros padres trabajaban o pasábamos horas jugando a no se sabe qué. Generamos un muro silente en busca del desfogue, trasunto intencional de explicarse cosas, de hablar, de solo decirlas porque fuera del lenguaje no hay nada.

Tengo una historia al respecto. Cuando estábamos, si mal no recuerdo, en primero de primaria, eran los días en los que en mi escuela aún no se imponía el uniforme y las madres sufrían con qué ponernos cada día; sucedían los años en los que no importaba la moda y nos vestían, simplemente eso; experimentábamos los resabios de una época de poco color en la ropa y yo, además, calzaba zapatos ortopédicos. Una atmósfera más cercana a las tiendas del Seguro Social de provincia en las que sus lámparas apenas dan para que uno note la penumbra en la que se movía este tiempo, una lobreguez que, sin embargo, permitía distinguir caminos sin los encandilamientos a los que nos someten los espectaculares clubes de mayoreo que rodean nuestras ciudades actualmente. En esos días de infancia era yo chamaco gordo y despistado. Apuntaba para ser de los chicos a los que no mirarían las muchachas. Ese final de los ochenta dejaría una huella indeleble en nosotros para la edad adulta: en medio de la algarabía que entendíamos poco o nada, veíamos, por televisión al menos,  la caída el muro de Berlín. La revolución se presenciaba en el fútbol cuando Camerún y Roger Milla daban la sorpresa ganándole a Argentina el partido inaugural en ese mundial donde México regaló su ausencia debido a los cachirules. Era 1990. Las cosas parecían tan diferentes en la infancia, tan magia.

Me inserté durante un tiempo en un reducido y selecto grupo de niños. Los inteligentes del salón. Era un lugar que, por supuesto, resultó no ser el mío. Pero entonces era un seguidor, un fan y me aceptaron casi como discípulo. Cuando salíamos a la aventura del recreo, los seguía como autómata. Creo que me llamaba la atención el mundo que traían ellos entre manos o el juego que hacía creer que era un mundo compartido. Sospecho que me incluían en sus pesquisas porque les agradaba la idea de asignarme poderes y ayudarme a escalar niveles como si de un juego de video se tratara y yo fungiera como el monito al que controlaban con los botones, que en ese entonces eran los del Nintendo o el Atari y solo eran A y B. Buscaban en todos lados, en una suerte de panfilismo imaginario. De hecho, ahora que lo pienso más detenidamente, me buscaban el supuesto amigo que yo veía me hacía falta, una conciencia de echar algo de menos sin haberlo tenido antes desde entonces. Me daba cuenta de que yo no sabía de lo que hablaban, pero sentía la necesidad de encajar, de buscar lo que ellos y me dejaba dirigir. Recuerdo mirar hacia el sitio que Francisco apuntaba con tal decisión, con tal certeza de la existencia de mi aliado ficticio. Me daba por hacer un esfuerzo y me decía a mí mismo que ya creía que lo estaba viendo. Por ejemplo, veían en la torre de un templo franciscano claras manifestaciones de nuestro objetivo, confundiéndolo, ahora lo veo, con un foco que brillaba al reflejo del sol. Luego, intentaban cazarlo entre los niños, como si el amigo aquel, se esfumara cada vez que lo encontraban entre grupos de amigos, tal como si se nos estuviera escondiendo.

Yo seguía a Uriel, a Francisco y a alguno más que ahora se me olvida. Aún no seguía a los descarriados, todavía no llamaba mi atención la niña guapa del salón y el fútbol lo vivía junto a mi padre y a mi hermano mayor. Eran días como muchos de todos los días en los que tuve recreo, jornadas en las que trataba de ajustarme, de hacer algo que me alejara de la soledad en la que comería mi torta al pie de alguno de los pilares de mi escuela primaria, el patio más erosionado que he visto en mi vida.

Aquel compañero inexistente se llamaba “Relinchito”. El nombre lo había asignado Francisco, ese chico-genio y muy ñoño que por lo que llegué a saber cursaría estudios en escuela privada, conseguiría un buen trabajo y se volcaría hacia el budismo de una manera casi proselitista. Era pelirrojo y blanco, de ojos muy negros. También muy delgado y hablaba como merolico. No paraba. Se tratase de todas las caricaturas en televisión abierta o de teorías sobre no recuerdo qué elaboradas alguna tarde solitaria al lado de alguna tía que bordaba o lo llevaba a misa. Aún puedo confeccionar la imagen nítida de su manera de pronunciar “Relinchito”. Lo hacía con vehemencia, lexicalmente perfecto. Poseía una perspicacia para la escuela que pasmaría a cualquiera, nombraba con singular frivolidad tanto a los emperadores aztecas como a los virreyes de la Nueva España en tercero de primaria. Nombraba la raíz cuadrada de diez números y estoy seguro que atemorizó a más de uno de los maestros que nos haya dado clases por esos años.

También nombraba un mundo imaginario completo hasta terminar haciéndolo el de todos. Yo llegué a entristecerme por que me quedaba claro que “Relinchito”, por más que Pancho dijera que era propio, no me pertenecía. El compañero ficticio, me decía yo mismo –lo creo todavía- se lo inventaba uno mismo, emergía construido de lo propio –imaginación de mi imaginación pues-. Y ese huidizo holograma no era ni remotamente mi estilo.

Dejaría de estar en esa palomilla por unirme a la de los chicos que soportaban estoicamente reglazos en las manos por hacer maldades, no hubiera resistido tener que peinarme de a libro abierto mucho tiempo como lo hacían esos chicos de mi grupo de primaria. Los abandoné afligido porque creía que no tuve a “Relinchito”. Fue memorable por ser una farsa infantil para mí, pero nunca fue mi amigo imaginario.

Una de esas mañanas en las que me dedicaba a la docencia, buscaba la manera de hablar de no sé qué tema que ahora relaciono con las Cartas a un joven novelista. Vargas Llosa asociaba la escritura con la figuración de un amigo imaginario. Por lo visto, yo hablaba de un tema del que conocía lo que ya he relatado. Era un impostor. Verbalizaba y tendía a explicar sin mucha concreción cuando recordé algo singular, algo que de cierta forma me daba respuestas que no sabía que buscaba. Por una parte, me regalaba un porqué acerca de mi inclinación por este negocio de pocos dividendos que es la literatura, la escritura. Por otro, me mostraba que era un chico más fantasioso de lo que se podría creer luego de mantenerme algunos años junto a una novia racionalista que también me había hecho miembro de la cofradía de los juicios prácticos, acaso puros, pero no esquizoides. Me iluminaba ese sendero que yo tenía como imposible para mí, el de la invención, pues si algo me destacaba en este terreno de contar historias era, precisamente, mi apego a los recuerdos, a la memoria, a la biografía literaturizada. 

Cuando era muy niño, como para no compartir escuela con mi hermano mayor e ir al jardín de niños, tenía más tiempo para jugar solo. En ese entonces vivíamos una transición en la familia. Habíamos dejado de vivir en el hotel Versalles, un lugar que administraba mi padre. Mis espacios sufrían cambios. Ya no rondaba la cocina cada medio día para robarme los muslos de pollo que doña Mary dejaba en la mesa central. Ya no paseaba en triciclo por la calle porque me lo habían robado esa tarde en la que un chico me llevó como cordero a las afueras de la ciudad y me entregó a un policía para regresar a mi familia, pero sin triciclo. Ya no me bañaban las recamareras en una tina gigantesca en la lavandería que estaba en la azotea.  Ahora, solía jugar conmigo mismo en la cochera de la casa materna recién inaugurada. Organizaba partidos enteros de fútbol. Conformaba equipos, asignaba posiciones y nombres que ahora mismo ya no podría repetir. Solo atino a recordar que mi equipo favorito era Jericó, nombre que había tomado yo de la marca de una sudadera que llegó a ser para mí "el yérsey de juego favorito". Shorts pequeños y calcetas, cabello casi anudado, las rodillas raspadas y empanizado de polvo era la combinación perfecta para pasar tardes enteras metiéndome goles a mí mismo hasta decidir cuál de mis dos equipos imaginarios terminaría ganando. Soñaba con que mi frenillo era una herencia gala que podía utilizar cuando creciera. Podía apelar a que era francés para ser contratado por algún equipo malinchista como lo que veía a alrededor. Me barría, driblaba, marcaba faltas arteras y expulsaba jugadores. Me engañaba con la historia de que no había trampa en los resultados a favor de mi oncena preferida. Pasaba la infancia en medio, no de mi amigo imaginario, sino de mis escuadras enteras.

Así es, yo no solamente tenía un amigo imaginario, sino hasta veintidós sin contar al árbitro ni a los cronistas que daban el parte del juego en turno. Convivían conmigo durante todas las tardes de aquellos años ochenta, cuando mi madre usaba lentes tipo Jackye Onassis y mi padre vestía las últimas modas de corbatas al estilo Garibaldi en madrugada; Hugo Sánchez triunfaba en España, Maradona en el Nápoles y yo los veía cada domingo muy de mañanita en las transmisiones del calcio por Imevisión, narradas y comentadas por José Ramón Fernández y Don Fernando Marcos.
Read more

Ora!

Read more

Otros libros, otros desamores.

En este número de La Palanca dedicado a la novela, publican algo sobre ese orfebre, sobre esa historia de amor o de desamor, o de lo que sea que trae uno tatuada: la historia del perdedor que sin reservas siempre acepta las líneas de su mano. El artículo se llama "Una rubia llamada teresa".
http://issuu.com/lapalanca/docs/lapalanca19
Read more

Los libros que me marcaron


No supe muy bien por qué comencé a leer ese libro. Creo que fue porque no pude con Freud. Ya cumplía tres o cuatro meses con La interpretación de los sueños en el pupitre, nomás de adorno. Era yo un cándido. Probaba pero caía fácilmente en sueños profundos de los que no recordaba nada como para interpretarlo a la luz del dichoso tabique ése que mi padre, siempre tan realista, me dijo, era mucho para mí. Tenía razón.
Antes de transitar por los senderos de los libros de autoayuda que no fueron una mala opción en algún momento, elegí -sin miras, por azares del destino-  Las aventuras de Marco Polo, un best seller que sería, a la postre (por si quisieran preguntarme aunque no soy candidato de nada) el libro que marcó mi vida así, sin adjetivos; no se sabe si para bien o para mal. No tiene por qué. Solo me fascinó.
No intento que sea una apología de los libros, o de lo bueno que era ése. Solo que aún guardo la sensación de voracidad por continuar la lectura en esos días preparatorianos. Hacer, en suma, algo tan desconocido para mí como eso. Yo soy un bastardo intelectual y, aunque me sabía pasajes de la biblia porque mi madre religiosamente nos llevó a misa los domingos y nos hacía poner atención a pesar de lo soporífero que nos resultaba, no era esta experiencia así de nítida como la del librito de aventuras. Creo que ese semestre de primero fue que comencé a leer. No antes. Es decir, fue la primera ocasión que me leí un libro entero que no tuviera monitos. Antes, claro, cómo olvidarlo, me había recetado todos los ejemplares de Barrabases que pude conseguir con mi voceador oficial, “El gordo de las revistas”. Tenía su changarro frente al trabajo de mi madre. Pasábamos el rato entre la salida de la escuela y la hora de ir a comer de mi madre zampando alguna fritanga al ritmo de la lectura de esta historieta en la que un equipo de fútbol infantil formado por un cuadro de perdedores salía de los líos gracias a su capitán “Pirulete”.
Me había sucedido eso que fue un evento socorrido en mi vida de estudiante. Un prefecto de disciplina ˗otro˗, costumbre heredada de la secundaria pública a la que fui, me advirtió que debía encontrar la manera de no molestar a mis compañeros o me sacaban del internado. Así. Tajante.
Le creí. Tenía una vasta experiencia en la que había terminado lavando baños en lugar de disfrutar mi torta de jamón en el recreo o pintando bancas rayadas por otros como castigo antes de poder dejar la escuela a la hora de la salida. Una más me parecía ya alarmante. Quizá fue por eso o porque entraba en una etapa de menos tendencia a ser insufrible, pero recuerdo que me lo tomé medianamente en serio.  
Aunque no recuerdo que haya sido la lectura mi idea de hacer algo con las tardes de estudio obligatorio como betlemita, mis indagaciones me indican que en cierto punto terminé con un libro en el pupitre; un libro que sí leería, que hasta ahora puedo traer a cuento- aunque nunca supe el autor- casi a mis treinta años, tres lustros después de la plena adolescencia, lo tengo cual agua cristalina en la memoria de las experiencias sensoriales. Como a la primera chica que uno le ha tocados los pechos, el primer libro que lo cautiva a uno, no se olvida. Marco Polo y sus pesquisas, sus fechorías y sus lances, me hacen sonreír un poco aún. Me interesó porque, como me solía suceder, desde las primeras páginas se enamora de quien no debe y se mete en encrucijadas insalvables que milagrosamente sortea huyendo. Puedo asegurar que el viaje fue con los sentidos porque todavía recuerdo la descripción de un escondite en algún país de Oriente en el que para salvar una persecución se mete en un aljibe y se encuentra con una chica de gestos gatunos y piel apiñonada a la que le planta unos besotes. Yo, sonrío ahora, en aquellos días, creo, hasta tuve palpitaciones cardiacas de la emoción y el suspenso que leía.  Antes de este episodio puedo traer a la mente dos ocasiones más en las que había un fomento a la lectura en mi vida, evidentemente no con el rigor de éste que sí significó un tanto la vereda del presente. Aquéllos habían sido por demás amables.
Ese libro sin embargo, y luego varios más, sin que suene a presunción, fueron construyendo los libros que marcaron mi vida. No resulta difícil enumerarlos y entresacar algo que pueda decir de ellos. No me parece una respuesta tan complicada, solo posiblemente demanda un poco de perspicacia, unos minutos  de atención y un tanto de sinceridad porque, como decía mi abuela Cande, nadie habla de lo que no conoce.   
Read more
 
Free counter and web stats