Ad hominem




Es difícil utilizar frases populares eludiendo con éxito el sustrato clasista. La idea de este texto tiene que ver con un par, pero con la pretensión de explicar menos que de calificar o discriminar a alguien. Aclaro esto porque he leído que dice Sánchez Ferlosio que el lenguaje conserva el sustrato de ideología. Pero me llama poderosamente la atención, en estos días de marabunta electorera, que las campañas políticas, invasoras de cualquier espacio se conviertan en un “un pleito de verduleras” o “en una  pelea callejera” donde tanto uno como otro descalifica con saña y trapacería al otro con tal naturalidad que no causa extrañeza que se revelen los más herméticos secretos de uno o de otro. Nosotros asistimos al chisme como esos mirones de banqueta que ven suceder todo. Es en estos embates viscerales donde el cornudo se entera que lo es o el ratero queda evidenciado porque alguien lo dice como quien no se da cuenta pero clava la cuña en el costado del otro para herirlo. Que diga yo “pleito de comadres” o “pelea de cantina” no pretende ser una ofensa para los políticos ni para el sector que se incluye en el arquetipo. En todo caso, lo que subrayo es la usurpación de funciones que los camaradas verdes y amarillos y azules y rojos hacen de un discurso al que dicen no estar afiliados. El origen de mi idea, que muy probablemente sea un error, de que las campañas políticas usurpan reside en que, de hecho, lo hacen de una manera mentirosa. Digo engañosa y no me refiero a los incumplimientos que constataremos cuando gane el que agandaye las voluntades y triunfe efímeramente como paso de cometa en ese concurso de popularidad en el que se ha convertido el país y su política. Las campañas mienten genéricamente más que nunca en estos tiempos porque apelan a un discurso cuya lógica discursiva no sólo sugiere sino que dice ceñirse al diálogo, al debate, a la argumentación y la propuesta; la inclusión, la democracia y la refutación con convincentes premisas y conclusiones. Pero todo es simular. De un tiempo acá, las campañas terminan dependiendo del ataque subterráneo y rumoreante que se pueda asestar. Primero con veneno y luego con la saliva llena de mentira sin freno. Se hace de la guerra sucia, como le conocen a buscarle inmoralidades al contrincante, única herramienta. Existen diversas formas de armar un argumento desde la lógica discursiva. De alguna manera Ana Camps los reúne en dos posibilidades más o menos precisas: la refutación y la inclusión. Pero como casi todo en México, la retórica queda olvidada de antemano o apresuradamente. Y digo que es en este país, aunque no excluyo a ninguno otro, porque pareciera que cualquier discusión que nos toque experimentar o de la que hay que ser testigos se inclina inmediatamente a un duelo de acusaciones personales, de culpas del otro, donde la tarea es destacar los defectos y la cola que le pueda uno pisar al de enfrente intentando suscitarle una regresión que se parezca al trauma y que lo paralice o signifique un debilitamiento como de quien recibe un gancho al hígado. No defendemos un carajo, nada, ni una idea ni una intuición ni una fe, atacamos bajo la creencia de que nuestro prejuicio es una verdad que se podría confirmar con sólo decirla. Y las campañas políticas han transformado nuestra manera de cotillear y hacerle la vida imposible al vecino en su manera de ganar elecciones. Quien obtiene el puesto es la muestra de que nuestra doble moral es la que conduce nuestra vida. 

0 Escrúpulos y jaculatorias.:

 
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