Escenas de un festival.

Soñé que traspasábamos un círculo del infierno. Soñé que ingresábamos, sin saberlo, a un estanque en el desierto. Soñé que entrábamos a un segundo patio de una casa que mostraba en la primera puerta una leyenda que decía Museo. Soñé que entrábamos, el poeta sinaloense, el poeta local –desaparecido desde hace un tiempo y ágrafo irremediable declarado por cuestión de principios ya hacía meses: había que vivir la vida para escribirla. Él estaba convencido de que eso le estaba sucediendo por aquel tiempo-, y yo, el promotor de cultura de provincias en las que lo último que importaba era la cultura. Todos gemían e intentaban llorar en aquel lugar. Los rostros eran de una miseria inenarrable. Los rostros se mostraban plagados de arrugas y de aridez y una sensación de sed como agujas; algunos de ellos, podía observarse, carecían de ojos, o sólo se les distinguían los párpados caídos que escondían las miradas. Parecía que cada uno había sido derrotado por decisión unánime después de una larga pelea que traían toda ella a cuestas; y que ésta se les reflejaba clarísimo en cada fisura del rostro, en cada gesto, en cada facción. En el sueño, los poetas y el promotor de provincias tenían una piel joven y brillante, miradas vivas y sonrisas perfectas, casi cínicas, casi imposibles. Cargaban libros en una caja, muchos libros, se veía que pesaba mucho esa caja. Los libros eran de un tal Mijail Lamas, Álvaro Solís, Eusebio Ruvalcaba, Ricardo Yánez, Mario Bojórquez, Ibargoyen, Rafael Delgado, Isaura Contreras, Margarita Paz Paredes, Archimboldi, Cerárea Tinajero, Angélica y María Font, Jacinto Requena, Piel Divina, Ulises Lima y Roberto Bolaño. Sí que pesaba esa caja. También había revistas. Era Sapere Aude. Lo supe porque, conforme fue avanzando el sueño, pude ver que las estaban regalando en una mesa de mantel verde dos muchachitas que no sabían qué estaban haciendo ahí y llamaban desesperadamente por sus celulares a sus padres rogándoles que las sacaran de ese sitio que apestaba a cementerio. Pude reconocer que era esa revista porque pude ver la portada. Porque conocía de la vida real, me parece, esa portada, y estaba seguro de que era Sapere Aude. Era un recuerdo del que estaba seguro.

El poeta sinaloense, el poeta local y el promotor de provincias, de sonrisas perfectas y piel brillante, se colocaron en alguna de las filas de hasta atrás. Había un escenario al frente. En el escenario estaban acomodados cuatro cadáveres viejos y sus grises almas les posaban una mano en el hombro derecho. Los cadáveres intentaban reír pero sólo se podía distinguir el millar de arrugas de cada uno. A los poetas y al promotor se les distinguía en la parte de atrás, cerca de unos helechos y unas plantas de sombra. El público que ahí se encontraba aplaudía en cámara lenta. El público que ahí se encontraba lloraba a berridos ubérrimos. El clima era deprimente. Hedía a cadáver, a hemodiálisis, a cenizas. El público me recordó a un velorio tristérrimo.

Alguien preguntó por el W. C. Uno de los poetas se veía incómodo. Parecía como si quisiera salir corriendo de aquel sitio. Parecía que en ello se le fuera la vida. Parecía que su rostro estaba a punto de perder la lozanía y que estaba a punto de petrificarse, y que quedaría convertido en una roca caliza o de cantera roja. Parecía, puede ser, que le vendría de súbito una cirrosis dérmica. Giraba obsesivamente el rostro hacia todas partes: izquierda, derecha, al cielo, al suelo. Descubrió que llovía para él. Descubrió que lo que llovía eran cenizas y gotas inmensas de sangre. Sentía que le habían empapado el rostro. Las cenizas que caían del cielo encerrado de ese rectangular patio eran la obra de caridad de algún samaritano: se dedicaba a incendiar cada uno de los ejemplares del libro que estaban presentando en ese sitio, en ese sueño. Imaginó un pozo sin agua y envuelto en llamas en el que caían uno a uno los libros. El incendiario deshojaba cuidadosamente los libros. Primero las portadas que miraba con odio y que consideraba esperpénticas. Luego hoja por hoja asegurándose que se quemaran todas completamente. Con un aparato indescriptible hacía que las cenizas cayeran lentamente sobre el público enlutado. Descubrió también el rostro coriáceo del autor del libro, al borde del llanto. Atinó a buscar el rostro del poeta sinaloense, supo que éste estaba en otro sitio. Luego encontró el rostro risueño y nervioso del promotor de provincias: éste ingenuamente se sentía protegido. Estaba flanqueado por poetas que con su canto lo salvarían de ese infierno de pesadilla. La sangre que le cubría ya el rostro lo consoló. La sangre que caía a goterones le hacía sentir en videoclip de grupo de rock y le agradó la idea. Pudo ver entonces que no tenía la más mínima idea de lo que estaba haciendo en aquel lugar. Deseo largarse en cuanto antes y atinó a tararear muy quedamente algo de Leonard Cohen o de NIN o de The Rolling Stones. Sí. De The Rolling: I can get no satisfation. Esa canción que recordaba haber ronroneado tantas ocasiones en bares de poca monta pocos años antes. Cada fin de semana solía tocar, junto a su banda, hasta muy entrada la madrugada, hasta que la hora del lobo transcurriera a ritmo de rock, y que los temores de la muerte se esfumaran con el canto órfico de una banda de rock amateur que guardaba a un poeta entre sus miembros. Y entonces la imagen de Isabel la Católica haciendo streap era posible. Isabel bailaba a ritmo de The Rolling y se desnudaba frente al poeta local en un bar donde la claridad era absolutamente nebulosa. Y entonces pudo recordar cómo probó coca y crack, mota y LSD; cómo rechazó a una docena de rubias artificiales hasta el culo, que ofrecían sexo oral de calidad.

Parecía que mientras se pensaba esto el otro poeta hubiera comenzado a cantar de memoria sus propios poemas. Parecía que lo que uno pensaba el otro lo había escrito como un omnisciente ojo ezequielino que lo mira todo:


La verdadera fiesta donde nada se pide y todo se toma,

donde no hay culpa ni pecado,

porque antes de volver al camión derrotado

de los derrotados,

antes del The end de la canción

voy a gritar

y masticar mi rabia.


El otro poeta no estaba lejos de los pensamientos del ex vocalista de banda amateur. Se le agolpaban imágenes. Pensaba en lo absurdo de estar en aquel espacio narrado por Dante. Sólo faltaba que el público armara un par de filas, y a ritmo de una bataca violenta, comenzaran a estrellar sus cráneos los de una fila contra los de la otra. Parecía faltar muy poco para que el wals de los iracundos diera comienzo. Sólo faltaba que oscureciera un poco. Sólo había que esperar a que las cenizas llegaran aún encendidas a aquel patio rojo y viejo, y cubrieran todo el suelo árido y con hedor a hemodiálisis. Se podía sentir cómo crujían ya los dientes y cómo sonaba el dolor y cómo se podía percibir el inminente y estentóreo choque de cráneos recalcitrantes. El poeta comenzó a repetirse, sorprendido por recordarlos de memoria todos y en orden, los versos trabajados de El cuaderno de Tyler Durden. Se le aparecían las notas para guitarra de alguna canción de Nirvana aprendida en la adolescencia y la imagen de Cobain que yacía entre sus brazos presumiéndole los veintisiete años de ese cadáver bello dejado para la eternidad. Comenzó a creer entonces las primeras palabras del promotor de provincias -y que él había atribuido a un sarcasmo local- cuando pasó por él a la terminal: ¡Bienvenido a Comala!. Estoy es lo que hay.

1 Escrúpulos y jaculatorias.:

Mijail Lamas dijo...

No sé por qué recuerdo haber tenido un sueño muy parecido.
Una abrazo Luis

 
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