Citas

"Se trata justamente de eso, de conversar, no de resolver, ni explicar, ni entender. Sólo de conversar una tarde, con unas pertinentes cervecitas de por medio, en La Catedral."

Vicente Alfonso.
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Veranos pasados: en la posada del fracaso.


Ésta es la historia de un fracaso. La historia de la juventud errante que probó algo que no conocía. Esto es la explosión. Éste el destape. Ésta “la movida”. Antes de que los Vientos de Cambio, la pared. Roger Waters reía sórdidamente y The Scorpions arpegeaba una caída. Las efigies de Lenin y Stalin caían de cabeza; Coca- Cola y Mc Donal´s para el Este. Esta historia es la del descontrol. Allí en la que se cruzan los caminos, donde las niñas ya no quieren ser princesas.
Todo apesta a ginebra y el esperpéntico panorama tiene como consigna y adjetivo la velocidad. La grifa y el clima queman, las jeringuillas y el SIDA se encuentran en el lavabo. Freddy Mercury, Gía, la top model y Nacha Pop, algunos de los apestados. Todo lo acondiciona el humor de la noche. Todo es acorde para que las chicas se diviertan. Todo es ríos de alcohol. La noche es el espacio. No hay estrellas. Les presento el callejón de los sueños rotos, aquí.
Aquí no queda sitio para nadie. Aquí la desesperanza cunde. Aquí nihilismo en cada esquina. Aquí un pavor a crecer, y Peter Pan y Alicia y el mago de Oz en Brodway. Ritmos industriales, un leñador machista pidiendo corazón, un tipo corriendo contra el reloj, un hombre de paja que pide sentimientos, ya no hay felices no cumpleaños, un rey que pide valor para vivir, ya no hay tiempo.
Ésta es la historia de un fracaso. Ésta es la historia del despertar; de despertar frente a la noche; de jugar a ser libres y de encontrar la caída; de encontrar esta libertad mezquina, que a capricho responde al nombre de orfandad; ésta es la historia del desconsuelo y la fragilidad y las lágrimas y la pérdida y el miedo o la indiferencia, ésta es la historia de una renuncia, de miedo, de indiferencia al futuro. Aquí las chicas sólo quieren divertirse.
Aquí los subterráneos y el camino lo dictan Keorac, Los Rolling y José María Cano. La cloaca. Aquí el aire es denso y equipaje de la memoria no tiene cupo. Aquí habrá que borrar lo que ha sido detrás. Sí, aquí hay borrón y cuenta nueva. Hay que vivir esto: en cuarta velocidad para huir del amanecer; disimular la resaca es el mejor drama. No importa nada. El desconsuelo insondable ya no cala. La humedad revienta en la cara este hálito de fracaso. La desesperanza en el porvenir y las pocas ganas de que éste aparezca reinan; y aquí no hay posibilidad de ser feliz; y aquí no interesa serlo; y aquí hay lágrimas de desamor, de nueve meses de desamor que vienen. Aquí se han robado la primavera. Aquí todo quema y es temible.
Éste es el tren. Ésta la instantánea: mustangs color naranja y vespas. Ana Torroja canta triste, masculinizada, canciones de desencanto, desencuentro, desatino, extravío, en un barco a Venus.
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Cuando Fuimos Huérfanos

-Sí. Me acuerdo.
-Son buenos recuerdos.
-Sí. Muy buenos recuerdos.
Fue un tiempo maravilloso -dije-. Entonces no lo sabíamos, ppor supuesto, pero qué tiempo más maravilloso... Los niños nunca se dan cuenta de eso supongo. (337)
Hubo una mujer una vez. En aquel tiempo. Pero pasó como ha ido pasando todo.
(Kazuo Ishiguro, Cuando fuimos huérfanos.395)
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Ensabinado.

Sólo quiero...
Lo que yo quiero, corazón cobarde, es que mueras por mí [...]
Nunca supe llegar a fin de mes [...]
Yo no quiero besar tu cicatriz [...]
Yo no quiero ni contigo ni sin ti,
Lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes, es que mueras por mí [...]
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Cosignas para antes de un viaje y después de una siesta.

"He de dar el salto mortal, despacito"
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De doce a dos, el domingo


Mi madre siempre ha sido una suerte de dueña de su destino, un claro bastión revolucionario y de terquedad y de convicción incuestionables. Mi madre es, pues, una triunfadora de andanzas propias. Hay detrás de esto que comento una historia que seguro habrá de nutrirse cuando mi memoria abandone la pereza, mi redacción salga de su límbico estado y prefigure el móvil de la construcción de una historia singular como la de cualquiera, la historia de mi madre. Baste mencionar que abandonó, huyó o se rebeló contra mi abuela desde los seis años. Allá en la lejanía de los sesentas su madre volvió de la capital para recuperar a sus hijos, los había dejado con mi bisabuela, que ya criaba, junto con mi madre, a dos morros más, dos de los tíos que completan la novena proletaria que tuvo a bien traer al mundo mi abuela, doña Yaqui.

Mi madre no estuvo de acuerdo con los tratos, prefería los de su abuela, doña Cande, y retó al destino. Recuerda, con una risueña mueca, la hora en que su madre llegó a intentar recogerla al lugar que la había amortiguado y le había servido de refugio. Cuenta que sólo de verle los ojos que le daban vueltas y parecían estar entre brasas no dejó de temblar nunca. Cuenta que se colocó justo detrás de su abuela, entre una maceta y un boquete que hacía las veces de puerta cuando supo que quien tocaba a la puerta era su madre. Cuenta que la tía Salustia estaba allí, también el tío Aurelio. Cuenta que con un indescriptible nudo en la garganta, sin voz, pero con la decisión firme, asentadísima, irreductible, le confesó a su madre, con la mirada algo caída, algo hacia la derecha, con lágrimas de un sentimiento indescriptible que no era ni tristeza ni odio ni impotencia sino algo diferente que se llamaría, para principios prácticos, liberación, que no quería otra cosa en el mundo que quedarse ahí donde estaba, que no quería volver allá con ellos. Recibió de respuesta una furiosa y frustrada aseveración, si así lo quieres, así lo tendrás.

Mi madre quedó con la ropita que traía ese día, unos zapatos roídos y el cabello largo. Tuvo que conseguir ropa con tíos y debieron inscribirla en otra escuela bajo el apellido de sus abuelos, Estela no era Sánchez sino Sierra por aquellos días, pero era feliz, o quería serlo. Ya contaré en otra ocasión cómo dice mi madre que sucedió aquel primer triunfo y liberación. Aquella declaración de principios que le significaría ser la mujer que siempre ha sido, directa, convencida y dueña de sus decisiones.

Hay algo que quizá describa de qué se trata lo que en mi madre veo claro, por lo menos desde que recibí los reveses por respondón y maleducado cuando cursaba la secundaria. Aún me estremezco un mucho al recordarlo. Aún guardo algo de ardor de la mano pesada de mi madre. Es resuelta como muchas de las mujeres que admiro.


La mañana del domingo, mi madre hacía sus quehaceres del domingo. Metía ropa en la lavadora, barría y trapeaba la sala y el comedor. Limpiaba el lugar de la perra y le gritaba cariñosamente a ésta para ver en dónde se encontraba. También cocinaba. Notó un ruido fuera de la casa, pudo ver que un auto negro se estacionaba en el sitio de la cochera, donde precisamente dice no estacionarse. Mi madre diplomáticamente enfrentó a la Jenny Rivera de por acá, gafas con brillantes como adorno, blusa apretada y breve (en invierno, ay cabrón), shorts caqui y muy cortos -un maxicinturón- según dijo mi madre, plataformas blancas, cabello teñido de un rojo llameante y música en alto volumen en el auto estéreo. Le pidió no estacionarse, le rogó no hacerlo porque estaba por recibir a la pipa del gas que debía cargar el tanque que está en la azotea; para eso debía tener un espacio para estacionar, que era el espacio que precisamente ella estaba ocupando. Respondió que no se tardaba, masticaba chicle y le valió madres. Se dirigió hacia la casa que buscaba y dejó para el rato lo que seguro consideró capricho de mi madre, molestia de doñita. La pipa del gas llegó a los pocos minutos y mi madre vio su oportunidad para restregarle en la cara el sentido común que antes había solicitado. La gordita rompecalzones de gafas con brillos atendió un tanto apenada por sufrir desalojo de su coche, por tener que quitar el auto que nunca debió dejar allí. Comenzaban, lo debió saber, sus tres caídas por insolente. Hizo una mueca y simuló trotar hacia el auto. Subió y se disponía a encender el coche cuando algo sucedió que la detuvo o que la hizo dudar, o que provocó que nuestra conductora volteara hacia cualquier parte con gesto de compunción. Mi madre se le había colocado justo fuera de la reja de la casa, al lado de la ventanilla del copiloto, la pipa del gas flanqueaba el otro lado del auto de la chica y ella parecía estar bajo la lluvia, inmóvil. Eséraba quizá un milagro o cerrar los ojos para que todo desapareciera. Sollozó y alejó la mirada de la mirada inquisitoria de mi madre. Apenada optó por balbucear que no lograba encender el auto. Mi madre no dejó espacio, como perseguidora, dio un paso más y fijó la mirada hasta hacer que la tipa se colocara en posición fetal y confesara rendirse y confesara también no saber qué hacer para poder encender el auto. Otras cosas sucederían después, le ayudarían media docena de vecinos -todos varones-, que no lograron nada salvo ver el escote e imaginar quizá lo que había debajo de él; mi madre barrería con la mirada a varios y también se pondría a barrer la cochera colocando a la víctima en estado de sitio, sin embargo, no puedo incluir que la pipa del gas haya hecho su trabajo porque no pudo. La chica del auto negro y los shorts caquis reducidos no pudo encender el auto ni quitarlo de donde estorbaba ni nada.


Algo fundamental sucedió no obstante, mi madre pudo escupirle en la cara a la fulana aquella su verdad. Sabía que guardaba la razón en un tesoro llamado sentido común y anunciado por un letrero que decía no estacionarse, mi madre se sabía convencida de eso como de mucho de lo que hace a diario y le dedicó unas palabras simples pero avasalladoras: le dije que no se estacionara aquí.

Desde este domingo, la chica del auto aprendió a no ocupar un sitio que no debe. Ahora la veo llegar -parece será vecina- y busca otro lugar para estacionar, si no encuentra, no invade, seguro recuerda el tesón de mi madre convertida en un sargento Lituma que le restriega en la cara, que quizá le hace una multa mental y le trae a la grúa o no la deja en paz hasta cumplir su cometido, luchar por lo correcto -la gordita tendrá pesadillas con mi madre-.

Sucedió el domingo pasado, de doce a dos, cronometrado por el reloj de mi madre, lo avalan también los tres ladridos de mi perra que hacía segunda a mi madre. De todo esto nos enteramos mi hermano menor y yo cuando llegamos del llano, el almuerzo estaba listo y colmado de humor y aventuras; esa mañana también me habían sucedido cosas en el campo de fútbol, un árbitro me había agarrado de puerquito, pero lo importante era que mi hermano, conocido como el Gatísimo, había apuntalado al equipo y lo había guiado hacia la victoria con dos goles en su cuenta personal y una asistencia para gol.
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