Reminiscencias y moralejas IV




En el cautiverio se acentúan las emociones. También se regodea más la ponzoña del chimorreo, de la acusación, del rumor. Se habla entre dientes, unos afilados y bañados por una sábana de mala leche. El ocultamiento de los rostros de esas voces es el que hace más decisivo y contundente el escarnio de quien es apuntado. El que es objeto se convierte en el monstruo: es el que se muestra, el que se pone en el cepo, es aquel que se señala. Fueron más eventualidades de esta índole, sólo recuerdo dos ahora. Seguramente conforme vaya sobreponiéndome al pudor podré traer a la mente muchas más de las múltiples ocasiones en que he sido señalado.


***


Jugábamos fútbol en una cancha de cemento. Allí se acabaron pares de zapatos deportivos incontables. Ése fue un patio que barrí, por lo menos, tres o cuatro veces por año durante semanas seguidas, a eso de las seis de la mañana, siempre con desgano poco humilde. Empolvaba uno el cabello y los zapatos, y quedaba la sensación de estar tremendamente sucio después de levantar polvaredas irrisororias desde la madrugada. Allí echábamos patada y allí fue que me enrolé en un pequeño embate con uno de los que eran mis directores de disciplina. Cuanto más avanzaba el juego más rudos nos íbamos mostrando, luchábamos apasionadamente por un balón. Era, como muchas cosas en la vida, un duelo de poder, de portar orgullosos el cuchillo entre los dientes (pusilánimemente, claro). Se convertiría todo aquello, el juego, en el único sitio en el que uno se podía envalentonar y hacerle ver su suerte a quienes ostentaban el poder durante todo el día. Eran ellos los que le quitaban la cobija a uno en temporadas invernales gélidas, eran ellos los que sin piedad marcaban el paso para que uno estudiara, cantara, comiera, marchara, se formara, se duermiera temprano entre la tropa. Eran ellos los que nos vigilaban y los que decidirían siempre quién tenía cepa y estirpe para las lides de Sión. Eran pues los comandantes, y durante muchos ratos del día a día, nuestros enemigos, de los que había que cuidarse.


Pero en el deporte, a esa hora del medio día en la que el sol lamía los párpados y nos bañaba de escandalosos bronceados, todo era equidad. Quien tenía los arrestos para retar y ser insolente y hacerla de pedo, encontraba su oportunidad allí. Era una batalla desértica y rellenita de circunstancias especiales. Los cuerpos juveniles y apretados, atléticos de tanto errar entre el rezo, el esfuerzo mental y los aseos (en los que uno barría como si remara millas, o setrapeaba pasillos de cien metros en medias horas); aquellos, juveniles y exaltados, que blandían la actitud de celibato y que se aferraban a, sólo por las noches y bajo el hálito de la inconsciencia, sentir placer, se aferraban a pelear y a crecer y a abultarse y a desarollarse entre esas dos horas furiosas de igualdad. Allí, quien tenía aptitudes naturales podía experimentar un momento, sólo instantes de vencedor.


Chocamos en varias jugadas. Luis Manuel era un tipo competitivo y aferrado. Siempre lo percibí como un tipo convencido de loque hacía, hiciera lo que hiciera. Esa temporada sin embargo, yo, que lo admiraba de alguna manera (había sido fundacional conocerlo de cerca y saber qué gente se dedicaba a lo que uno apuntaba a querer dedicarse) había notado algo extraño en él. Estaba quebrado. Lo llegué a encontrar de hinojos en una de las capillas sollozando; terminaba arrepintiéndome de querer hacer lo mismo. Me intimidaba ver gente mayor sufriendo crisis existenciales que pensaba sentía yo también. Consideraba tonto y pueril sentir lo mismo, y sólo atinaba a huir antes de que él notara mi presencia en el mismo sitio. No me interesaba verlo débil en otro sitio que no fueran las canchas.
En esos días yo era uno de los grandes del colegio ya. También acarreaba mis tantos problemas niñatos y acudía constantemente a sitios silenciosos a querer resolver lo que fuera. Allí lo observaba, meditando. Allí yo pude predecir que él renunciaría pronto. Fue un año malo para él. Venía saliendo de una madriza que le habían propinado unos asaltantes, se había caído de la bicicleta en una avenida también, y ahora esto.


Chocamos en tres jugadas más. Ostentaba yo mis diecisiete años y un cuerpo curtido y embarnecido por tantas pajas que no me hice, por los cigarrillos que no había fumado y por los bríos que el cautiverio y, quizá la luna, me delataban en arrebatos insolentes. Medía ya los seis o siete centímetros que aboné a mi corta estatura allá y gozaba de fama de rudo en el deporte. Chocamos y él terminó resbalando mientras yo todavía di media vuelta y saqué el balón. Había vencido y él yacía mordiendo el polvo. Quedó allí tirado y no sorprendió de primera instancia. Imagino que el que hacía de árbitro esperaba que se incorporara y siguiera el partido. No se puso de pie. Se envolvió el rostro con los brazos y tuve que ir yo a intentar levantarlo. Cuando lo jalonée pude notar el chorro de sangre que ya corría entre su sudadera blanca. Se había reventado el párpado cuando apiñó su cabeza contra el suelo. No metió las manos y sangraba abundantemente. Todos se sobresaltaron. El árbitro paró el juego hasta ese momento y yo quedé como un asesino. Los pocos que habían notado lo que sucedió diseminaron la anécdota enrarecidamente; se manejaba entre lo que se decía, que yo había pateado al superior, que le había gritoneado y que, además, poco había faltado para que lo matara.


Mis superiores no me llamaron para preguntarme lo que había pasado. Tenía una cierta cauda de insolente. Había montado dos o tres motines pueriles antes y ésta era la ocasión para cobrarlo todo. Era el victimario y sólo me llamaron, no para testificar o explicar o acaso para justificarme, me llamaron para preguntar por qué no había pedido una disculpa pública al prefecto ése. Me cuestionaron el orgullo y mi poco arrepentimiento ante las malas actitudes, mi falta de humildad y mi soberbia sin lugar en un sitio tan como ése. Ni siquiera les cabía en la cabeza que yo pasaba ya, por activa y por pasiva, un escrupuloso y patético calvario con la banda que me señalaba, que me temía estremecida por los demonios que mostraban mi descontrol y las consecuencias de ello. Era yo el mostrado y acumulaba esta fama de insolente. Pudo más la sosobra, pudo más el asunto éste del testigo que se inventa lo que no ha visto. Pronto todo mundo tenía su versión, en todas salía malogrado. Era un tipo en cautiverio y repelido por los que, desesperados como yo, formaban parte del gremio al que debía pertenecer. Era, en todo caso, un enemigo.


No estaba yo en las discusiones. Me convertí en el defenestrado centro de las historias y no valía la pena defenderme. pasaba por la orilla para no provocar suspicacias o provocarle problemas a alguno que se solidarizara conmigo. Hacía solo las tareas de latín porque nadie quería, como antes, que se las hiciera. Acumulé horas en la biblioteca abandonada leyéndome los clásicos españoles de Espasa Calpe. Fui un Pascual Duarte durante un tiempo. Tenía sólo poco más de quince años y uno no sabe qué hacer con eso encima. Fui un culpable como lo había sido por un pasado raro. Era un culpable como lo sería durante los siguientes años de la vida.


Luis Manuel desertaría pronto. Luego huiría al norte del país. Pronto sabríamos que vivía bajo el yugo de una crisis vocacional embravecida de la que no salió bien librado. Sin embargo, era yo en muchos casos el culpable de aquello. Era raro, porque, en todo caso, los mensajes divinos siempre se valen de instrumentos, yo me sentía entonces un Judas o algo parecido. Yo terminaría el año. Tendría mis más grandes confrontaciones con mis asuntos psicológicos. me sabía un condenado, sólo buscaba el motivo. Y sí, fui un atormentado insufrible.
Aprendí sin embargo, a que las confrontaciones se tomaban así, de putazo. Así, en la simplicidad de no lloriquear y alzar la cara. Así en la libertad y en la templanza de argumentar y amotinarse. Así en la irracionalidad de pensar que se defendía una postura. Soñaba con la idea de que si las evidencias mostraban otra cosa de la que se afirmaba era posible luchar.


***
Ahora, años después, cuando empujo como lo hago cuando defiendo mi inclinación, me resulta bochornoso recordar que ese es un camino equivocado. Se repite el escenario en el que debo ser yo el que quede como el victimario cuando al que se le escucha es al que asume el otro papel. Me embrutece la victimización-alguien insistía tanto en que era detestable esa actitud de apocamiento- y, sin embargo, en oficina, en los lugares, en la vida, lo que cuenta es ser el pisoteado para emerger como eso, como el justo buscando reivindicación.
Días atrás tuve una discusión con un superior. Recuerdo que, de alguna manera, ambos sabíamos que nos enfrascaríamos. Yo bajé los cuernos y me contuve lo que consideré necesario. Luego, cuando la confrontación llegó, pude ver que quedaría como el asesino. Creo que mi superior llegó sin ganas de decirme lo que necesitaba porque ya se lo había dicho a mucha gente; ya no sabía muy bien qué era lo que me correspondía a mí; lo que sí se notaba es que todo mundo estaba preparado con una versión de mí hecha por mi colega.
Sin embargo noté algo fundamental que creo puede consolarme. La manera de enfrentar lo intestino de ese debate no fue sino entera, crédula de lo que se decía; no era yo un tipo en medio de un batiburrillo en el que me defendía de lo que sea. Era yo el que acometía y era despachado con manotazos y cerrazones de parte de quien en su gafette de presentación decía que estaba para cualquier asunto, que tenía la apertura y la disposición para lo que fuera; que si tenía algún problema me acerca a él. Parecía que yo no debía tener problemas, me fue vedado el derecho de no entender las cosas y no tenía tampoco, por lo visto, la oportunidad de pregunta; era ofensivo hacerlo.


También me he enterado que mi superior anda poniéndome como ejemplo de castroso. Soy, en resumidas cuentas, el tipo del que se habla en las charlas fuera del trabajo. Y ríe y me defenestra por no haber contenido quejas y evidencias y disgustos; por acatar lo que la conciencia dice e ir de frente y desbordar lo que estaba en la inminencia. Recuerdo que mi colega se apoltronó en su sillón reclinable y restregaba su espalda como huyendo sentado como las maestras de primaria lo prohibirían, y cada que yo cuestionaba o entablaba una postura se echaba sobre la pared rehuyéndolo todo con gestos y manotazos y contraarugmentos que manifestaba cruzando los brazos como cuando el niño se encapricha porque lo culpan de algo y no encuentra la manera de salir sino haciéndose la víctima. Recuerdo que mi colega, superior, sólo atajó todo lo que yo ponía en la mesa con: vamos a trabajar, estamos aprendiendo, o en ocasiones miraba a su colega de al lado como para pedirle aprobación o buscar complicidad frente a mí, su ofensivo enemigo; recuerdo que yo apuntaba que sus premisas me terminaban pareciendo agotadoramente ineficaces. Él reía socarronamente, como no esuchando lo que yo pudiera decir, como-y así lo compruebo cada vez más- si no tuviera yo las facultades de decir cosas, como si, también él, abrumado por todo, confesara abiertamente que tampoco tenía puta idea de lo que se debía hacer, pero que lo que le preocupaba era que quedara evidencia meritocrática frente a sus obispos, los superiores, de que él sí estaba trabajando y aprendiendo. Recuerdo que me sosegué, que bajé el tono y la velocidad de la discusión cuando me di cuenta de que aquello ni era discusión, ni lo sería. Recuerdo que me sentí triste, que comprobe que allá rondaba un pudor prejuicioso contra mí, como yo, y no como la figura que me correspondía. Me di cuenta de que, efectivamente, la emergencia del prejuicio, de la famita, incluye también la desaparición de la voz del que es borrado bajo este enjuiciamiento. Me enteré entonces de que finalmente le hablaba a la pared. Me sentí esa voz que clama y que es de merolico. Me supe enjuiciado por prejuicios y supe que, a pesar de yo no habitar esa fauna burocrática, sería la comidilla de la oficinita, de su círculo de amiguitos y de las reuniones de los sábados en las que a diestra y siniestra la impresión de mí era la de un insufrible. Recuerdo que eso lo pensé, casi todo, cuando me meaba en el auto de un colega que, como no queriendo, como dándole la razón a él, intentaba estacionar para pasar por su chica que recién salía del trabajo. Recuerdo haber sentido que mi colega, que me conoce de muchos años, casi desde el kínder, manifestaba un gesto en el que se solidarizaba con la víctima, que no era yo. Recuerdo que quise bajarme del auto, pensé que ponía en peligro a quien conducía; podría suceder que lo vieran conmigo y él perdiera oportunidades de trabajo, por ejemplo.

14 Escrúpulos y jaculatorias.:

Marlén dijo...

Qué decirte! odio la realidad, con sus estructuras de poder y todo...

No sé si te he dicho, muchas veces me pareces novelezco, con esa estancia misteriosa en aquel internado, no me he atrevido a preguntar, prefiero descubrirlo. Saludos.

LSz. dijo...

Jo.

Saludos, Indiana Jones!

LSz. dijo...

Por cierto, qué tesón para patearte este texto. Pensé que nadie lo haría. Je.

José Antonio dijo...

Pues que decirte, Luis, buena manera de recordar y enlazar dos actos.

Saludos

media luna dijo...

Ya sabes que me gusta leer tus propios textos, pero es que estoy de vacaciones, y ya se sabe que en vacaciones no da tiempo a nada.
Volveré por aquí

Circo de sentimientos dijo...

Jaja
a menudo pasa que
un accidente nos pone
en jaque toda una vida
como los malos de la historia,
las personas muchas veces
suelen hacerse de una realidad
distorcionada sacada de cosas
erroneas, creen que tienen la razón
respecto a alguien cuando no tienen
ni la más minima idea de lo que el individuo siente en ese momento

Lucía dijo...

Simple moraleja: Las micheladas traen buenos recuerdos e inspiran a la gente.

Abrazo de noche.

LSz. dijo...

José Antonio,

La vida es un anillo de Moebius, todo se toca.

LSz. dijo...

Media Luna,


Lindo verano. A disfrutar.

LSz. dijo...

Circo de sentimientos,

Gracias por la visita a tierras accidentadas.

Saludos.

LSz. dijo...

Qué tal Lucía,

Más que inspiración es resquemor.

Saludos,

Marlén dijo...

Esto no tiene que ver con lo literario, sino con la fotografía: ¡qué buena pierna de futbolista, eh!

Ja, nos vemos pronto!

LSz. dijo...

Vaya! Esto no me lo esperaba: me he sonrojado!!!

Miguel Ángel dijo...

Ja! de nuevo con esas cosas? no te pongas de nena si sabes que le reventaste la madre al tipo ese.

Por otro lado creo que todos los que vivimos esa experiencia del "internado?" hemos barrido cientos de pasillos kilométricos, lavado miles de baños y aguantado la cara de lupes a diario con ganas de soltarle un buen izquierdazo en la nariz ... fue buena esa etapa y por lo leeo nos ha marcado muy profundamente. Saludos y Dios te conserve en vinagre de manzana.

 
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