Hablemos de Alonso Quijano.



"De ver dan ganas o de la ingenuidad del ventero"


De verdad, ¿sobra tiempo o gana de preguntarse por la verdad cuando, leída u oída, se ha vivido? ¿Será tan quijotesco, tan ingenioso, tan idioso, leerlo todo bajo los empaños de la literatura?. Recuerdo, por mencionar algún ejemplo, cuando aparecía el fin en la pantalla al terminar las tres películas de Karate Kid que en ese tiempo rodaban en cine permanencia voluntaria de canal cinco los domingos. Yo dejaba mi lugar frente al televisor contagiado de ese “pulir y encerar” robado a Kenzaburo Oé como método de aprendizaje de las artes marciales. Cómo negar que buscaba justicia en favor de los débiles y menesterosos; pateaba puertas y costales, destazaba zanahorias e imaginaba empresas heroicas en las que, además, a veces, ya se albergaba la ilusión -destinada al fracaso, cabe decirlo- de salvar a la morrita de mis sueños: en el kínder creo llamábase Tania. Los asaltos de ese contagioso karatekismo no estaban destinados sino contra gigantes, gandules, pandillas y tramposos.



Dicen que “de ver dan ganas”. Eso parece es lo que me sucedía cuando niño; eso sucedía aun en aquellas riñas de adolescentes en las que a cada cual se le antojaba darse una tunda con alguien por el solo hecho de ver que otros dos se daban de porrazos a la salida de la escuela: uno se contagia y no hay quien diga que no le ha sucedido: arrojaba la mochila, abría el compás, ponía cara de malo, me dejaba seducir por el entorno que hacía apuestas y arremetía contra mi adversario, que entre más fama de gañan tuviera era mejor. Por qué negarlo. Sucede. Así era conmigo y veo que así es en todos lados: entonces no es sólo el Qujote el que se aventura, contagia. A Grisóstomo le da porque lo amen y se viste de poeta y de suicida, a Marcela le apetece ser pastora y liberal y la arma en grande, a Sancho le da por inventar los encuentros con Dulcinea como ciertos; Dorotea se ve asaltada por las ganas de enmascararse de Micomicona como al aborazado de Fernando pasar de noble a pastor por una calentura que le robaría el alma; al cabrero le da por ser juglar, al cura y al barbero por los disfraces y más de una legua la han recorrido travestidos; al ventero le gusta lo de ser rey y a la Maritornes le da por trasnochar y soñar que un caballero la apapacha -o más que eso- bajo un naranjo o cualquier árbol que dé sombra, cobijo y algo de melocidad, misma que se le antoja a la hija del ventero que derrapa por ser objeto de deseo de algún buen mozo y caballero. Una cuadrilla completa pone en evidencia que a todos les gustan las historias, que a todos se nos antoja entrometernos, ser protagonistas. A unos les gusta criticarlas, a otros escucharlas, a unos más copiarlas y, a alguno que otro, vivirlas. Pero todos, indudablemente, de verdad, y sin reservas, nos entregamos a la enternecedora hazaña de hacer de la literatura vida y de la vida una grandiosa novela digna de ser contada por un sabio valiente.



No hay aquí unas laudes epigonales a la novela de Cervantes, no es un texto en el que este manco, que seguro tiene futuro en eso de hacer con la mano la escritura, salga bien parado por la crítica, para eso ya están un barbero y un licenciado: “causó risa al licenciado la simplicidad del ama y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego” (Cervantes, Cap X: 61). En todo caso, si es que hay algo aquí es la hiel que vierte de la herida de un animal literario que cree. Es un huésped de la venta que se detiene, embelezado, a escuchar las fazañas de gallardos caballeros contra temibles encantadores. Soy yo quien se detiene a recordar aquella tarde cuando rondaba la página trescientos veintidós de una bonita edición de Pepita jiménez. Justo le rodaba por la mejilla a la candorosa protagonista una lágrima de amor. Apenas Luis, el seminarista, amortiguaba con sus labios el carrillo húmedo y, conteniendo el aliento, grité: ¡la besó el cabrón! Supendido del tiempo, vivía junto a Valera esa historia. No sería la primera vez.



Pasaría cuando caminaba hacia el salón de clases y la interacción de la literatura con la vida se pusiera de manifiesto. Mi prefecto de discíplina llevaba -ahora lo recuerdo risueño- un Caballo de troya de bolsillo. Yo, ingenuo y tan inocente como para botarse de risa, había escuchado de mi madre la historia del libro. Después, la había leído en la secundaria, y había vivido bajo la certeza de que era verdad aquello que Benitez contaba como el testigo de esa trascendente investigación. No ponía en duda los detalles en la casa de Lázaro cuando aquel viajero veía estupefacto al Cristo de los evangelios. Rememoraba con facilidad las vicisitudes que dictaba el libro. Tenía en la mente que él había llegado al desierto, había escondido la nave y había tenido que desgastar a propósito sus sandalias en pos de la verosimilitud de su estancia en el inicio del cristianismo tan influyente en mi formación. Ese funámbulo del tiempo debía hacerse real dentro de la historia. Yo lo creí, lo hice durante tanto tiempo y, -aunque ya no es tan así-, tampoco me parece, a la luz de esta reflexión, una mirada chata la de aquel adolescente crédulo. Vivía entonces en el internado, lo habitaba con una cuita que cada mañana me hacía culpable. Podía vivir, sin embargo, en el intento de sanar las disyuntivas que suscitaban las incoherencias del discurso divino y los de ese libro que yo había leído como verdad: era un testigo más de ese Robinson Crusoe editado por Diana y no me costaba en realidad mucho trabajo creerlo y defender la coherencia de las historias. No coincidían, como tampoco la de Saramago coincide con lo que nos enseñan de niños, pero yo, no sé con qué dones y poderes, las hacía convivir solaneramente en mi interior como cuando hacía hablar a los amigos imaginarios que tuve de más niño. Lo tenía, como a la biblia misma, bajo la mirada de la única lectura que creía posible darle; una verdad coyuntural y -claro- antinómica. ¿cómo podía la ciencia haber alcanzado tal lance y el mundo contoinuara igual? Haber viajado entre las ondas del tiempo era sorprendente pero no inverosímil. Recorrer, a la manera de un Verne tan anunciado como fantasioso pero profético, las barreras de la historia. Era pues, esa letra, una vivaz revelación. Esa combinación entre evangelios y viajes a través del tiempo, entre periplos de un Simbad y un creyente azogado por la comprobación y la presencia de ese investigador de la NASA mi preocupación. Luchaba, como en concilio, secretamente, -y para evitar un cisma más- por acompasar una historia con otra. Me preguntaba cómo convivían sin que se acabase la iglesia, por ejemplo, esa realidad que yo me esforazaba en acomodar, las dogmáticas dictaduras eclesiásticas y el libro que muchos habían leído. Me cuestionaba cómo no había derivado un súbito descontento entre estos lectores y lo que nos enseñaban a muchos en esta cultura que crece bajo los síntomas judeocristianos. Me preguntaba cómo mi prefecto de disciplina, un presbítero se paseaba por los jardines con un libro prohibido inmutablemente. Pensaba yo, entre otras cosas -como la virginidad o qué sé yo-, que aún todo se controlaba en el mundo. Estaba yo mismo frente al espejo de un hereje, el sinsentido era una premisa que yo negaba. No sabía un carajo, era posible impresionarme con esas historias. Creía y esom ayer y hoym lo llamo literatura y, también, antes y ahora, no es pecado.



Creía como creí que podía viajar como Marco Polo. Creía que podía tener a aquella mujer ojos de oliva en un techado, en el Cairo, mientras sobrevivíamos al infernal calor de ese oriente lejano, como a ésa, pensaba posible darme a dos o tres mujeres más, así fortuitamente; ideaba la manera en que guardaría el recuerdo de esto. Creía, entre otros sueños, por mencionar algo, que había lugares ignotos y que allá, como el propio Herve Joncour de Seda, una occidental casada con un gran jefe me haría ojitos y también me invitaría a conocerla -en el sentido bíblico, ya entrados en gastos-; desde entonces, debo reconocer, me gustaba lo prohibido, y en el particularísimo caso, las prohibidas. Ahora lo pienso y tampoco era difícil soñar una Pepita Jiménez -quién no lo haría-, una viudita que a sus veintitrés años gozaba de buena reputación de moza, buena fortuna y, que, además, pudiera desear que yo mismo le enjugase las lágrimas de amor que derramaría por mí. Siempre hubo, ahora me confieso, una Dulcinea que, si bien no era tan tosca como la de Sancho, tampoco esperaba que yo la amara y le enviara a mis vencidos a rendirle tributos, -podríamos apostar, en un arresto sincerón, que respondería como la bella Marcela en la mayoría de los casos: no porque yo la encumbrase ella estaba obligada a corresponder, quizá por eso, uno callaba y la consagración la hacía en secreto, quizá por eso nunca me contraté a un escudero que fuera con el chime- eso siempre fue claro y continúo así en un mutis impretérito. Y recorrí París bajo el susurro repicante de Víctor Hugo: vi cómo el esperpento podía convertirse en la piedra angular, fui coleteando esa transformación de Cuasimodo en el ejemplar digno de la mirada de todos aun en el mundo subterráneo y oscuro del campanario. Creía en esa posibilidad. Creía porque veía que todo lo motivaba lo que a los pobres nos motiva: el amor. Me parecía imposible por el contrario pensarme mis historias como una mentira, locura o ilusión: yo pude haber dicho lo que el caballero de la triste figura: “Estoy por decir que con mis propios ojos vi al Amadís de Gaula” (Cervantes, Cap. II). “Las vidas de las gentes se ven afectadas por los libros, la literatura es parte de su experiencia, la novela de Cervantes se refiere, entre otras cosas, a la influencia de los libros en la vida” (Riley, 80).



La respuesta ha emergido entonces en ese dulce diálogo de la cuadrilla de Alonso Quijano, quien, como todos sabemos, se ha empeñado en que “nada más y nada menos que la totalidad de es mundo fabuloso, compuesto de caballeros, princesas y encantadores, gigantes y todo lo demás, tenga que ser parte de su experiencia” (Riley, 69). Él duerme, como dormía cuando la criba en su casa con la ama y Antonia Quijano y al parecer eso da el matiz de sosegamiento momentáneo. En la venta sucede lo que a mi parecer es uno de los momentos, -y es que es una montaña rusa, un poliedro de disparates a discresión y es difícil juzgar un momento más emotivo o menos emocionante, el hilo siempre atrapa y resulta cautivador- en los que se dicta una suerte de manifiesto en favor de la literatura y su persistente intromisión entre la vida y lo humano y opinan, uno a uno, en un gran coloquio sobre libros, de los de caballerías en este caso
1, no como una crítica peripatética entre un cura y un barbero. Se dice qué gusta, se afirma qué se entromete de la literatura en la mirada de cada uno de los “testigos”. La literatura es esa esperanza en torno a la que se reune la gente, que hace que la sinceridad invada y sólo se suelte, como quien no quiere la cosa, un gusto:


“porque cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores (...) y rodéamonos de él más de treinta y estámosles escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas. A lo menos, de mí sé decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días”



Media el narrador, como siempre, imperceptible y cede la palabra a la ventera “porque nunca tengo buen rato en mi casa sino aquel que vos estáis escuchando leer, que estáis tan embobado, que no os acordáis de reñir por entonces”. Ya habíamos notado, capítulos anteriores, como la Maritornes no oculta su afición “yo también gusto mucho de oír aquellas cosas, que son muy lindas, y más cuando cuentan que se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero (...) digo que todo esto es cosa de mieles”; el cura habla a la hija del ventero en este enternecedor pasaje en el que cimentaría la premisa de este texto: “de ver dan ganas”. Ella responde: “yo no gusto de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los caballeros hacen cuando están ausentes sus señoras, que en verdad que algunas veces me hacen llorar, de compación que les tengo”(Cervantes, Cap XXXII: 322).



Hay una naturalidad invaluable y la ya conocida presencia de los espejos cervantinos, una multitud de perspectivas participan, así se acerca cada uno de los de esta tropa para decir sobre los libros de caballería. No es una apología; son impresiones, son sensaciones, son emotivas evocaciones de lo que aguijonean los textos en el alma humana. Pero, qué es la literatura, el texto, sino el alma humana encerrada en unas páginas como diría Miguel Delibes. Y así, ante esta contundente postulación no hay más que decir. Y sin embargo se dice, y páginas adelante encuentro una respuesta que dejé pasar olímpicamente en alguna lectura anterior; una respuesta que me alentaba a encontrar alguna vez. Y el ventero se muestra “ingenuo” y arremete ante la acusación del cura contra los libros de caballerías, que son para él mentirosos y fantasiosos,



“porque todos es compostura y ficción de ingenuos ociosos, que los compusieron para el efecto que vos decís de entretener el tiempo, como lo entretienden leyéndolos vuestros segadores. Porque realmente os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni tales hazañas ni disparates acontecieron en él”.



Esta pedantería que el ventero acusa de ignorancia -y quizá tenga razón- la acalla con un arrebato digno de las lágrimas:



“no piense vuestra merced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco ¡bueno es que quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos libros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas, y tantos encantamientos, que quitan el juicio” (Cervantes, Cap XXXII: 326).



¡De ver dan ganas! Y mientras recorría estos capítulos de la hitoria del lector de historias de caballerías, yo caía en la cuenta de que en aquellos días de ingenuidad y contrapuntos entre el decir, el pensar y el suceder, me ordenaba las disyuntivas a mi antojo, quijotescamente, de manera literaria: dejaba que las cosas sucedieran/fueran como debían ser, percibía el mundo y no había algo que atentara contra la verosimilitud, había humanizado los fenómenos de la vida a tal grado que les había dotado de códigos que respondían a mi lógica, que no era, por supuesto una lógica simbólica.



El ventero, su ingenuidad y este patetismo (del que hablaremos en otra oportunidad nada lejana) que alimenta la acción de la novela cervantina por excelencia, en esta ocasión, me proporcionaban el pasaporte para encontrar faro a las preguntas más importantes de la vida de aquel adolescente lector, no es que me concentrara en las responsivas a las preces -y ahí creo radica la posibilidad de la sonrisa satisfecha-, o me encuentre el cómo -a eso le llamaríamos teoría- es que suceden las cosas, sólo se da y uno cae en la cuenta, de una vez por todas, de que no importa, sólo se puede saber que suceden las cosas y ya: cobran realidad en cuanto se les piensa y se las representa. La literatura, entre otras cosas, se presenta como este distanciamiento que logra poner en escena un estado de cosas casi contrapuesto, contrastado, enjuiciado casi sin intención. La creación pues, permite a quien la vive, una actitud de contracorriente contra la inercia vital, por así decirlo, de reflexión y de crítica de rebote, sin compromisos, muy literaria probablemente: ambigua o, mejor, polisémica dentro de un cuadro que pinta la realidad, bajo una imparcialidad absoluta.



1“La influencia del Decameron fue tan poderosa que a menudo nos encontramos en las obras de novellieri posteriores con damas y caballeros que imitan conscientemente a los personajes que forman el marco en la obra de Bocaccio, contando también cuentos como ellos”(Riley: 81), como es el caso que arriba apuntamos, se muestra, de paso una de las influencias para el montaje de la escena en Cervantes.

10 Escrúpulos y jaculatorias.:

Eduardo Huchin dijo...

Maestro, gran medio-texto; la otra parte, por más que me esforcé es ilegible. Vaya desde aquí un reclamo para que la ponga al mismo puntaje que las demás.

LSz. dijo...

Perdona Huchìn, es que entre menos se lea de mì, mejor. Ademàs, en mi compu sí se ve, je.

Anónimo dijo...

Te encuentras en mi subconciente!!

LSz. dijo...

¡¿Ah sí?! y eso ¿significa algo?

Anónimo dijo...

Sii......son mis deseos innatos reprimidos que tengo por ti!!*

media luna dijo...

Pues para hacer tanto que no te leía, heme aquí leyendo sobre mi gran don Quijote o debería decir ¿Cervantes? A mi me pasaba de niña con este libro lo que a ti con "Caballo de Troya", bueno más o menos lo mismo. Nunca tenía claro si el autor era el Quijote o Cervantes. Y esto me hace pensar que plasmar la realidad con imprarcialidad absoluta es bien difícil. Aunque creo que tal vez deba leer mejor sobre ese cuadro polisémico. Sea como sea, estoy bastante de acuerdo en tu planteamiento. Eso sí, las películas de karate kid nunca me inspiraron nada. Será que los golpes me ponen nerviosa vengan de donde vengan. Incluso cuando el fin lo merezca.
Por cierto Felipe, que no pude leer más sobre Goya porque no me sale nada más.
"De ver dan ganas".
Saludos.

LSz. dijo...

Pues, qué te digo, ya no los reprimas. Je

LSz. dijo...

Media Luna, El goya es por una porra futbolera de acá, del equipo de la Universidad Nacional Autónoma de México. Je.

En cuanto a mi relectura de Cervantes, ya lo sabes, y es susceptible de demostración, por eso son clásicos.

Un abrazo friolento desde acá

Anónimo dijo...

Sigues cautivándome... como en cierta clase incómoda o en el espacio de taller, antojándome a leer más o releer. (De paso le quito el polvo a ese regalito, je)

Saluditos mi querido L,
AR

LSz. dijo...

Es un regalito que te hará reventar de risa, te lo aseguro.
Ahora sí,que me he sonroa´o.
un abrazo AR

 
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