Las promesas: sobre profesores.

(A su manera, este es un homenaje a dos profesores. No he encontrado una fotografía de J. J. Ojeda a la mano, por eso coloco ésta, que es reciente y que hizo llegar a mis manos mi compañerita Elba a quien agradezco. En ella aparezco ni más ni menos que con el profe Cruz que es a quien, también, dedico este texto).

La fama que le precedía era abrumadora. En nuestros tiempos ya se lo veía cansado, canoso; un parkinson irremediable y su vista cansada daban una imagen definitiva. Supimos que cayó de las escaleras cuando iba rumbo a un salón de clases. Apenas si lo conocía yo. Lo había visto entrar al estacionamiento del internado como bólido. De primera instancia sospeché que era un cafre. Lo que sucedía en realidad -conforme pasó el tiempo me fui convenciendo- de que era su incapacidad de maniobrar sino con rudeza debido a sus condiciones físicas lo que le permitía llegar más o menos salvo a la escuela. Pareciera, ahora que lo cuento, que le apasionaba mucho dar clases a alumnillos como nosotros, o le atraía el peligro de las calles. No, ya no estaba en condiciones de conducir, ni de dar clases.

Le decían el "Rifle", su abdómen prominente delataba la diabetes que lo consumiría años después de que fuera tres ciclos escolares consecutivos mi profesor; años después de que incidiera tanto en mi vida como para recordarlo en cada clase que tomo; años después de que lo recordemos en cada encuentro entre ex-compañeros. Todos terminamos por hablar de Ojeda. Siempre supimos que ponerse al lado de él a cada foto que decían saldría era garantía de reliquia. Sabíamos que una firma o un garabato de él tendría valor insondable. Lo que no sabíamos era que fuimos la última ocasión en que dictó la cátedra de literatura, la última ocasión en que declamó poesía frente a adolescentes, la última ocasión en que soltó las lágrimas en un panegérico. Al recordar esto no puedo evitar sollozar un poco y enternecerme. No puedo dejar de confesar que aún guardo mis exámenes de latín calificados con pulso tembloroso en una caja de zapatos en la que también he incluido mis fotos de ese tiempo y una que otra carta, también de ese tiempo. Ojeda era esa enseñanza vital: la pasión con una transversal e impostantísima formación intelectual y humana. No pude negarse que era dogmático. No puede negarse que sus posturas sobre la literatura para varios de mis colegas resultarían retrógadas y estancadas en un modernismo de fósiles, no puede negarse que su método dictatorial y recio no sería aceptado por los pedagogos contemporáneos. Pero ¡ea! que aquí, en este que suscribe, hay una suerte de apologista. Ésta es, al parecer una fanática invectiva por los métodos tradicionales. No porque defienda su eficacia, que esa no está en duda -aún recito de memoria a Darío o las cinco declinaciones latinas- sino porque al que las recibe le queda una huella indeleble que genera principios, valores, convicción y pasión por lo que podemos llamar, conocimiento. Así es. Con Don Jesús Ojeda asistía a mi educación sentimental, por lo menos en lo que concierne a la literatura. No olvido aquellas ocasiones en que el viejo se ponía moralista y me convencía hasta las lágrimas de cómo debía actuar para ser lo que aspiraba a ser, sea lo que esto significara. No olvido la emoción que le brindaba repasar a Vasconcelos y su Ulises Criollo o a Justo Sierra en la inaguaración de la UNAM o a Alfonso Reyes, Méndez PLancarte o Edmundo O´Gorman hablando de los cronistas, de los humanistas mexicanos o de Landívar y la Rusticatio Mexicana. No olvido los regaños para cualquiera que rompiera filas. No olvido los gritos y los debates con Víctor, a quien le encantaba hacerlo repelar. No olvido, tampoco, la docena de ocasiones que me tocó me dieran pamba a su orden. No olvido.

Sólo había asistido a alguna clase con él y mi interés estaba lejano a la escuela. Enseñaba latín en mi aula. Nos gritaba todo el tiempo. Declinábamos musicalmente como en campo de batalla. Parecía que repiqueteábamos un monótono-César, te saludan los que van a morir esta mañana-. Repetíamos al cansancio mientras su puño, sobre los hombros estudiantiles, marcaba el compás de cada declinación. Memorizábamos. Éramos, no se puede negar, unas esponjas. Éramos también muy jóvenes y ni siquiera recuerdo que yo mismo soñara con algún futuro. Éramos los enemigos de cualquier profesor. Éramos insufribles. Y el señor, no sólo nos soportaba. Nos mostró, es fácil decirlo ahora, su manera de ver las cosas y propició ese contagio llamado sentir. Mostró lo que ya afirma Villoro en sus charlas, que un libro es como el paracaídas. En situación normal, son un adorno; un salto en paracaídas en situación normal es algo arriesgado, por otro lado. Pero en situaciones límite son de primera necesidad. Y hasta se pelean por ellos. Así es mi historia. Nada particular. Colmada de eso que Geney Beltrán llama "Bastardía intelectual". Yo leí por necesidad. Y no una necesidad orgánica de lectura. No una pretensión borgiana o leibniziana de querer saberlo todo. No una necesidad inexplicable de ésas que las agiografías de Sor Juana o Francisco de Sales o Dominguito Savio muestran. No. Yo leí porque no me quedaba de otra.

Me llamó mi vicerector. Me dijo, casi susurrando, Si no encuentras otra cosa que no sea dormir en tus horas de estudio o propiciar el desorden entre tus compañeros, te aseguro que tendrás que irte en diciembre. Era noviembre. El sol escaseaba y yo acostumbraba a tirarme como lagartija en los patios de la escuela. Solía dormirme encima de los libros de gramática latina. Solía, como bien me dijo, incitar a la banda a echarnos pedos o a jugar rayuela en el fondo del salón. Un orgullo raro -igual no hubiera sido mala idea aquella de verme retachado a mi casa-hizo que bajara la mirada, dejara de ser un insolente y comenzara a pensar qué putas hacer. De lo contrario, en diciembre hubiera ido a casa. Seguro me hubiera costado trabajo defenderme frente a todo mundo. Negar que me habían echado o negar que había huído hubiera sido una batalla de todos los días. Platicar cómo era y verme avergonzado añorando lo que pudo ser. Ver que mis demás compañeritos lograban poco a poco su metas dejaría asentado que lo mío, haber salido así, si es que hubiese sucedido, significaría un fracaso. En ese tiempo, los términos sonaban a algo. En ese tiempo, parece que había algo de vergüenza en mí. Y no valió imaginar que podría encontrarme con mis queridos amigos de travesuras de secundaria. No ayudó imaginar que le podría entrar enteramente al fútbol los sábados y libremente. No desequilibraba en el más mínimo a mi mente la idea de estar a mi antojo y con mis horarios. No hizo mella en mí la idea de entrar a una prepa pública y encontrar cuanto pantalón relleno y febril y adolescente y en crecimiento podría encontrar. No ayudó la ilusa idea de decirle por fin a Diana o a Lucero cuánto me gustaban. No, no valía esa potencia de realización tanto como la nostalgia de no haberlo dicho nunca y guardarlo en el baúl de las cosas que valen mejor allí, tanto como conservarlo para mí, tanto como para imaginar -sólo imaginarlo- que lo decía coherente y tajante y con éxito; valía eso y no la idea de verme como el soquete de Calixto intentanto decirle a Melibea algo que ella -que la maldita reconocía qué- esperaba que le dijera el interfecto y no sólo que lo balbuceara. No, no aprendí ni aprendería a decir las cosas que se merecían todas las chiquillas que llegaron a llenarme el ojo. También, desde entonces sabía mis pretenciones y eran de baja categoría, no estaba entre ellas ir y plantarme y decir lo que sentía. Estaba sí, quizá presumir cosas futboleras, quizá estaba la de sentirme juancamaney en algunos factores de la vida, pero ni tenía cómo presumir billete, ni galantería. Digamos que, ahora que lo pienso, mi cobardía y timidez frente a las mujeres (Ahora mujeres, seguro existosas y tan guapas como siempre, pero en ese tiempo famélicas jovencitas con una promesa "una cuarta debajo del ombligo" que mi ilusión de niño virgen esperaba tampoco habría sido descubierta) que revestían mis sueños y cristalizaban en mí esa fuerza casi primaveral que le da a uno la consistente idea de amor cortés, sólo capaz de ser defendida a esa precisa edad -los quince años-, y en mi posición, lejos muy lejos y aislado de las posibles y dichosas y encantadoras amadas en cuestión, abonó -y en mucho- a mi decisión de mantenerme firme como aspirante a las órdenes nada mendicantes del presbiterio. Estaba lejos, y el camino, presumían, era larguísimo. Pero, vamos, uno se ilusiona con Lucero Razo, una chica delgadita, delgadita, de ojos pequeños color avellana que conducía su vocho rojo y destartalado; pero, vamos, uno soñaba con ser jugador profesional y no escatimaba en desvencijarse en un entrenamiento en potreros áridos; pero, vamos, uno le escribía cartas al fantasma de una Diana o de una Tanya o de una que ni siquiera tenía nombre esas tardes de ocio en las que lo último que se quiere es terminar la tarea de latín o de religión; uno, pues, iluso, termina por creer.

Y no era difícil creer en lo que decía Ojeda. Recitaba con candor los versos que décadas atrás le dedicara a su esposa. Nos hacía cantar "morenita" cada día del cumpleaños de su mujer. Lloraba con ello. Lloraba también cuando recitaba vehementemente a Darío y colmaba las almitas de treintaytantos de la tropa,
"Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!...
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer..."

Nadie de mis compañeros podrá olvidar su gesto al hablar de modernistas, de contemporáneos, de poetas, de historiadores, de cronistas. Nadie podrá olvidar el lerdo sonsonete de Ojeda al dictar el Éxodo en latín o la magnífica retórica de Horacio para que los pubertos la tradujéramos por las tardes. Como un breviario entonces terminé haciendo de mi tarea escolar una oración. Me convencí -bajo amenaza- que para demostrar mi valía, para convencer a quien me ponía en tela de jucio, para hacer méritos pues, debía simplemente cumplir.

No bastaba. No bastó. Me sobraba tiempo. Dediqué horas a memorizar cada coma de la gramática de Emilio Marín. Terminé con las hojas limpias de mis libretas traduciendo la biblia o repitiendo en fila declinaciones o verbos transitivos y deponentes. Recitaba de memoria casi con un peinado impecable (esto es una mofa de películas de los cincuenta en la que los niños visten de shorts y de camisetitas almidonadas, que son peinados por sus madres al estilo Benito Juárez.mientras "recitan" la clase. Yo ni me peinaba ni me ponía camisas, seguía siendo un irreverente con mi vestido y mi peinado) cada lección que entraba en mis deberes. Pero no bastó. Seguí encontrando horas muertas para dormirme o pedorrearme debido a la leche que bebía todos los días. Años después, fueron los anuncios de lala en los cartones de leche los que me hicieron ver que padecía de algo: era intolerante a la lactosa, pero yo, en ese tiempo, no lo sabía, ni lo imaginaba. La vida diletante y de insumisa adolescencia en pleno ocupaban demasiado tiempo como para soñar con un porvenir. Habíamos caído allí, la mayoría, por lo menos yo, por azares del destino. Mi historia no era tan particular como la de otros y no era digna de transformarla en historieta de vida de Santos. No. Había pasado una adolescencia más bien violentona entre reportes de mala conducta y quejas de profesores. Los baños de mi secundaria habían sido mi guarida casi todo el segundo año de secundaria (lavar los baños era el castigo que nos propinaba un tal "Matute", así le llamaban al prefecto, a los malportados y el consenso daba cuenta de que yo era uno de sus preferidos). Mi padre se había tenido que avergonzar la mañana en que aquél, el policía, le había mandado llamar para darle quejas casi insondables de mí entre ellas aquélla de la que no era culpable pero que acepté por lealtad al "chapis". Venía de presumirme como un cabroncete de barrio y sin rumbo frente a mis maestras de primaria que le prohibían a sus hijos juntarse conmigo por ser mala influencia. Alguien que me conocía de esos tiempos al verme en aquel lugar, al ser mi compañero de prepa, no me daba, no me dio ni me dará nunca permiso para haber estado allí, por mencionar algo.

Pero yo ya estaba allí. Y terminé dedicando mis horas a la lectura. De esa historia podría hablar o ya he hablado varias vueltas. Es una historia como la de cualquiera. Como la de un Solares que emociona cuando uno recorre las páginas de "Espía del aire". Sólo que debo confesar que lo que me llevó a imaginar todas esas historias, aquello que despertó en mí la fabricación de escenarios tan gráficos a partir de la letra impresa no fue un libro o dos, fue el cuento que duró tres años y que comenzaba justo después del desayuno en esos salones verdes, avejentados, con tanta historia perdida ahora, y el viaje lo comandaba José de Jesús Ojeda.

Hace días vengo pensando al respecto. No pienso en mi profe de prepa. No especialemente. Es normal para mí pensar en él. Pienso repetidamente en él porque su eco se aparece para mí cada martes con una profundidad y luminiscencia conmovedora. Esta mañana de martes, cuando hemos hablado de Clavijero y su historia de México, que hemos recorrido, a la luz del relato del maestro Cruz, el intenso amor que se le puede tener a una tierra, a un sitio, a su pasado, he comprendido. Clavijero, cuentan, en el exilio recorrió caminos de lo que ahora conocemos por Italia buscando información de su México. Logró escribir con su trepidante prosa una obra íntegra, de alta estirpe como podemos corroborar, la escribió en español, la escribió en italiano y por fin sintió que con eso servía a su patria, como menciona en el prólogo. Así el profe Ojeda, así el profe Cruz, han hecho llegar a mí, con una resonancia azogadora, aquellas voces que ostentan algo por decir.


9 Escrúpulos y jaculatorias.:

media luna dijo...

Pues ¡Viva el maestro don José de Jusús Ojeda y el maestro Cruz! Realmente hubiera sido una lástima que te hubieras perdido y te hubieran mandado a casa y no hubieras llegado a la preparatoria y luego a la licenciatura y luego hasta aquí. Y es una lástima que no existan muchos profesores que vivan la literatura de una manera tan impetuosa, de una manera tal, que sean capaces de transmitirla a esos alumnos púbers o adolescentes a los que les sobran horas, y no saben qué hacer con ellas, excepto pedorrearse (que ahora ya no lo hacen por intolerancia a la lactosa porque desde el nacimiento se sabe), o sencillamente se duermen y no logran despertar jamás.
Me alegra que tuvieras esa oportunidad, pero sobre todo que la aprovecharas y descubrieras al literato que hay en tí.
Un abrazo y todos mis respetos a los buenos profesores, y a los pupilos capaces de recordarlos.

LSz. dijo...

Abrazote Media Luna, abrazo por los bueno recuerdos! Gracias por pasar.

Eduardo Huchin dijo...

No'hombre, maestro, qué conmovedor recuento. Coincido contigo en que hay una magia entre maestro y alumno, como la que hay entre el lector y el autor más áspero que puedas imaginar, pero que no sabes por qué te ha atrapado. Y esa magia está fuera de cualquier método pedagógico.
Hay maestros que hacen que las cosas se te queden; hay otros que hacen habitables esos conocimientos como se hace habitable una casa y ellos están ahí.

LSz. dijo...

Y lo sabemos mi querido Huchín, ésta es nuestra casa, el sitio en el que las cosas trascienden a los personajes.

Gracias por la visita.

José Antonio dijo...

Vaya, LF, qué conmovedor relato. Ahora sí que has explotado tu lado nostálgico. En mi caso no recuerdo haber tenido grandes maestros en las escuelas a las que asistí. La mayoría iban a su bola con pretensiones de grandes técnicos o con insultos memorables a todo aquel que se dedicara a las humanidades, lo que, claro, provocó el efecto contrario en mí.
Pero sí tengo en la memoria a un buen centenar que me dieron una mejor lección formativa y que nunca conocí en las aulas, sino circunstancialmente fuera.

Ahora sí que qué envidia, mi estimado LF, qué envidia.

Miguel Ángel dijo...

Recordar a Ojeda, como me ganaba el sueño en sus clases y me recostaba en el piso entre los pupitres, recordar que gracias a él sé muchas cosas de las que ahora presumo, Ave Ojeda. Y para toda esta chusma que opina ... no es nostalgia ni sentimentalismo, debieron vivirlo como nosotros para que se den cuenta que recordar todo eso es para que las lágrimas broten, novatos. Espero sus insultos.

Anónimo dijo...

Cuéntamelo a mí...
Me haces suspirar con este relato. Qué grato recordar a estos seres claves, imborrables, siempre entrañables.
Por cierto, allá sigue el escritito, muy comentado y ahora hasta robé la foto del homenajeado.

Saludo y abrazo enorme.
AR.

LSz. dijo...

AR. qué sorpresa. Admito que extrañaba tu presencia.

Revisaré el escrito, y la foto del homenajeado.

Un abrazo grande, de ésos que a veces se necesitan harto.

LSz. dijo...

Miguel Ángel,

¿Recuerdas cuando fuiste poeta?

 
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