Mañana cuando era tan pequeño



Desayunaba huevos a la mexicana con un pintor. Por esos tiempos fue cuando el chile serrano inspiró el escarnio en la boca y una sensación temible. Había sido como quemarse probando tocar la flama con las yemas de los dedos. No aprendió nunca a pronunciar la R; luego se enteraría que ni Cortázar ni Novo lo hacían bien tampoco. Una mañana, cuando recorrían un camino de terracería allá en Sierra de Lobos le preguntó tímidamente a uno de sus rectores de disciplina que si para ser sacerdote influía mucho este defecto. Pensó que podía ser escritor. No había que hablar, sólo escribir.

Antes, de muy niño, era aficionado a los días de semana santa porque le gustaba, al parecer una puesta en abismo de la vida y de lo guerrero que hay que ser para ella, el traje de judío. Usaba siempre shorts, lo mismo si se trataba de una  mañana húmeda o algún día de invierno; cuentan que tocaban sus piernitas regordetas para comprobar que no estuviesen heladas. Siempre estuvieron calientitas, afirman sus maestras de aquellos días de kínder. Jugó y se apasionó por el fútbol. No comía pan dulce y le ponía limón hasta a los frijoles. De niño, también parecía no temer a nada; ni siquiera, cuando, en la calle, un tipo lo llevó a no se supo nunca dónde y lo despojó de su triciclo Apache color verde. Él ni siquiera se enteró. Contaba su paseo, sonriendo, a un policía mientras, previsiblemente, su madre sobrevivía al soponcio de los nervios por el extravío. Siempre fue impertinente y se metía en cuanta plática de mayores podía, dormía debajo de las mesas, hurtaba las aceitunas verdes y los muslos del pollo recién cocido antes de que las cocineras del Hotel-restaurante donde creció lo pescaran. El pollo deshebrado de esa cocina nunca tuvo la carne de los muslos.

No supo nunca porqué despertaba a la mitad de su madrugada para corroborar que tanto sus padres como sus hermanos siguieran respirando, siguieran vivos: respiraba su respiracion muy de cerquita. Anhelaba las mañanas y que su padre lo despertara.

Siempre se identificó con lo segundón, con la poca competencia, con la pérdida. No eligió a Clarck Kent como su superhéroe favorito cuando era la moda sino a Spíder Man; Se conformó con Skeletor; no le importó llegar primero nunca, sólo le daba importancia a llegar. Siempre iba con los débiles, con los otros, conlos marginales o los traidores. En la escuela primaria, por ejemplo, fue Vitoriano Huerta una mañana de lunes. Supo que sería para toda latitud y futuro, un traidor para lo que fuera.

Supo entonces que habría que aprender a callar, a blanquear fantasmalmente la presencia propia y a sólo mirar sin tocar, y dejó irse a la oportunidad de decir a aquella niña del jardín de niños que estaba idiota por ella, dejó que los años hicieran añicos la noticia nunca revelada a la rubia flaquita de la secundaria. Pasaría la vida entera prendado de sus ojos color aceituna; dejó pasar, por una práctica discrecional trabajada ante la sensación del apestado, todo. Tanto que, a veces, cuando la vida pasa, él se sorprende diciendo lo que quiere y haciendo lo que puede y movendose para comprobar que el mundo se mueve con él y que vale pito la impertinencia mientras se sepa lo que se sabe y se quiere fervientemente lo que se puede querer. Mientras la vida misma le abofetee dulcemente con el derecho a ser feliz.

Eso, quizá, eso es lo que resume ahora la preocupación que desde hace tiempo se suele tener entre las piernitas regordetas y el peinado de niño, esa preocupación por la inocencia, por la creencia en algo, por la esperanza. Eso también le hace escribir al filo de la madrugada de otro treinta de abril, quiero ser ése que, con ojos grandes, sigue viendo a su padre con peinado de los ochentas.

10 Escrúpulos y jaculatorias.:

carmen jiménez dijo...

Esta vez no puedo resumir tu relato con una de esas frases sonoras que quiere aprisionar en pocas letras todo lo que cuentas. Esta vez, pienso en esa niña de trenzas, que aprendió demasiado pronto algunas cosas y a la que le quedan muchas más por aprender.
Un beso.

LSz. dijo...

Sí, a veces se aprende demasiado pronto, otras simplemente no se aprende.

Un abrazo.

Cy dijo...

"... Aprender a callar, a blanquear fantasmalmente la presencia propia y a sólo mirar sin tocar... esa preocupación por la inocencia, por la creencia en algo, por la esperanza."

Yo a veces vengo y leo tus cosas. Hoy después de leerte me conmoviste un poco y me quedé con la sensación de haber terminado de ver un capítulo de los años maravillosos. :D

"Quiero ser ése que, con ojos grandes, sigue viendo a su padre con peinado de los ochentas."

Gracias, fue un lindo momento.

Miguel Ángel dijo...

Te conocí cuando ambos tuvimos 15 años, no eras muy diferente a lo que ahora eres, no eres muy diferente a lo que ahora escribes. Al contrario de todos estos parias novatos que comentan tus notas no te diré algo, simplemente sabes lo que pienso.

LSz. dijo...

Un final de esos que lo dejan con ganas de cumplir los sueños, sí. La rubia de la secundaria no volverá, el padre, por otro lado, quizá use shorts pequeños como en aquellos años.

Siempre es lindo tener lindos momentos.

Abrazos infantiles, Cy

LSz. dijo...

Debería no decir algo de tu comentario. Pero sonrío por los años que llevamos.

Yo sí te dejo un abrazote M.

Anónimo dijo...

Hola! Recién he descubierto tu página y, aprovechando que por leer no se paga, anduve de aquí para allá. Casi todo me gustó, pero este texto me causó una sensación de "saudade": momentos que se añoran, niñez perdida y recuperada a través de la memoria. Gracias! me vi, yo en mis días lejanos.
Saludos verbales.
..
A

LSz. dijo...

Uno mira aquello y suspira, casi enfermo de nostalgia.

Saludos verbales, A.

Marykuky dijo...

Sus líneas como bienvenida me pusieron nostálgica y me arrancaron una sonrrisita.

Linda foto!

Un abrazo de esos que en vivo huelen a café!

LSz. dijo...

Ea!, quién lo hubiera imaginado, usted por acá.

Abrazotes de esos que huelen a café y que nos debemos ya.

 
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