Fechorías de Chaperón.

Hay cosas que podrían venirle a uno a la mente en fechas icónicas. Es probable que los recuerdos más claros de fechas decembrinas se afincaran, qué sé yo, en mis aventuras prenavideñas entre piñatas y posadas cacahuateras, los ratos de ocio y maldocidad con candelas y cuetes chifladores, palomas tronadoras y toda la gama de subterráneos productos que Juanito, el primo más maldoso que conocí en la infancia se ocupaba en conseguir en puestos clandestinos y casas polvorines que operaban por la zona, un trasunto de su mirada amarilla y siniestra que se excitaba ante cualquier prohibición. Es factible que no sea una fantasmagoría la imagen de una vieja arrugada, con su eterno mandil vendiéndonos los diferentes fuegos artificiales por quemar en navidad. Abría la puerta, que más bien era una lámina cruzada y enganchada con alambre galbanizado. Entrábamos a un pequeño cuarto de ladrillo y hacíamos nuestro pedido. Ella con cansino andar iba y venía con los productos. Contaba y metía en bolsas. Recibía el dinero. Salíamos como fugitivos. Huíamos literalmente ya contaminados por esas ganas de orinar que le asaltan a uno cuando juega a las escondidillas o hace algo peligroso. Nervio, eso era aquello. Podrían aparecerse mis etapas de monaguillo en las que uno se encargaba de que la liturgia de la misa solemne pasara a la historia con orden y miliciana disciplina, o las noches en las que heróicamente a uno le correspondió la iluminación de quebrar la piñata en la posada. Podrían aparecer los sabores de los dulces preferidos o el arte de pelar cañas con los dientes, pero no. Lo que se me venía a la mente hasta hace unos años era la primera vez que le maceré los pechos a una morra. Fue por estas fechas, fue una fechoría, fue al lado de la casa de mi madre y fue, como suelen sucederle a uno este tipo de cosas, cuando uno no lo espera y tampoco se entera muy bien de lo que le está sucediendo.
Yo era el chaperón de mi hermano. Mejor dicho, era la respuesta al chaperón que solían ponerle a la novia de mi hermano. Como siempre, uno sueña con que esa cita a ciegas casi condenada anticipadamente no resulte tan peor. Ahora que lo pienso pudo tocarme en turno una nana regañona o un hermano gruñón. En esta ocasión, cuando todavía mi edad y mi facha me amarraban a la figura del incómodo acompañante-vigía, la contraparte en turno se llamó Érica y su otro nombre y sus otros apellidos eran impronunciables para mí como lo son ahora debido a su exceso de erres. No alcanzo a recordar cuál era mi edad, pero creo que estaba en secundaria, no sé si en segundo o en tercero. La recuerdo delgada, flaca más bien con unas botas muy del tiempo, muy del tiempo en el que los zapatos canadá innundaron el mercado con aquellos Pereztroika que a todos nos duraban un chingo. Aquella vez que me llevaron o que me impusieron ahí era la ocasión en la que mi hermano debía declararle el noviazgo a la dichosa Raphunsel de ese castillo. Dimos vueltas por la cuadra mientras los interfeutos -ya alcahueteados por sus sendas Celestinas- daban solvencia al acto de la declaratoria de noviazgo, un secreto a voces por toda la cuadra y, nosotros, consumado el asunto y solo hasta entonces podríamos acercarnos sin ser un estorbo ya. Caminamos ida y vuelta, y sospecho que charlamos más que los propios novios. No recuerdo que ella me hubiera llamado la atención particularmente. Pero resulta normal, tampoco estaba despierto este instinto animal de casanova que a uno se le despierta con las primeras pajas y con el crecimiento del vello púbico. No. Eso es creo la garantía de que yo era un niño y sí que era susceptible de cumplir con la zahorí tarea de ser un chaperón hecho y derecho. Solo recuerdo que me pareció dientona, que era más alta que yo y que me recordaba a la canción de popotitos porque cuando caminaba luciendo una vermuda negra parecía que se quebraban sus rodillas. Tras nuestra caminata chaperonesca el asunto que nos unía se consumaría y presentaba un futuro prometedor. Los novios se verían disciplinadamente cada día de tal a tal hora en casa de la princesa. No era mi asunto y la chaperona que me habían asignado en dicha ocasión solo aparecía en fiestas y en temporadas vacacionales.
Se convirtió en mi asunto o lo convirtieron en mi asunto cuando por una extraña razón los ya novios se encargarían de querernos juntar. Resultaba un fenómeno realmente extraño en el que la pareja, quizá por no tener más de qué hablar o ausente de planes concretos, condenados a la aburrición de verse siempre, sin saber cómo pasar sus horas muertas de novios, se ocupaban en experimentos como éste. Y me llamaban y me llevaban a donde fueran cuando se trataba de este preciso chaperón con el que, efectivamente, sí dejaban ir a cualquier lugar a los novios. Era un morrito imberbe, es la verdad. Y aunque ahora no ha cambiado mucho ese estado, el marinado recuerdo le viene a uno predispuesto por esa ingenuidad casi olvidada de aquellos días en los que simplemente no se sabían ciertas cosas que ahora, si bien no se saben, ya se han vivido.
Recuerdo ahora, o por lo menos creo que recuerdo, la primera vez en la que ella me pareció casi un ángel. Fue un año, quizá un poco más después de haberla conocido enfundada en sus botitas. Ahora calzaba unos taconcitos de charol y se defendía de la vida y de la belleza de su prima luciendo un vestido que no era de ella pero que le sentaba bien. Recuerdo haberla visto precisamente porque fui convocado a aparecerme. Yo venía de una fiesta de esas de pubertos en las que uno bebe clandestinamente una o dos cervezas y se emociona, ostenta cierta hombría y mucha necedad. Empujado por estos motivos me di el valor y me presenté. Parecía que ya lo tenían preparado y ahora era una emboscada. Prepararían el terreno para que en algún momento del horario permitido para los novios, los chaperones ascendiéramos de categoría y nos transformáramos en más que acompañantes. No lo hicimos esa tarde noche porque yo estaba re tonto. No lo hicimos y me gané el mote de hablador y ella recitaba una canción de Lucerito que decía algo sobre palabras y promesas en lugar de hechos.
No sabía cuánto puede influir una declaración, un rechazo, una burla de la chica que se torna objeto de deseo. Aunque ahora revisando algunos casos, todo es fundamentalmente propiciado por el rechazo, la burla o alguna declaración de la chica de los sueños de cualquiera. Desde reyes como Menelao hasta pelagatos o estudiantes como el que era y seguiré siendo yo desde aquellos días. Parecería que esto que ahora recuento fue lo que motivó mi, cómo decirlo, aferre a la idea de verla cada que se apareciera, de encontrarla cada que hubiera periodos vacacionales, de recurrir a cualquier pretexto para encontrarla cada determinada fecha del año. Era tan extraño, porque como suele suceder, también, ninguna de estas ansias y deseos debían ser evidentes. Debía mantener en secreto mis intenciones. Debía conservar algo de respeto por mí mismo. Debía cuidarme de revelar que estaba enamorándome de la prima de la novia de mi hermano.
El eterno conflicto de forma y función se me presentaba cercano. Yo era una forma y una función, o eso pretendía. Había aparecido en ese lugar con el papel de acompañante y, cuando había iniciado dicha labor, era fácil. Todavía presentaba resavios de niño juguetón al que solo le interesan los deportes y esas cosas, y no se devana los sesos con cuestiones de conciliación como las que mi hermano consideraba con su novia. Yo era una suerte de ente neutral hasta que llegó ese día en el que se presentó con su vestidito negro de flores, su cabello castaño y claro, suelto y sus zapatitos de charol; a mí me interesaba poco el asunto en el que se enfrascaban ellos -me refiero a mi hermano y su entonces novia- hasta que me rechazó y se burló de mí. Entonces caí en la tentación de refrendar mi orgullo y de alguna manera mis vectores apuntaban con toda su maldita fuerza a llamar su atención. Yo había dado motivos para que la morra se pusiera por encima de mí. Ahora era una suerte de motivo de burla permanente. Ella me enfrentaba con esa bandera. Yo más me encabronaba. No se me ocurre que ella pensara en mí y se dedicara a decidir cómo hacerme la vida difícil. Pero me enfermé de ella y la busqué, siempre sin buscarla. Solo así, al acecho, de reojo, como que no quería la cosa.
Y la encontré. Recuerdo dos noches o tres especialmente en las que se comenzó a desatar esta tierna pasión de la que hablo y que han convertido estos eventos en mis recuerdos decembrinos más allá de las dichosas posadas o de la tristeza consumista de no tener dinero para regalos como sentí que sucedió aquella última navidad que mi padre pasó en casa, aquí. Me descubro conmovido por la tristeza ubérrima y la frustración de un padre angustiado por no poder celebrar la navidad como los comerciales dictaban. Lo recuerdo desganado y triste, contenido. Lo recuerdo con su suéter azul y negro. Me recuerdo con la familia volviendo de misa y él mordiendo sus uñas. La navidad, las noches de diciembre, no eran una época que le gustara a uno porque veía cómo al padre le asaltaba una sensación de tristeza más alta que los entendimientos de un morro de doce o trece años. Quizá por eso suplanté mis luchas o solo porque era un chingado adolescente y egoísta encontré un poco de mundo en Érica y en mi afán por reivindicarme de las burlas que dedicaba a mis actos pueriles.
Sí. Ella crecía con vértigo. Yo no. Seguía siendo un chico de 1.50 de estatura más o menos y ella se desarrollaba para todos lados. Comenzaron a brillarle inmensamente los ojos verdes, el cabello cada vez más arreglado, acentuaba sus facciones redonditas. Ya no era una dientona ni una flaca. Era una delgada y bien proporcionada joven que cada vez me hacía descubrir esas cosas que uno va descubriendo poco a poco en la adolescencia, cuando ya llega el tiempo en el que se ensayan los besos con los afiches del cuarto, cuando ya llega el momento en el que uno piensa cómo son las citas y las idas al cine y esas cosas que son mero pretexto para acercarse, poco a poco, a la morra. Entonces uno se descubre en el maravilloso y frustrante mundo de la educación sentimental llamada deseo. Me llenaba los ojos con ella. Volteaba a cada minuto a la ventana para ver si habían pasado a la tienda. Buscaba el carro de sus padres fuera de la casa de la novia de mi hermano y dedicaba horas enteras a acechar un poco todo. La buscaba.
Y se presentaban en la casa de mi madre a ver películas o bajo cualquier pretexto. Yo entendía que mis oraciones y súplicas habían sido escuchadas. Se me pasaba pedir algo de entendimiento para saber qué hacer con ellos ahí en la casa. Para dar mi siguiente paso. Me quedaba inmóvil. Simplemente atontado. Y sí. Se volvía a burlar de mí. Pero algo se desató en no sé qué momento. Quizá solo le divertía incitarme. Probablemente el juego del coqueteo le venía bien tras tanto sin quehacer. No lo sabré nunca. El asunto es que comenzó una benigna y socarrona etapa en la que jugábamos y nos volvíamos de alguna manera cómplices. Ella dejó de sentenciarme por ser puras palabras y nos comenzamos a divertir. Yo, claro, siempre sin saber muy bien cómo. El asunto, entre otros recuerdos, es que terminamos compartiendo ideas sobre a quién besar cada diciembre. Así sucedió varias veces hasta que ya no éramos, ni ella ni yo, tan adolescentes como para no saber que lo que ahí había era harta energía y hartos instintos y hartas hormonas palpitando y saliéndose a dar la vuelta, atándonos. Y llegó la noche en la que simplemente, siguiendo la voz del instinto nos dedicamos a descubrirnos un poco y a pasar más allá de las sonrisas y los flirteos. Mientras mi hermano y su novia veían las estrellas en una azotea nosotros habitábamos un cuarto abandonado y sin muebles, pegados a la pared en la que no olvidaré que recorrí con estas manos neófitas los pechos de Érica, la morra que esta mañana de navidad he visto tras la puerta de la casa de al lado, ésa donde nos llegamos a besar, de la mano de su hijo de unos tres años ya.

4 Escrúpulos y jaculatorias.:

carmen jiménez dijo...

Guauuu! Me lo pones difícil cuando veo un texto largo y miro el reloj de mi muñeca y hago cálculos. Pero hoy me he tomado un respiro entre lato y plato que estoy preparando para celebrar la cen ade Noche Vieja con el ánimo puesto en poderme tragar las doce uvas de postre entre campanada y campanada. Como si así fuera a alcanzar mis deseos.
El caso es que parece que tú alcanzaste el tuyo una tarde o muchas, no me queda claro. Pero lo que sí me queda claro es que has guiado muy bien todo el recorrido desde esa viejita, desde esos fuegos artificiales hasta la hermosa Érica del recuerdo con un niño de tres años en su mano.
Mis felicitaciones por ese recuerdo y por este nuevo año que empieza casi ya sino es que empezó sin mi y ni me enteré.
Un abrazo.

LSz. dijo...

Feliz año nuevo Carmen!!!
A sacar las maletas esta noche vieja!!!!
Abrazo!!!

deyaniracc dijo...

Luis, te aplaudo esa manera de reconstruir intuiciones oracionalmente.

Un saludo,
Yan.

LSz. dijo...

Mi querida Yan,

que lo escribas tú, así como lo escribes, me llena de un extraño orgullo risueño.

Un abrazo largo.

 
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