Habitar


Vago por los rumbos de a poco, tanteando y ubicando las cosas como en Puebla, como en San Luis, como alguna vez en Guanajuato. Tengo ya en la mira una lavandería a la que terminaré llevando ropa cuando haga falta. No sé cómo voy a resolver lo de los calzones limpios porque aún me da pudor incluirlos entre los calcetines y las playeras y no puedo comprarme paquetes de a tres cada que los tenga todos sucios. Apenas, apenas se acomodan las cosas y queda poco tiempo para todo, para nada.

Cuando corran los días, he de ir a casa de mi madre como cuando se acabó junio y, con ello, la vida a solas en el desierto, la comida en fondas y el sueño que tuve un abril. Cuando ya no era un investigador, cuando ya era un ex alumno. Cuando Edgar y yo dimos la vuelta en su camioneta chevy y no generó alguna crisis, al menos no visible. Aunque quizá yo estaba sumido desde antes.  Sabía que debía naufragar con cierta esperanza, pero sin pretensiones.

Debía tomar decisiones. No había mucho que me ligara a esa estancia. Volvía como se vuelve de los viajes en los que uno tiene la conciencia de ello. Me dediqué a habitar y a esperar, no sé bien por qué, a que terminara el periodo potosino. Acaso terminaría extrañando algunas horas de trabajo y el espacio propio que invariablemente me he ido generando en donde he estado. Varias veces ya he terminado en casa de mi madre tras el tras el incumplimiento de la promesa silenciosa de no volver. Se había terminado súbitamente esa docena de noches y dos o tres ansiedades de adolescente. Se había terminado el subsidio que se refrendaba cada mes. Me había quedado sin centro y me había despedido de esa casita de interés social que me albergó mientras terminaba el texto sobre el Bar, mientras soñaba con caderas peligrosas, mientras me alejaba de esas cartas de amor que quizá nunca surtieron efecto. Creía necesitar saldar un poco las horas conventuales con un poco de compañía familiar.

Me repatrié y anduve por ahí con la mirada emborronada en una suerte de estancia sin gravedad, lentísima. Mi ritmo era el de otros y a veces medio reaccionaba, y a veces medio me encaprichaba por estar en un sitio en el que poco dependía de mí. Ya no era ese animal huraño que comía a las horas instintivas, que dormía a solas y que para hablar sólo escribía en los chats de las redes sociales o visitaba la tienda de la esquina en busca de unos Camel o un agua mineral para el whisky de casi todas las noches. Ya no me despertaba a la hora que mi chillaban los tonos en el celular a la hora dispuesta. Ahora me despertaba el ruidillo casi lejano de las estaciones en AM que emitía la ya anacrónica grabadorcita que conservan en el baño de la casa de mi madre. Ahora me despertaba el tufo delicioso a café o a comida que se preparaba en la cocina, el lunch de mi hermano menor, que trabajaba más de ocho horas y me recordaba con su ritmo que yo amanecía sin plan de vida cada mañana. Mis tareas eran limitadas y la estancia en San Luis, por alejada, por taciturna, por arisca, me había permitido adelantarlo todo como pocas veces en la vida. Me daba el lujo de ordenar mi día a partir de la nada, al puro antojo. Me distribuía por el río de la vida provinciana: habitaba el cafetín de siempre y me encontraba con los viejos con los que convivía los días de dar clases en varias preparatorias. Charlaba de lo mismo y con los mismos, siempre; visitaba las calles del centro y charlaba con Javier, el hijo del Viejo Mancera cuya asignación eran diez cajones de estacionamiento a los que ofrecía sus servicios de cuidachoches y de lavado. Lo saludaba y él me preguntaba un poco por mi familia, pocl o que estuviera haciendo. Me pedía que le dejara las revistas o los libros en los que andaba. Luego, un poco el tema de su hijo, un tanto el de su mujer, una contadora que murió hace ya años; mi ritmo estaba tejido por una impasibilidad de esas que pueblan los fines de etapas. Y luego, esto.

Apenas he logrado acarrear fuerzas para poco. La ciudad apalea como pocas cosas. Desfasado y desconectado paseo por los días con esperanza de recobrar estrategias que pensaba aprendidas ya. Me instalé. Me sentía algo tenso pero terminé cenando gratis la primera noche. Nos subimos, Daniel y yo al trole y bajamos en Etiopía. Cuatro o cinco estaciones y, al final, Tonalá. No escapo, me dije mientras cruzábamos las calles entre las que está el departamento: vivo entre las calles Zacatecas y Guanajuato.

Alcanzo a medio distinguir qué es lo que me sucede estos días o al menos intento describir qué es lo que sucede. No lo tengo tan claro pero es que apenas me acomodo. No es una justificación trivial, creo. Me adapto, pero a la mala, como en Puebla, como en San Luis, como en el tiempo en el que uno no tiene eje y se percibe dividido. Unas veces avanzo antes de tiempo y otras,  como en  las carreras, pierdo por default al adelantarme. Soy víctima de mis salidas en falso; también de las tardías, tanto como para que la carrera termine antes de que me entere.

Me siento así, a destiempo, poco claro para ponerme reflexivo, poco dispuesto a ello, floto o me arrastro, más inclinado a arremolinarlo todo por fin y suscribirme a un ritmo de trabajo y agarrar el riel y entregarme a las arenas movedizas de la lectura, de la vida continuada y profunda que me trague, que me permita desaparecer de una puta buena vez y por fin dejar hablar a lo que hay alrededor, a dejar que esto fluya sin mi nombre, con lo que debe hablar: el mundo.

No creo que se trate de tomar confianza sino de trabajar. Sí. La cadencia propia, la vida propia, la poca convivencia en este tenor. No compito, no lo hago desde hace tiempo, ni me comparo. No es hora de volver a ello. Mejor guardo silencio: leo, escribo, siento, pero yo, aquí.

Es la hora de celebrar, sí, pero el trabajo y la oportunidad de hacerlo como trasunto de la vida misma, como el goce de ésta. Dejo de pavonearme y me acorazo en lo que me toca. Ruego disciplina. Voy a vivir quizá algunos años en un asunto espléndido y alejado de este mundo moderno del que ya estoy harto, decía Flaubert. De esto se trata creo, de lograr recobrar algo de naturalidad y diferencia, no por necesitarlo para la personalidad o para el protagonismo sino porque así es uno, así soy yo. No tengo tecnicismos, sólo tengo esto, Yo. Así me presenté y es lo que hay, así ha de ser porque no hay otra manera.


3 Escrúpulos y jaculatorias.:

Damiana Leyva Loría dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Damiana Leyva Loría dijo...

Reflexivo como siempre...

Ánimo, disfruta este momento, alguna vez lo pensaste sólo de paso y mira, ahí estás!

Saludos!!

LSz. dijo...

Como dices, sólo de paso. Hay que estar entonces. Un abrazo.

 
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