Las campales hacen que me tiemble la voz (crónicas llaneras)



De chusco, poco. Pero de ridículo, mucho. Creo que sí. No soy un pinche héroe para eso de las campales o los madrazos cantados por algún morro que ve "la solución" en el "tú y yo, acá, afuera, vamos a rompernos la madre". Le saco olímpicamente. La última vez que me amenazaron así, estaba inmerso en una crisis existencial. Quien lo hacía, no pudo comprender el beneficio que me hacía si llegaba a cumplir su slógan de batalla para ese día domingo al mediodía. Me dijo, insistentemente, "cuando termine el juego, te voy a matar, puto". Yo, sereno, deprimidísimo, le decía, "me harás un favor".
Una vez algún tiempo atrás, le debo celebridad en los diarios locales, fue aquélla en la que se armó la gresca debido a los leñazos propinados al "Mai", entonces un morro de 20 o posiblemente de menos edad: larguiducho, habilidosísimo. El Mai me contó, alguna vez, antes de engordar muchos kilos, de cuando se fue a probar a un equipo de primera división. El Atlas. Me dijo haber quedado, pero tenía a su novia y la quería un chingo. No volvió y siguió a la muchacha a la universidad. Un tiempo jugó para equipos de poca paga en las canchas amateur, pero el tiempo es lapidario de los sueños de cualquiera y, eso, aunque él no lo sabía entonces, no lo excluyó a él. Le hacía la faena a uno de buena fama como defensa cuyo equipo era el de "los Pericos", propiedad del en ese entonces presidente de esa liga sabatina. Jugábamos una de las semifinales. Lo persiguió hasta media cancha, impotente, lo chingó haciendo unas tijeras con sus piernas como si cortara césped. En el suelo, el gordo se vio ruin y quiso madrugar con un codazo. Todos lo vimos. Nuestro D. T., el "campeón", por lo general amable y silencioso, corrió despavorido, no sé si por verdadero nerviosismo o por un sentimiento de justicia irracional. Alcanzó a impedir el golpe atizando uno él. Justiciero, pero alevoso, de victimario se convirtió en nazareno cuando otros "Pericos" levantaron el polvo de la cancha para ir en contra de él que se hallaba postrado. Mi hermano, el "Gato", estaba cerca, y en medio de la trifulca, defendería al Campeón de los golpes por la espalda. Yo recuerdo con nitidez de cámara lenta que vi el lado ciego de mi hermano. Tacleé ferroviariamente a un cabrón, apuntaba sus puños contra mi hermano, por la espalda. Su caída fue aparatosa. Luego, puedo recordarme corriendo aterrado hacia donde fuera. Me trataba de librar de una docena opositora (quizá exagero porque no tuve tiempo de contarlos) salida de no sé dónde. Me perseguían y repartían patadas que encontraron mi brazo derecho, mis piernas, mi espalda. Corrí tan velozmente como nunca podré hacerlo. Mientras escapaba pude ver a un fotógrafo disparando su lente. Me consagraría como un coyón. Corrí sin esperanza, por puro instinto de conservación, hasta que Rafa, así se llamaba uno de mis compañeros, se metió a interceptar a los pateadores que traía de víbora de la mar en boda, colgando. Me pisaban los talones y los chamorros, y el trasero que trataba de salvar. Fue como un choque de olas en un peñasco. Los que me perseguían se olvidaron de mí y pude dejar de huir pero el fotógrafo inmortalizo el gesto de pánico y acto de escapismo, metáfora rebuscada de mi vida, podría decirse. Publicó la foto el lunes siguiente en la plana de deportes con el trivializado titular de "se armó la campal en la Deportiva Norte".
Me emocioné cuando leí a Carlos Velázquez dándose en su madre durante un concierto. Pensé, también, ¡puta! yo ni lo haría. Siempre recuerdo que cada que se acercan los empujones y eso de atorarse un poco con los que se quieren pelear, me pongo Moisés e intento separar las aguas, intento meter paz y llamar sin resultados al orden, intento el clásico "no chinguen, estamos aquí para divertirnos, ¡ya no mamen!". Esas frases me salen con tirabuzón y mi voz es temblorosa. Mi instinto no me da para poner los puños sino para apelar a la civilidad.
Mi voz de Gallo Claudio se hizo presente esta tarde antes de que "El llano en llamas", mi equipo actual, moviera sus piezas como en la primaria durante el partido todavía cuando llevábamos la ventaja por uno, habíamos metido el 4 a 3, había comenzado la trifulca. Luego, ya oscurecía, debíamos encontrar la manera de salir ilesos del Parque de los venados. Nos burlábamos, pero era en serio: temíamos. Intentábamos aligerarlo todo pero nos sentíamos indefensos y azorrillados. La discusión en el juego, los jaloneos y las patadas, nos habían agotado. Nunca me lo he explicado, pero creo que en esos momentos cuando me pongo compa e intento no responder las agresiones, me acomoda perfectamente el traje de mártir que los sedientos de darse putazos huelen. Pienso en si seré capaz algún día de ponerme gritón y mamar y cantar el tiro y romperme la madre como en las películas. Siempre concluyo que me asusta mucho perder un diente. Es como una obsesión, como una fobia rara, un temor derivado de cuando he soñado que pierdo los dientes y significa algo relacionado con la desgracia. No podría. No sé si lo llegue a hacer alguna vez. Lo pienso y sé que lo haría con la misma esperanza de cuando actúo mediador: para que el otro ya no la haga de pedo. Pero los instintos, parece, son transparentes y no mienten y los que ya están habituados a darse el tiro notan mi miedo, mi mucho miedo, y aprovechan, devoran a su presunta presa con la mirada.
Mi síndrome de la escalera ya se me ha presentado como hoy. En situaciones similares, un par de veces en esta ciudad, quizá más, y alguna que otra ocasión donde me pregunto lo que debí hacer ante tal o cual situación, como cuando imagino los diálogos que debí decir o que hubiera deseado frente a la chica, muy lejanos a mis silencios incómodos o a mis imprudencias inolvidables cuando realmente he podido hablar con ella. A veces quisiera ser más Díaz Mirón que Acuña, pero no sé.
Nos esperaban los del otro equipo comandados por un cara de jabalí con cicatrices de botellazos tequileros en el cachete derecho y en la frente. Sus huellas de la vida no eran como las mías, consecuencia de una pubertad feroz donde las hormonas tuvieron carnaval, sino de alguna ocasión, una de tantas, en que se puso orate, como debe acostumbrar, y esa noche, o mañana o tarde, sábado o domingo o viernes, sí le partieron su madre. Pero él sabía que hoy no, que hoy podía repartir candela a cuatro o cinco sin problemas. Su bilis negra, propia de los que siempre andan buscando a quién hacérsela de pedo, estaba desatada, se diseminaba por la cancha. Le explotaba entre ofensas, griterío y la repartición de madrazos consecuente.
Se habían sorprendido, supongo, de ver que los morros a los que subestimaron al inicio del partido los acorralaron y los "hicieron ver mal" en el terreno presumidamente propio. Parece que sucede así. La raza se junta en palomilla, hace su equipo y triunfa cada sábado. Habitualmente no hay problemas porque así es, salvo cuando un equipo de rufianes más vergudos que estos aparece. Si les aceptable la derrota y el reconocimiento de cierta debilidad, no se arma la bronca. Pero frente a nosotros, un equipo de perdedores, seguro, sintieron ofendida su hombría, castrado su totémico orgullo de golear o bailar o joder al equipo de enfrente.
Lo veo así: nuestro portero no vino y lo notaron. Vieron que improvisamos posiciones. Pero aunque estuviera, siempre se les vería la confianza en los rostros maltratados por el sol insolente. Habrían de moler a goles y a patadas y a caderazos a los del equipo contrario. Su amigo, el árbitro, también lo supo o lo supuso. Sus saludos con respeto, hablarles por su nombre y hacer bromas con ellos hacía pensarlo. Con nosotros, conmigo, lo contrario. Se mofó, se burló, se puso tirano y chingaquedito. Marcaba mal, sin respeto más que temeroso del equipo amigo. Sólo nos veía, creo, como a güeritos yendo al mercado a comprar verduras y nos chamaqueaba.
Nos esperaban afuera y debimos esconder a Daniel, un rubio de un metro ochenta, pero flaco. Se notaba nervioso después de los escupitajos, de los aventones, del forcejeo, de la expulsión; se atenuaba el temblor en las piernas luego de notar el rostro temeroso del árbitro por no saber cómo controlar el acontecimiento: el temible hocico que no dejaba de gritonear pendejadas ofensivas y retadoras de otro jugador hambriento, también, de madrazos. Decía, "afuera: ellos dos, sin pedos, que se partan la madre". Un sonsonete que sonaba a fórmula aprendida, a rezo desde siempre, grito de batalla con el que se defiende eso de que con romperse la madre todo se compone, el mundo cobra forma, todo se disculpa, como si así algo pudiera encontrar descanso.
A mí me cosieron a patadas todo el partido. Al principio, de lejos. Deben de haber dicho "¿y ése qué?, muy nalga ha de ser". Luego, ya que vieron que les había clavado dos virtuosísimos e inolvidables goles, ya no escatimaban en darme reatazos cada que recibía la bola. Yo aplicaba la de mi querido "Salsa", un zurdito que jugaba rompemadres en la universidad. Recibía con el empeine izquierdo y recargaba un poco el cuerpo, como enconchándolo; con elegancia, media la marca con las manos. Abría las palmas y sentía la cercanía de los defensas. Veía que, en mi caso, eran medio bulldogs: gordos, lentos, pero bien leñeros. No los dejaba acercarse. Metían la pierna, pero como soy zurdo, mi pie de apoyo los alejaba. Les quedaba lejos la pelota y se estrellaban, o más bien me fundían a tablazos los chamorros. Yo veía al árbitro y me daban ganas de decirle que yo era el que estaba recibiendo las patadas y que no era piñata. Agachaba un poco el cuerpo y entregaba mi culo a que se estrellara con sus panzas, vaya manera de bailar un vals, se pensaría, los codos alerta y una que otra vez un agarrón de huevos para poder girar y quitarme de encima al que tuviera como marca. Funcionó todo el partido a pesar de que el nazareno, que en este caso se sentía Pilatos, no marcara ni una falta a mi favor y todas las que parecían en mi contra, aun cuando apenas estuviera a punto de cometerla, como si hubiera una sentencia previa, me las marcaba hasta sacarme la tarjeta que odiarían los autistas al momento de mi tercera falta, según las consideraciones del reglamento inventado entre él y el otro equipo.
El del silbato sabía que alimentó al pinche Kraken todo el partido y ahora no lo podía controlar. Nos esperaban. Asomaron un par de veces las cabezas tipo macho alfa para ver si aún les temíamos. Lo infló como sapo todo el juego porque se burlaba de nosotros, porque le tuvo deferencia siempre, porque como a los minotauros lo embebió, porque parecía estar esperando que el dichoso "Charmín", como se le conocía en el terreno de juego al botarate ése que luego se volvió loco, le dijera qué debía marcar y a favor de quién y, cuando el que pitó el partido, de calcetas grises y suéter amarillo, se le rebelaba un poco al gordo, éste, vociferante, no dudaba en gritonearle para que entendiera quién daba las órdenes ahí. Lo chiqueaba y bromeaba. A mí me mandaba al pito o se burlaba diciendo cosas como donpicpanich cuando le exigía que marcara justo. Se portaba como microbusero en la cinco de mayo de Puebla, imponente, tirano y con derecho a atropellarlo todo. Alcé las manos, lo recuerdo, en son de paz. Él era el que mandaría el partido y yo siempre me enfilo en el sitio de los buenos o pendejos, dóciles. Intento obedecer, quizá por eso la chica de mis sueños siempre me trató como un imbécil.
Supe que ese morro se iba a portar culero con nosotros. Somos el equipo nuevo y más de dos de este equipo, "El llano en llamas", trae pinta de que no ha trabajado en su vida y, posiblemente, hasta tenga coche. El futbol también es una razón social. Siempre he ido a las canchas en donde yo terminaba siendo el güerito y el tiro al blanco de la mayoría de "morenos" con los que me enfrentaba. El futbol no es igualdad, eso es claro. La ley tiránica es una imposición dolosa a partir de quién domina el balón o quién se siente con el derecho de ser el único que lo mete en la puerta contraria. Pero también he sido rebelde, un guerrero, un samurai olvidadizo. Muchas de las consideraciones para los más aptos no las tuve nunca conmigo. Soy zurdo y poco habilidoso, sería una obviedad no ser del cuadro que inicia. Nunca me agüité por quedarme calentando las banquitas al lado de la cancha. Tengo el pie plano y durante mucho tiempo ese fue un pretexto para considerarme poco competitivo, inadaptado. Decían, “nos cansábamos más pronto, sufriríamos más”. Esto resultó ser un prejuicio, algo de mentira cuyo origen tiene rasgos de fundamentalismo respecto de quién debe ir y quién no a la milicia, quién puede o no pilotear un avión. Era futbol para mí y nunca me estorbó tener el pie plano o no ser habilidoso para tener conceptos básicos, para patear el balón con decencia y para, a veces, como en esta tarde, meter cuatro pinches golazos. Siempre me sobrepuse, me sobrepongo y hago, como ahora, a la vista de los que creyeron que se irían a su casa a burlarse de los chicos de naranja que no atinaban una. En otras ocasiones la raza reconoce el esfuerzo y no mira al vacío para seguir considerando que debe reventarte tu madre. Aceptan que son buenos juegos y el esfuerzo puede reconocerse. En ésta no. La mirada vidriosa, amarillenta, maliciosa, carraspeaba al oler el miedo que teníamos nosotros. Ellos apuntaban como justificado nuestro calvario. Se debía a la infamia cometida por uno de nosotros. Había acicateado un golpe al gordo indomable ése después de rodar como bolas de fuego por el pasto artificial amarrados como perros en celo. Pero la banda es incapaz de administrar su impotencia y, al verse humillados por unos que, aparentemente, serían un pan comido, debieron actuar como se acostumbra aquí, una herencia milenaria de chingarse al otro como sea que se pueda. Si hubiésemos perdido a goles con ellos, imagino, no hubiera habido problema porque lo considerarían justo, pero como no estaba sucediendo eso sino lo contrario, se pusieron más que mandones y nos sacaron el susto de la tarde y quizá de la semana. Nos hicieron salir por la puerta de atrás. Nos esperaban, como en la escuela, a la salida, como en la escuela, para partirnos la madre, decían. Tenían pedo con uno, pero ya se sabe que de ver dan ganas y terminarían haciendo una cámara húngara en la que más de alguno saliera con sangre, sin dientes, con moretones. Y salimos como salgo yo desde hace tanto: huyendo, buscando escondite contra los agresores, cobardonamente. Pero mi equipo deberá comprender que yo, yo no soy un héroe.



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Anónimo dijo...

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