Yo fui Escritor.


Este relato se presentó bajo el pseudónimo de María Font en el X Concurso de Creación literaria de la FFyL de la BUAP en la categoría de Cuento. A petición de mis tres lectores lo cuelgo acá:


Ulises.

María Font

Se acercó a mí. Eran las dos de la mañana, o algo así. Ya era de madrugada. Supe que estaba perdido. Lo invité a pasar a mi cuarto de vecindad. El barrio donde vivía entonces era lo más lumpen de esos rumbos. Era barato, pero francamente daba una impresión desastrosa. Sí, también se siente el acecho y el peligro casi como un catalizador entre el barullo y los escandalosos sonidos de las sirenas. Hay tiradores y narcos, las fruterías de noche son burdeles concurridos, los hoteluchos son de mala muerte, y seguro se escucha lo que hace cada cual en la habitación contigua. Pensándolo un poco es hasta morboso; en cualquier esquina he encontrado a la más hermosa y virgen de todas las putas o al travestido más siniestro y oligofrénico. A los padrotes no hay ni que mirarlos; si acaso encontré alguna vez un taxi fue imposible usarlo como medio de transporte, pues los taxistas que he visto por aquí alguna vez tienen dos razones para aparecerse: han traído, a muy alto precio, a algún cliente con dinero, caliente y muy borracho, o el mismo taxista es el que viene en busca de amor de una noche, es decir, se acercan a meter el pito en otro hoyo que no sea el de la bacinica. Las intermitentes luces neon debieron advertirle la clase de cloaca en la que se estaba metiendo. El estridente maldecir de los putos debió llamar su atención; los casi inexistentes, pero exuberantes taparrabos que mostraban las nalgas torneadas de una bola de maricones debieron ser una seña determinante. Sin embargo, como él dijo, estaba totalmente perdido y, además, hay que decirlo, era medio pendejón y atolondrado.

Yo me fumaba un cigarrillo. Salí como de costumbre a distraerme, a mirar el extraño escenario que me rodeaba por aquellos días de maestro multigrado en la quinta chingada. Solía abandonar un rato la rutina por un poco de espectáculo nocturno de rampla: neon, convulso: la realidad en las rocas.

La luna acuosa de aquella madrugada me reflejó su gesto casi desesperado. Mi aspecto, por lo menos algo menos marica que lo que se podía observar alrededor, fue lo que me convirtió en su alternativa. Parecía, por lo menos que yo no cobraba. Acercarse y pedirme ayuda era su último camino. Lo supe desde que lo vi. Yo representaba un elemento extraño en aquel ambiente. Lo hubiera sabido aunque me lo hubiera balbuceado en cantonés o en mandarín y no en ese español afrancesado ininteligible a primera instancia. Su rostro desencajado era de pavor. Me llamó en un pésimo español. Entendí nada, pero ya tenía mis conclusiones y supuse que era mi momento de saldar las deudas adquiridas en el pasado próximo con los francófonos en México. Me había exiliado en aquella ciudad olvidada, buscando mejores oportunidades de ser miserable solo, para ganar algo de plata segura, prestaciones y alguna plaza en sindicatos o plantillas, y principalmente para huir después de haber roto el corazón de una francesa esquizofrénica con la que estuve viviendo un tiempo y de la que debí esconderme debido a una preocupación constante que había tomado tintes extraños. Cuando escapé de esa trampa de arena, pasaba más tiempo preocupado, ya no por temer a que se suicidara ante nuestro rompimiento inminente, sino porque no me destazara cada que se ponía histérica, que era como dos o tres veces al día, y por las noches un poco más. Me sentía en deuda y tomé la llegada de su compatriota como una ganga del destino, una especie de penitencia que ayudaría a mi purificación de cualquier culpa de amores y corazones rotos.

Sonreí quitándome el cigarrillo de la boca y le contesté, o más bien le dije sin tomar mucho en cuenta lo que él decía, en mi pésimo francés aprendido en la cama, que si quería pasar a casa (bueno, a mi cuartucho) y descansar un poco. Por aquellos días tenía algo de “itacates” de algunas fiestas de pueblo a las que había asistido. Ya que era el maestro, junto al médico en turno y el padrecito, la gente solía regalarme algo de arroz, fideos y frijoles; carnitas, pollo y barbacoa; cervezas y botellas de tequila y mezcal corrientes. De cualquier manera, si el vagabundo ése no hubiese aparecido habría terminado tirando la mayoría de esas cosas a la basura o dándoselo a los perros de por ahí, que abundaban. Hicimos un paneo conjunto y bien sincronizado por el sitio que teníamos enfrente, lo miré y sonreí burlonamente invitándolo a entrar con una palmadita en la espalda mientras arrojaba mi cigarrillo encendido a la acera donde se consumiría. Saludé a Vivi, un putito buena onda que por las tardes, antes de entrarle al tacón, se dedica, supongo que todavía, a bolear zapatillas de sus colegas o las botas de los policías que hacen su rondín antes de que anochezca para dar un repazón a las muchachas anticipándose a la llegada de los clientes. Por fin entramos. Dejó su maleta de boy scout en un rincón y aceptó el vaso de agua que le ofrecí. Luego le serví un batidillo de todas las sobras que tenía sin preguntarle. Comió como condenado a muerte, aceptó el cigarrillo que le ofrecí y comenzamos a beber tequila en la mesa vieja que tenía habilitada como escritorio. El tequila taladraba la garganta y hacía arder el estómago: un treinta-treinta reposado que sabía a azufre, pero que gustaba a mi inquilino. Sus creencias acerca de la bebida me recordaron a las de Lupe, una rubia de estos rumbos, precisamente, a la que pude haberme cogido hace unos años, pero era yo muy wey para entender que lo duro y rebrincoteante de sus pezones se debía menos al frío que a su ardiente estado febril y de total embriaguez. Pero eso nada tiene que ver con mi acto de samaritano en este lado de Michoacán del que seguramente, ni la rubia Lupita, ni nadie conocen ni conocerán, a menos que se vean forzados a huir debido a la falta de trabajo o por algún conflicto post-acostón que se me había transformado en toda una amenaza de alcance diplomático a altos niveles. Ella decía, La rubia Lupe, cuando la visitaba en la residencia para estudiantes de universidad católica cara, muy de vez en cuando, y le preguntaba qué era lo que deseaba beber, -lo que sea, con que empede-, respondía con su sonrisa de niña mimada.

Seguí sirviendo en unas tazas viejas. Seguimos brindando hasta terminar con la sospecha de que no sabríamos cómo pasar el resto de la noche. No puedo negar que por un momento pensé que me convertiría en una especie de mimo. No fue así. Ulises, como atiné a llamarlo, pues tenía un nombre impronunciable que olvidé o que más bien nunca me aprendí, no era tan malo con el español y era bastante comprensivo con mi pésimo francés. En un momento de la noche entramos en una cauda silábica políglota: yo con un inglés chicano heredado de mi padre, un español rebuscado y lleno de gerundios que mi interlocutor no conocía y el pésimo francés aprendido en la cama; y él, con un pésimo español, un fluido francés y un inglés masticable, hicimos que la conversación fluyera, como suele suceder con los borrachos, sólo así nos entendemos. Bebíamos con garganta profunda hasta que nos pusimos algo pendejos con tequila. Este trance me recordó alguna estancia en Querétaro cuando, en un bar decorado a la alemana, después de mucha cerveza, tres mexicanos borrachos hasta la necedad telefoneamos a Madrid y le hablamos el peor francés de la historia al hermano de uno de nosotros quien no entendía nada, pues si acaso hablaba diferente era por un tono castizo que había adquirido derivado de su estancia allá. Es decir, esto explicaba que con un cierto grado de beodez cualquiera se convierte, ya sea en políglota o en exegeta.

Ulises venía de Cuévano. Allá trabajaba como maestro de francés desde hacía algunos meses. Consiguió el trabajo por Internet y en sus tiempos de vacaciones se dedicaba a caminar sin rumbo fijo. Había llegado caminando hasta acá. Pensé que por mi traducción lo que había entendido era equivocado. Pero no, repitió varias ocasiones en varios idiomas. Él había caminado el puño de kilómetros hasta llegar y perderse justamente aquí, en la peor zona del peor pinche pueblo. Más cerca del infierno no podía estar. Le gustaba caminar. Yo balbuceaba mis conflictos xenófobos y algunos traumas o complejos de inferioridad que, seguro, no comprendió. Él se dedicó a explicar cómo es que había caído en este finis terrae en el que yo vivía por aquellos días.

Creo recordar que dedicó largo rato a contarme acerca de sus viajes. México no era el fin del mundo. Él afirmaba conocerlo. Había recorrido Holanda en bicicleta un verano, había bebido café en el centro de Occidente: Estambul. Le fascinaba de ahí el ornato y arquitectónica de las mezquitas, su carácter ritual y de ceremonia le emocionaba. Recorrió Francia entera en aventón, de Britania a Marsella. España no le atraía tanto. De hecho, afirmó haber sido tratado algo mal por allá y mejor se dedicó a describir Islandia, donde vio el fin del mundo. Desde ahí se ve Greolandia según él. No dejaba de iluminársele la mirada como si lo que estuviera viendo fueran las oncemil vírgenes dispuestas para él. Era fabuloso lo que los ojos podían llegar a mirar si uno buscaba bien en la naturaleza, si uno lograba situarse en el mejor lugar. Escribía novelas y poemas. Me aclaró, también, que a parte de funámbulo de la vida había estudiado teatro una temporada. De hecho, había pertenecido a una pequeña pero muy comprometida compañía de teatro. Hacían funciones callejeras a las que debía algunos de los tantos viajes que había hecho. Le creí todo. No tenía por qué dudar. Su pinta era de un personaje de Dumas. Un viajero de barba curiosa y un poco descuidada, medio bufonesco, era mi cuenta-cuentos particular. Era verosímil que viniera andando desde Cuévano. El polvo lo cubría, el sol de invierno, lacerante y cruel, lo había quemado. Sus labios resecos y agrietados eran las señas más evidentes de las muchas horas de extenuante caminata que había pasado los días anteriores a nuestro encuentro. Quizá lo único que me mantenía un tanto receloso de su relato era su forma de beber. Pero qué importaba. No había pasado mucho tiempo y nos habíamos bebido mis reservas vinícolas de fiestas patronales. No había por qué finalizar la noche. Lo convidé a visitar casi poéticamente tabernas, puteros y cantinas de mala muerte, que era lo que nos rodeaba. Le aseguré que más tequila no nos haría falta.

Abandonamos como pudimos mis cuartucho de vecindad para dirigirnos a trompicones a la zona de las bragas. La bienvenida a la calle fue brutal. Un par de sombrerudos, rudos y bigotones -según recuerdo-, se devaneaban en una confrontación a punta de pistolas e insultos por la pertenencia de Vivi, que era muy pobre, pero siempre daba la pinta de inocente y hasta delicado. Se ofendían y no dejaban de apuntarse. Pudimos ver cómo cortaban cartucho ambos. Vivi les imploraba calma. Había perdido una zapatilla y lloraba. El rimel lo tenía corrido, los labios pintarrajeados, las medias rotas y se encontraba en el estado más deplorable de la historia de las peleas y conflictos amorosos travesti-homosexuales que presenciaré en mi vida. No traía ya la peluca de rizos brillantes y se le notaban las marcas evidentes de haberse llevado unos cuantos madrazos en medio de la trifulca. Eso me hizo pensar en que quizá no peleaban por su amor (o sus favores) solamente. Especulé al respecto: quizá uno de los agresores era un presbiteriano homofóbico y se había erigido a sí mismo como el presidente de la liga de la decencia de aquel pinche pueblo frutero y ardiente en el que, en cuanto caía la noche, dejaba como una inocente caricatura a la mismísima Sodoma. Este título lo colocaba en la situación de evangelizador e inquisidor, mientras que el contrincante podría ser, por decir algo, que ante la injusticia y la intolerancia se había indignado con lo que veía: un total acto de intransigencia y abuso. Pensé que, posiblemente, todavía podíamos encontrar al defensor de los oprimidos, aun en un circo como en el que vivía por aquellos solitarios días.

Cuando esto sucedía, nosotros permanecimos estáticos y pálidos. Estábamos demasiado atolondrados como para ponernos sobrios del susto, así que nos escabullimos hacia no sé qué lado y esperamos a que pasara algo con la riña.

Vivi se desvaneció. Un desgañitado suspiro que quiso ser grito fue lo último que pudimos ver antes de que azotara seco en la acera. En cuanto sintieron que Vivi había dejado de gritar y querer separarlos, se detuvieron a ver qué había pasado con su putito. Lo encontraron en K. O. Su actitud cambió de inmediato. Unieron esfuerzos para reanimarlo, lo abofetearon casi cariñosamente, lo zangolotearon, le llamaban por su nombre, ¡Vivi, Vivi, Vivi!. Uno de los hombres empapó su camisa a cuadros de whisky de una botella que habían arrojado antes de la pelea no muy lejos del sitio donde yacía el bolero de travestis. Se la acercó a la nariz para que la aspirara y, en cuanto le llegó la fuerza del mágico alcohol, Vivi dio un suspiro y despertó de golpe. Me atrevo a asegurar que todo fue una trampa del putito y que le resultó a la perfección. Finalmente se olvidaron de la estúpida pelea, que era por amor y pertenencia, de hecho, y los vimos enfilarse a una de las cantinas de por ahí. Un rictus telenovelero era el que mostraba el frágil Vivi al que cargaban de cazuelita el par de bárbaros que hacía un minuto peleaban. En El Corsario los volveríamos a encontrar cuando recorríamos, Ulises y yo, todas las tabernas del lugar.

Ulises fue todo un rockstar de las cantinas: en Los pavitos cantó en español; en El recreo comió gusanos de maguey; Bailó con media docena de reinas en La norteña todos los ritmos, el caminante bailaba tango a ritmo de salsa y gritaba con pasión las canciones de Juan Gabriel. Al ritmo de “Buenos días señor sol” y “Noa Noa” en la sinfonola, fue reconocido como el rey del barrio esa misma noche. No pasó desapercibido en ninguna de las casas de mala nota a las que llevé a este extranjero aquella única ocasión.

No recuerdo para nada cómo es que volvimos a mi cuartucho. Seguramente fue al amanecer. Yo desperté con la luz del sol. Estaba tirado en el patio de la vecindad, seguro había sido besado por un par de ratas. A él no lo ubiqué hasta un rato más tarde en el baño. En cuanto nos pudimos poner de pie, fuimos a buscar algún sitio para curarnos la cruda monumental que ambos sufríamos. Él, en lo que cabía, seguía emocionado con la cultura nativa y decidí mostrarle cómo sobrevivíamos a una borrachera en este lugar. Menudo y unas cheves. Charlamos de cualquier cosa: de sus cuatro novelas escritas en sus pinchemil viajes, de su emocionante estancia en México; de mi metéorica carrera de escritor defenestrada hace años, de mi estancia como profesor multigrado en comunidades rurales que habían perdido la batalla contra la migración y carecían de hombres; les sobraban niños y mujeres solas, unos soñaban con la troca del sueño americano; ellas, con la vuelta del marido, una eterna carrera contra la soledad, y la lucha inútil frente a los embarazos permanentes. Jorge negrete servía de fondo, yo bebía mi segunda cerveza. Ulises se iría en cualquier rato. La menudera, afanosa guía de turistas, ofreció su camioneta para encaminar al francés a la carretera que lo llevara a Playa Azul, último destino del visitante. Él insistía en que no hacía falta. Podía seguir andando. Lo llevamos hasta la salida del pueblo. Nos despedimos con un tepache en la mano cada uno. Nos dimos un fuerte abrazo. Sabía que no sabría jamás de él. Yo seguí un par de años más en aquel sitio. A quien me preguntaba por aquel amigo mío, el bizquito europeo, le respondí siempre que él había vuelto a Francia.

9 Escrúpulos y jaculatorias.:

Anónimo dijo...

Agradable, realmente.
Abrazo, desde donde ud. sabe.

LSz. dijo...

Abrazo hasta allá. Saludote.

Roque Balbuena dijo...

Una joyita, mi señor. Hay un premio guardado para usted, pero tal parece que no se ha decidido a salir a cazarlo. Pula la escopeta y haga fuego a discreción. Sí le salen, no se haga.

LSz. dijo...

Decisión...Creo que sólo me sale con unos whiskyes encima.

Saludos, gracias por pasar. Ya era hora de que publicara algo, aunque sea comentario breve y halagador.

Miguel Ángel dijo...

Nel, no hagas caso a estos aduladores de pacotilla, puedes y debes mejorar.
Seguro empezarán como nenas de secundaria de paga a alagarte y decirte que tienes bonitas trensas. Sorpréndeme.

Berenice María Martínez dijo...

Me gusta lo que leo por eso escribo. Un abrazo y a seguir con la labor de escriba, ladrón y voyeur del mundo, ja.
B

LSz. dijo...

Saludos B, gracias por la visita.

Alma R dijo...

Espléndido. Quiero más.
Me hiciste tragar saliva, desde el tequila al wisky y hasta el tepache frío de despedida... ¿cómo estará el infierno, que hasta los diablos andan afuera?
Felicidades mi estimado L

LSz. dijo...

Qué tal Alma,

Qué te puedo decir, el manantial de la escritura siempre tiene humo de tabaco y un poco de esos líquidos que nos ponen medio sutiles.

Un abrazo poblano. Gracias por pasar.

 
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