Vestido de mí mismo.


foto, Míriam Gamiño. Gto 2010.
Uno ve las cosas irse, ve a la gente irse, ve a los seres queridos irse y es incapaz de hacer algo para conseguir otra oportunidad. No es que a uno lo rechacen siempre, sólo que ha pasado el tiempo y el tiempo o el espacio tiempo exacto ha caducado en muchas ocasiones; en otras, de una ternura lindísima, el tiempo no ha llegado y llegará; en las aquellas más lúgubres el tiempo nunca existió y todo fue como es cada recuerdo, una fantasía, una ilusa pretensión de algo. Como aquella ilusión de encontrarse algún día con la valentía y la fortuna de su parte frente a la morrita de los ojos con aspecto de hojas, diría Díaz Mirón. La valentía para decir sin traspiés lo que habría que decir y la fortuna para interesarle una pizca cuando se le está diciendo lo que se quería espetar. Ésa, como vemos, a estas alturas es un ejemplo de la última opción.




Y existe esta tristeza como de hueco en el estómago, y existe esa chispa demoniaca en la mirada frustrada, y existe la audacia de pensar que se le está a uno arrebatando algo. La rabieta del niño en el mercado exigiendo un juguete que no merece. Pero no, también el tiempo, con esa templanza que clausura cualquier adolescencia, cualquier conato de berrinche de niña perrucha, le enseña -le obliga a aprender y, a veces, a aceptar sin entender como dogma de fe- que nada hay de uno en ninguna parte, que casi nunca a uno le toca algo y si le toca es un privilegio y ya, pero ese encuentro no es responsabilidad del destino; porque el destino es otro y, ése, aunque es inintelegible, también resulta irrefutable.




Alcanzo a sospechar que lo complicado en estas cuestiones será, siempre, distinguir cuándo uno debe quedarse inmóvil, cuándo uno debe dar un paso al costado, cuándo uno puede osar no quitarse del camino y hasta inclinarse al lado izquierdo para rebasar las circunstancias, en cuál posición uno se puede portar insolente ante la vida. La confusión de estar inmerso en las situaciones y ser responsable de un arbitrio al que generalmente no estamos capacidados a enfrentar lo tornan a uno, casi siempre, a decidir idiotamente. Es decir, tomar el camino equivocado deliberadabente equivocado.




Pero sí, uno ve las cosas irse y queda inmóvil. Uno ve las cosas sucediendo y sólo mira, uno puede aprender a ser aquel imitador de dioses que encuentra la felicidad en dejar de atentar contra su destino sí, y aunque esa parece la consigna vital, la de encontrar la felicidad, también uno puede tener la mediana certeza de que finalmente no es en los momentos de gozo en donde se siente más humano, más arraigado a la vida, más espiritualmente ligado a este polvo en el que uno se ha de convertir, más claro en la posibilidad no de ser feliz, sino de encontrar el tono en el que se puede ser genuino que, aunque no es sinónimo de felicidad, sí de naturalidad, y en eso, por ahora y sujeto a cambios sin previo aviso, afinco la posibilidad de lo que sea. En la pérdida es en donde encuentro la necesidad. Bien dicen por ahí que la esperanza no es de quien no necesita sino del que está esesperado. Allí uno encuentra la humildad y el sitio de humano, demasiado humano en la consigna triste pero casi romántica de dar cuenta de lo poco que es uno, de lo incontrolable que es lo otro y de lo lejos que está uno de percibir las cosas con equilibrio cuando piensa que las puede maniatar a su antojo. No, las cosas se van, todo se va, uno se va y no hay manera de detenerlo. Quizá sea un enemigo insondable, pero cómo ha de elegir uno una batalla ganada cuando hay tantas por perder.

6 Escrúpulos y jaculatorias.:

Yan dijo...

p*ta, a mí me parece hermoso que muchas cosas se vayan, ¡enhorabuena!
lo ideal sería que las mandaramos nosotros al cajón del "más humillante olvido", pero a falta de eso, que se vayan está chido :)

LSz. dijo...

Del más humillante olvido, qué perrón!

Anónimo dijo...

Lo leo y releo. Mejor lo imprimiré y lo llevaré conmigo si no tienes inconveniente. Saludos mi LF.
AR.

LSz. dijo...

Ninguno. Ahora sí que hay que dejar que pase. Jo. Abrazo cafetero.

Marlén dijo...

Del tiempo sólo sé que pasa.

Me encanta la foto!

LSz. dijo...

El tiempo, tampoco se detiene, más que en la poesía: esa foto es poesía, qué no!!!

Jo. Abrazote!

 
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