Diario de no se sabe dónde III

No tengo a la mano las notas que he hecho para escribir este diario. Hace semanas que escribo sólo estampas breves de lo que ha venido sucediendo. Es cierto, todo se le va pasando a uno con velocidad y no alcanza el recuerdo ni las fuerzas de la memoria para recolectar. Tengo la impresión ahora de que he hablado mucho por todos lados. Y de eso, de que he confiado tanto, casi megalómanamente en mí, como aquellos días en los que hacía el programa de radio y hablaba casi sin parar entre corte y corte una media hora. Nadie me veía más que la dueña de los controles de la cabina, pero era vehemnte y expresivo con las manos y hablaba a quién sabe quien, pero no era un mundo radiofónico el que imaginaba. Era más bien un diálogo conmigo. Sí. Mi esterilidad se acerca cuando pareciera que hablo más de lo que leo o vivo., simplemente cuando se habla y no se aspira a ese silencio discreto y congruente con el que da cuenta de que si no tiene algo por decir no habla y ya. No se gasta. pero, sin embargo, bajo la manera siempre del espejo parlanchín en el que no es que me interese darle tiránicos consejos a alguien frente a mí sino que me seduce la idea de levantar un poco la mirada y darme cuenta de algo, de conocerme un poco más, de conocerlo todo un poco más. Quizá por eso me preservo el derecho a decir cosas, porque quizá todavía ando en ese tentaleo y en esa búsqueda de resolución de cosas, de lo que sea, de ociosidades de domingo en la mañana o de solemnidades trascendentes de lunes a las o de fecha oficial.
Me llama la atención, sobre eso, que tengo cierta percepción de lo que digo. Cargo con la idea medio obnivulada de que escucho una grabación cuando digo las cosas. Como si fuera un discurso en proceso de acartonamiento. Sin embargo, también hay, en medio de esas repticiones, una suerte de centelleos en los que me doy cuenta de que hay vueltas de tuerca en aquello que parecía cansinamente reproducido. La palabra encarna en algo de conocimiento. Ahora, después de charlar un rato con mi padre al teléfono, reculé sobre esto. Pero como sucede con los padres y los hijos, lo hice de la manera más difícil. Ésta en la que el padre le intenta hacer ver a uno que no es un sabelotodo que el discurso que trae uno es diletante, casi adolescente y que uno no va a venir a decirle cómo se hacen las cosas, o mejor, uno está para escuchar cómo el padre dice que deben hacerse las cosas. La distancia entre mi padre y yo, y mis hermanos, a veces implica cosas que seguro no sucederían con un padre en la casa o en la misma ciudad. La distancia vital entre los trajines de cada uno da para contar muchas anécdotas, es verdad, pero también permite explayar, en mi caso, la postura vital casi deslindada de lo que un padre normal propondría a un hijo, o al menos eso creo. No es que no exista una posición adquirida por cualquiera de los hijos de familia, todos vemos cómo cada quien va haciendo su camino conforme la vida y adquiere responsabilidades y tira por el camino que más le parece acertado. Pero no siempre se explica, se presume, se bravuconea con la reflexión al respecto frente al padre -decir frente al padre es un decir, pues sabemos que el teléfono no es un cara a cara-.

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He venido a casa de mi madre este fin de semana. Motivado por no sé qué emoción vine. Creo que era una intuición de querer estar acá. Un medicamento ha caído mal a mi madre y la ha enviado a la cama. ha venido bien que haya venido, aunque mis motivaciones eran algo malsanas, más relacionadas con la fiesta y con la posibilidad de pasarlo bien un sábado por la noche. He terminado cercano al buen hijo. Meto cargas de ropa a la lavadora, enciendo un poco de música ammable mientras lavo los trastes. He ido a comprar pollo con autoridad de ama de casa: he pedido que sle quiten la piel, que me den un pilón y hasta he escogido el que me gusta para hacerlo caldo. Rebané cebolla, cilantro y apio y armé un consome que ha quedado sabroso. Al final, ha sido lindo volver a casa y sentirme parte de ella.

***
Tengo cierta ansiedad por sumergirme en la reescritura de la tesis. Pretendo cosas casi altivas. Confío en que con algo de discresión y mucho trabajo, deje de pensar en estupideces y me ponga en sintonía con aquello que me tiene frente a los libros, frente a un documento en la computadora, frente a la vida tan reyecito del mambo como alardeo andar siempre. Sonrío, no por confiado, sino por nervios. Sonrío porque el asunto de profunda soledad que sugiere eso. Quizá tanto movimiento es un mero merodeo por algo a lo que, creo, de pronto, le huyo porque me desvanece. Y aunque es una declaración constante en mí, ésta del deseo de desaparecer, no es, casi siempre, sino un ardid que significa lo contrario, como se lee en Dr. passavento, que toda aspiración de esa naturaleza es un deseo, casi adolescente, por ser mirado.

He conducido desde San Luis ayer, casi por la tarde. Me paré a comer comida casera en una fonda carretera. una sensación de viaje la que se le funda a uno en la mirada cuando ve pasar tanto auto diferente, tanto sol de carretera, tanto olor a diesel y a pollos asados en la carretera; una desolación rara, valdía, claro, pero acompañada de movimiento, a veces oscuro como la noche en la carretera, a veces borroso como lo caliente del asfalto, a veces sólo ventosa, inmensa. Sí, como en el bosque, o en el peñasco, al filo de la carretera, como dice el fito Páez, uno lo ve todo de lado, con distancia, con cierto desapego, con cierto insolente desapego.

Y me veo sonreír con las gafas de sol puestas, y me dejo seducir por la estampa. Me recargo en el respaldo de una silla que dice jarritos y aspiro un poco el polvo del camino. Espero a que la señora amabilísima deje sobre la mesa un plato de sopa aguada, limón y una pepsi. Como. Abuso de las trotillas y de la salsa roja que es una delicia, que es un modelo para tanta taquería con salsas matonas pero nunca sabrosas.

2 Escrúpulos y jaculatorias.:

7 dijo...

Hola.

Buen blog.

Un gusto el leerlo.

Saludos.

LSz. dijo...

7,

Te agradezco el comentario. Gracias por pasar.

 
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