Diario potosino II

Atinaba apenas a darle direcciones al taxista. Lo hice, creo recordar, en monosílabos. Me sentía beodísimo. No es que esté extraviado. No es que tenga una inclinación a algo. Sólo que salgo de esta estancia conventual y me siento dislocado, como si tuviera una mirada por debajo de la mirada. Como si fuera posible percibir el mundo habitándolo pero también mirándolo. Apenas atiné a la cerradura y entré directo a la cama. Deseaba echarme y dormir largamente. Estaba agotado, me sentía en una sima desde la que lo que hay alrededor no seduce. Hace ya tiempo que me pienso esta posición. No la alcanzo a verbalizar aún, pero escucho las voces que me vienen, las opiniones, la manera de mostrarse de con quien me topo y sólo me resulta corto, cerrado. No es que piense que mi postura vital o mi visión de mundo no tenga ocaso o goce de una sanidad modélica -yo mismo me recuerdo congestionado y cuestionándome todo lo que hago-, sólo que pareciera que me sitúo ahí, en el lugar en el que uno lo ve todo con cierta libertad, una que cuando se ha elegido se ha optado también por un encarcelamiento que lo distiende todo, que lo considera de alguna manera vacuo, breve. Me da la impresión de que me presento ante las cosas como quien no tiene nada que ganar, o perder. Me siento aplastado por lo veloz de todo y me coloco como el voyeur desencantado.
*
Han dado las ocho menos quince. He puesto al Serrat. Me pone llorón, enternecido quizá. Han sucedido tres o cuatro días desde que escribí en el diario potosino. Mi hermana me ha contado que habita un sitio con una Colombiana y una sueca. Le he preguntado si las colombianas son como las que Santiago Gamboa estampa en El síndrome de Ulises. Me ha respondido que están mejor las venezolanas. A las que ubico salen en la tele, le creo. Sólo tengo un conocido venezolano, un editor que vive en el Paso y al que terminamos coreando, como fanáticos argentinos "Pelusa". Tiene un gran parecido, sin duda. También le gritamos Centeno, cuando nos ponemos vehementes. Esta mañana me he conmovido ante Juan. Leía algunos apartados de un texto y yo me sonreía emocionado. Este tema es el tema, me implica, me sucede lo que me sucede, recorro las esquinas de las obras y las vidas literarias. Hablábamos de la Esfinge y la fosforecencia de la podredumbre. Es una esquina sugerentísima para mí. Me ha preguntado qué haré. Le he dicho lo que hice. Me vi con Vite. Quizá su sensibilidad es la que me pone en este punto. Lo estimo. Nos hemos despedido anoche, en medio de una sarta de pedantes. Charlamos un poco en la esquina de Vallejo, en la casa del Poeta Ramón López Velarde. Me contó un poco de qué va la estancia del fin de semana acá. Luego, hemos ido a cenar. Estaban otros, no importa. Sólo he terminado entristecido y algo enrearecido al ver lo desechable que es el discurso de otros, lo insufrible que lo puede poner a uno un logro, una beca, una estupidez fugaz que pareciera tiene algo que eleva a quien la ostenta unos tres metros por encima de los demás. Seguro estos cabrones se dan topes en las puertas, en los pórticos de las catedrales, alcanzaría a pensar.

Deseaba ver a Vite. Nos hemos abrazado. Le he contado que estoy desde enero acá. Él no lo sabía. Mejor así. Que no se sepa. Por eso es entrañable, porque así son a los que uno quiere, siempre hay algo que contarles.
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Los días se han centrado en Campos, otra vez. Recorro el pasaje de Justo Sierra. Recuerdo que también he leído algo hoy sobre él en otro libro. Parecía un buen País.
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He paseado por el centro. Me encanta, tal cual. Soy un flaneur que guapea un poco tras sus jeans y su playera negra. Me he sentado a que un bolero haga lo que pueda con mis botas. Diez pesos. Una ganga. Me he sorbido un jugo de verduras y me he ido reponiendo. No me resta tiempo, pero traigo en la mente la clase del jueves. Me recuerdo, otra vez, vehemente, desplegándome, avatiendo las ideas con los gestos y con las manos al vuelo moviéndose un poco. Esta sensación de lograr mirarme interactuando con el mundo emerge allí y me veo intimidando a la profesora y propiciando que mi colega escriba en su libreta. Imagino que hace lo que yo hacía cuando escribía en mi libreta cuando otro hablaba. Imagino que me pulveriza con frases en su libreta y me pone como campeón por insufrible, por mamón, por pasado de pistola cuando hablo de algún tema. No, no me viene bien intimidar o imponerme. No olvido nunca que soy un segundón. Lo seré tanto como cuando sé que no pronuncio la r como se debe y provoco cierta burla, lo seré porque ostento un nombre, Luis Felipe que significa, entre otras cosas, la caída de la monarquía francesa. Daría igual qué, lo que importa es que simbolizo caída. No, no me viene bien agotar al otro, intimidarlo, infundir temor.

4 Escrúpulos y jaculatorias.:

Anónimo dijo...

Me sorprendo al entrar aquí
y leer lo que ya en la semana
me contaste, es gracioso y la vez agradable. Sigue escribiendo. :P
(cara de emoticon)

Anónimo dijo...

es la tercera vez que pongo este comentario: soy un bufón, jo.

Gracias por pasar. abracito.

LF

Alma R dijo...

Un gran regalo siempre para esta lectora, tus relatos.
Otra vez mencionas lo de la r y cada que lo haces, sonrío porque eso para mí es parte de un peculiar encanto tuyo.
Dices tantas cosas, interesantes, me detengo en la parte que me hace más ruido, esa de los deseos que corren el riesgo de cumplirse... oh qué decepción!
Gracias profesor, gracias siempre.
AR

LSz. dijo...

Un peculiar encanto, sí, sí.

Un abrazo AR.

Gracias por pasar.

 
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