Consignas desde la furia

Por mí, hoy todo se puede ir a la mierda.
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LFeana

Últimamente todo me sabe a whisky. Creo que me hace mal leer El gran Gatsby.
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Citas con café.



A LA BANDITA GUANAJUATENSE, ACÁ HAY DOS BUENAS OBRAS:

Contraverano
de Mijail Lamas y
Partitura para mujer muerta d
e Vicente Alfonso
en Guanajuato.
En el marco del tradicional "Café Literario"
En la ENSOG.


30 de julio. 10 30 am. Sala de actos de la ENSOG, Carretera Marfil-gto km 2.5

Presenta, su servilleta. El promotor de provincias.
Están todos invitados

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Post cumpleañero.

Recibí regalos entreñables. Recibí mensajes y correos dos o tres días antes, también entrañables y que agradezco. Recibí llamadas. Filósofas, poetas, traductores, editores, aduaneras, padres, alumnos, psicólogos, administradores, recordaron el día en que nací. Comí opíparamente un día antes con mi madre y mis hermanos. Lunes: Di clases como de costumbre: en una clase conté el chiste de la bazuca de Chomsky, en otra, leímos Deshoras de Cortázar, y en una tercera vimos Juana la Loca. Comencé a leer Nocturno de Chile. Pasé al autoservicio por jamón y pan, verduras y algún aditamento nutricional como galletas o aceitunas, que me encantan. Comí cuscús. Bebí agua mineral. Comí solo en una mesa grande. Comí con hambre. Comí desvelado. Dormí una siesta larga. Bajé a ver si la eternidad se había reparado. No era así. Envié un mensaje a A. Respondió. Presumía que había compartido palabras tan sólo con su gata y eso le preocupaba. Salimos. Café y naranjada; Whisky y cerveza, Nachos y una mesera que se quedó sin propina. Larga charla, plática entrañable, de todo y de nada. Otra vez todo y nada. Tercera vuelta a todo, Sexta a nada. Fuimos Detectives. Fuimos Latinoamericanos. Fui simplemente, a los 26, su servidor.
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2666

Supongo que por respeto, G o Marco, o algunos otros buenos lectores no habían hablado del apoteósico final de 2666. Es La Novela.
Cito a Ignacio Echevarría en su nota a la primera edición,
"Y esto es todo amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Sí tuviera fuerzas, me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Arturo Belano".
Adiós, pues.

(2666, 1125)
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A los 23

L se recuerda sentado en una de las alas del templo de Valenciana. Funeral doloroso. Aquello estaba colmado de alumnos y administrativos, el aire olía a triste descanso. Ana López por fin podía dar un respiro y descansaba del sometimiento que durante años. Había terminado la batalla; dejó dos hijos, una hija y un hijo, un esposo que daba la impresión no estar ahí. L dedicó unas lágrimas. Aunque él sabía que sus motivos para el llanto incontenible tenían menos que ver con la muerte de Ana López que con un sentimiento de injusticia y pérdida y desolación y tristeza por y en el mundo. Era algo raro. L lloraba y se escondía. Lloraba por Ana López pero lloraba por él mismo. Era, en todo caso, el sitio idóneo para romper en llanto que ya le desbordaba. L tenía su historia personal y pasaba por uno de los momentos más violentos y frustrantes de ella. L estaba a punto de perder la carrera y estaba agotado. Había dedicado casi un año de su licenciatura a reñir y morder y pelear y buscar y perder y desalojar y verse sometido. Todo parecía "El Castillo" y L era Joseph K. Todas las instancias a las que había que acudir las había visitado, y todas, al ver el expediente del tamaño de un Corominas le daban esperanzas; algunos se atrevían a asegurar que el caso, por simple justicia o sentido común, debía ganarlo él.

No sucedió la primera ocasión en la que una comisión la formaban maestros que le conocían y que sabían del caso. No sucedió cuando el secretario académico y el Director en turno le juraron que ahí se detendría. No sucedió cuando los sinodales pelearon entre ellos y el examen que debía presentar L, como juego llanero, se suspendió por falta de garantías. Se canceló en las narices de L, que había sido advertido en una oficina administrativa de las circunstancias. No sucedió cuando L presentó y reprobó el extraordinario y pidió revisión y se aseguró que el examen equivalía a un Jeoparty o digno de la pregunta de los 64 000. No sucedió cuando una comisión revisora aprobó a L con 7.5 (siete. cinco). La comisión fue impugnada. Fue derrocada y acusada de conspiración para salvar a L. Habían dañado, además, a quien no lo merecía. El catorce de febrero de 2006 L y dicha comisión fueron convocados a declarar por una comisión más que sesionaría para revisar a la comisión de revisión. Discutieron. Sacaron en claro, lo leería entre lágrimas rabiosas L, que L no era alumno ya, que la H. Academia defendía el honor de quien había sido agraviada al momento de revisar la revisión. Que G. V. S. debía recibir disculpas y jamás debía volver a ser molestada. El honor era lo importante en aquel sitio. El honor y los agravios debían resarcirse. L, una vez más, quedaba en un limbo insondable. L detestaba llorar porque no le gustaba cómo gemía y repartía berridos y pateaba la pared y hacía gesticulaciones esperpénticas. Más de una vez se resquebrajó su voz en público, pero nunca lloró. Siempre fue hasta su casa, tiró de sus cabellos y lloró hasta quedarse profundamente dormido. Eran los días en los que L no dormía y sólo así lo lograba. Cuando no partía en llanto pasaba las noches leyendo sin entender un carajo. Escribía desde una rabiosa explosión. Vivía bajo los influjos y el mal humor de una gastristis provocada por tener los nervios hechos pomada. Estaba agotado. Harto de que todo mundo preguntara por su situación, cansado de responder lo mismo. Cada vez que le preguntaban, cada una de esas ocasiones en que le cuestionaban, él sentía que se hundía más, cada ocasión un poco más. Aquello le significaba un hundimiento profundo, veía cómo todo se caía a pedazos. Ahora se especula porque L es un tipo triste y ácido y sarcástico y dolido. Ahora no cae bien un cínico como L, que en aquellos días vivía la etapa más violenta y frustrante y ésta, era inevitable, le dejó profundas heridas.


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Citas

"¿Hay algún humano que no dude y no se sienta herido?"

Tokio Blues, H. Murakami. 277
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Textitos.


* * *

Yo compartía mi vida con un anarquista. Pedía huevos a la mexicana y café con leche, en vaso de vidrio. Él cuidaba que no echara a perder pinceles y carboncillos. Nunca fui pintor ni fui diestro para las manualidades; sigo siendo zurdo y los zurdos no podemos ni siquiera recortar letras del periódico sin tener severos problemas. Mejor convivía con sus sombreros, jugaba a ser otro, jugaba a ser revolucionario, antorchista o músico; caballero de los treintas, obrero de tabacalera o ferrocarrilero.; mejor me disfrazaba de “el Jefe” cada que podía, mientras él, desde lo alto de un hotel ya viejo, jugaba al sueño de detener el tiempo: hacía surgir a un Irapuato que sólo los que se han ido conservan. Quizá es tan profético Raúl Zárate por esto último. Porque aún sin haber dejado de merodear y vagabundear y sentir la ciudad como sólo él lo sabe, aun con eso, nunca dejó de ver aquel sitio en el que había otras cosas. Nunca lo dejó ir. De aquél del que pocos conservamos el pasado, Raúl se ha dado a la tarea de iluminar y darle gloria a aquello que la memoria no conserva. La profundidad de otros tiempos conmueve porque trae consigo lo que fuimos, lo que nos hace, lo que seremos.

Y contábamos cada uno sueños de noches pasadas, nos incluíamos en el surrealismo. Por eso ahora cuento un sueño de ese sueño. Por eso ahora me parece estar soñando que cuento lo que soñé aquellos veranos de los años ochenta.

* * *

Solemos admirar la vida de los otros en perspectiva. Resulta normal que, cuando las circunstancias nos muestran algo más o menos evidente, unas ocasiones tan evidente que ofende, seamos incapaces de ver algo digno de verse. Pareciera que ejemplificamos aquel viejo pero acertado proverbio en el que nos convertimos en el imbécil al que le muestran la luna y sólo es capaz de ver el dedo que la señala. Me temo mucho que lo que se diga a continuación haya sido escuchado ya. Me temo mucho que lo que se escriba aquí sobre quien se escribe no sea más que mímica trivial y vacua. Me temo que dedicarle palabras a Raúl Zárate es institucionalizarlo y hacerle correr el riesgo de perderse entre la palabrería y lo cursi. Haré entonces un recuento de la historia de varias historias que Irapuato guarda increíblemente en sus entrañas. Un pasaje del Irapuato de los ochentas entre el Hotel Versalles, entre la Alianza Francesa de Berriozábal, entre almas sensibles que los años medraron, y las oportunidades que el destino, por más triste que parezca, permite vivir. Entre Raúl Zárate y Emmanuelle Houllés, la francesa aquella que siempre creyó en él.

* * *


Después de veintiún años, que no son pocos, E volvió a Irapuato, al sitio en el que aún se escuchan pájaros y preocupan cosas que en otros lugares son simplemente nada. Después de dos décadas encontró a R en un estado que no imaginó nunca. Después de veintiún años, después de dos matrimonios y con una larga historia a cuestas, -su causa en aquel tiempo y en éste es R.- lo ha encontrado ciego, diabético, pero empedernidamente esperanzado. Pero aún loco. Este es R y es lo que hay. Para R, E era el ángel que necesitaba. R solía pensar en todos como ángeles. Pensaba que hasta aquél que le ayudase a cruzar de banqueta a banqueta, bajar una escalera o transportarlo a algún sitio, era un ángel. Había pintado, por ejemplo, autorretratos en los que postrado en esa maldita cárcel en ruedas, se veía imantado de la desgracia vital por ángeles. Escenificaba precisamente esto. Todo bajo mística cubana y de hombre que escucha radio. Todo desde esa silla de ruedas que hedía a imposibilidad, a minusvalía, a olvido. Se veía a sí mismo llevado por una media docena de ángeles que lo atraían. R se veía ligero en las manos etéreas de aquellos ángeles. R era un loco esperanzado.

* * *


L respondió al teléfono. El que llamaba era R. Éste le informaba emocionado que E estaba en casa. L imaginó a E. Luego, comprobaría que su imaginación o su recuerdo maniatado por la ilusión le habían quedado a deber. E era alta, de cabello rizado, nariz aguileña (verdaderamente aguileña) con vestido de manta con tonos verdes y color plata. Zapatillas de ese mismo color y cigarrillos que encendía de rato en rato. Un español fluido y muletillas en francés. Era la segunda ocasión que R insistía en llamar a casa de L. La primera ocasión R había dejado un mensaje en la máquina contestadora. El martes siguiente que L descubrió el mensaje y lo escuchó enfermizamente le asaltaron unas incontenibles ganas de llorar. Vinieron años y años de tristeza y de recuerdos agolpados bajo la imagen del mismo L con pantaloncillos cortos y camisetitas al estilo de marinerito. Eran recuerdos infantiles. Eran recuerdos que L no había notado que le obsesionaban. E estaba en Irapuato.

Ese domingo, en el segundo intento de R, L respondió. Soy R, eres tú L. Sí. Mira, está aquí conmigo E. Está conmigo. Ojalá puedan darse una vuelta. Saben dónde estoy verdad. Sí. Sí sé dónde. Ahora vamos, respondió ansioso L. Para L era una suerte de sueño literario. Una historia a la que se había aferrado toda la vida y que ahora le encontraba en la mierda de pensar en el pasado. Sin embargo, y pese a todo, el pasado olía a redención. Y de tanto evocar, después de dos décadas, E apareció. Había estado en Estambul y en el Magreb, París y Argentina. Apareció con toda su humanidad y R rejuveneció. R dio cuenta ello. R se vio, veinte años menos, charlando y caminando y pintando y comiendo y riendo y viajando junto a aquel par de franceses de aquellos años, simplemente juntos. Simplemente, una vez sí y otra no, como intelectuales de provincia, es decir, hombres profundamente solitarios. L supo que no había vivido en una mentira. Y entonces se pudo ver. Entonces deseó despojarse de todo. Entonces quiso abrazarlo por todo aquello que estuvo alimentándolo tanto tiempo. Entonces se vio sin mundo. Entonces supo que había que irse. Y entonces también sintió más miedo que nunca. No eran los ochenta, pero parecían. No eran, pero hedía a aquellos años. Era el 2008. Veintiún años después. L vivía acomodado en un sitio idiota de docente. E era funcionaria. Sólo R seguía siendo el mismo cabrón entrañable que había hecho llorar para siempre y desde siempre a L. Era capaz de eso porque su vida hablaba por su obra, y la obra misma era el pasado. La elección de éste y la exaltación de aquéllo, que no por dejarlo de ver no existía. Ahora L piensa en R y en irse. Piensa en la tristeza. L piensa el tiempo y lo cruel que suele ser. Ahora Escribe sobre R o sobre todo, e imagina aquel autorretrato que R describe como si aún pudiera estar mirándolo. Lo pinta con las manos trémulas al viento de una sala entornada por sus propios cuadros, la mirada hundida en el abismo y la sensibilidad del artista que, pese a la batalla contra el tiempo, anticipadamente perdida, se ve inmerso en la feliz batalla en contra de éste. Se ve a sí mismo posibilitado a detenerlo para nosotros, encuentra sin duda en el sueño de happy ending la esperanza de seguir viendo aquéllo que no todos ven: al hombre y el sentido de la vida, la finitud y la posibilidad de maravillarse con las cosas cotidianas, como el mismo encuentro con el pasado.
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Cartas nunca envíadas.

La literatura vivirá mientras alguien que se disponga a escribir una simple carta dude unos instantes acerca de la manera de hacer verosímil lo que se propone decir en ella. Y en el peor de los casos aun suponiendo que la gente deje de escribir cartas, la literatura no morirá mientras los poetas, además de escribir sepan leer. Es decir, señoras y señores: los poetas no morirán, precisamente porque mueren
(Enrique Vila-Matas, Historia abreviada de la literatura portátil).

Noviembre de 2007.
Juan:

Suelo no cumplir. Suelo dejar las cosas a medias. Me canso. Me desanimo. Tú lo sabes. Tú lo vives de alguna manera, o eso quiero imaginar. Inmerso en el cansancio todo se ve lejano, como si la memoria alargara las cosas, muestra lo trabajoso que resulta concebir que se ha vivido y lo que se ha convertido es vestigios. Es complicado recogerlo. Hoy, por enésima vez, intenté concluir los textos que he escrito. No hace falta recordar que no pude. Mi naturaleza es frágil y no logré nada.

Creo que me dedicaré a platicarte brevemente cómo es que me metí en este embrollo de los ensayos y de las parasitarias prácticas que nos quedan a individuos sin talento. Prácticas que por no sé qué cuestión en México nos han permitido medrar y mellar a las obras que se muestran. Debo confesarte que mi interés fue siempre genuino. Ingenuo, pero honesto siempre.

Pasaba por una especie de bolsa al vacío en mi vida. Como todos sabemos, venía de salir más o menos sobreviviente de un proceso largo en el que me metí por idiota. Tú mismo lo has dicho miles de veces. De hecho, la situación en la que estuve implicado tenía que ver con cuestiones de margen y de injusticia; de capricho y de insolencia estudiantil. Tú bien lo sabes. Yo nunca lo supe a ciencia cierta. Lo único que sé y que quizá puedo decir es que conocí la frustración y la fragilidad muy de cerca. La impotencia hizo añicos mi estómago, y estar en vilo las veinticuatro horas del día ayudó a mi dieta. Reduje cerca de ocho kilos entre depresión y caminatas furtivas en búsqueda de salvación. No creo ser parásito literario, aunque mi formación y mis influencias y mis conocidos indiquen que lo soy. Es decir, tuve becas, de poca monta, pero las tuve. Viví del presupuesto este año gracias a un ensayo sobre literatura, no más que tú sin embargo. Eso lo sabemos bien de cierto y no por suposiciones. No obstante, sirva mi preámbulo a la explicación de la literatura y la vida. Alguno habrá de gritar todavía, a la usanza romántica más que bohemia, que la literatura es vida o que hay que dedicarse a la literatura porque la vida apesta. Las dos apestan pero resulta que también ambas, imbricadas o no, nos interesan a todos. Todos somos cuentistas o falsarios. Todos somos impostores o rebeldes. Todos inventamos. Ya lo dijera Machado, “también la verdad se inventa”. Ahora mismo me invento algo cada vez que pienso qué poner en esta carta que forma parte de un ensayo. Trabajo que es parásito y por lo tanto mi engaño es mayúsculo porque estoy conciente de ello. Pero es así, con las circunstancias consuetudinarias, como puedo mostrar, por supuesto, no sin riesgo, que la literatura salva. De maneras insospechadas, irónicas y hasta chuscas.

Ahora mismo se me venía a la mente cómo es que perdí el sarcasmo, la capacidad de respuesta y me inscribí en un mutismo desesperante, en un hiperrealismo victimizado de puta madre. Ahora mismo me venía a la mente cómo es que ganó el desprecio por todo o la antipatía, y me encausé en un derrotero triste y con inclinación al fracaso. Ahora mismo me preguntaba cómo es que podría encontrar la risa que mi psicóloga siempre me recomienda aumentar, por no decir incitar un poco en mi vida. No es que sea un desgraciado ni mucho menos, todos sabemos que desde siempre fui un privilegiado social y hasta soberbio, sólo que me cuesta divertirme y me siento un exiliado y disfruto de pocas cosas. Me ilusiono poco y sueño mucho menos, esto no es normal para los que no son jóvenes y ven a los jóvenes sin fantasías con cierta nostalgia. Prometí que escribiría cartas. La distancia que otorga este acto me parece significativa. La distancia es literaria. Permite ver lo que no vería frente a frente o, qué sé yo, en algún debate. La distancia que presumo es una que me permite ser sin juicio. Solamente leído. El morbo logrará hacer que me leas, estoy seguro. Verte implicado en un escrito alimenta tu megalomanía. Querrás encontrarte aquí, y lo harás. Podrás saber que en los pronombres de segunda persona estás tú.

La crueldad de la literatura actual, la vacuidad más que citadina y personalísima, o las mil quejas sobre el entorno, no me resultaban nada lejanas. No me resultan nada extrañas. El mundo es cruel, Las noticias muestran lo escabroso de la realidad, una donde hay fila para la desgracia masiva y sala de espera de aeropuerto en huelga en lo que concierne al fracaso de proyectos vitales. Todo mundo lo ha perdido todo. Todo mundo ha perdido sus nubes en dónde pisar. Cada uno empieza su relato desde la pérdida. Me lo tengo bien comprobado. El tiempo irreal es el más socorrido. Somos una sociedad, un mundo, unos individuos, parapetados en el subjuntivo, y dime si no.

Ha dicho Dajandra, y lo han dicho algunos otros. Al que tengo en la memoria es a éste y a Vicente Verdú, de quien hablo en mi ensayo-cartas parasitario, que se hablará mejor de lo que se conoce. Una práctica socrática es entonces la que debe envolver al tema literario, sea novela, cuento, reseña o ensayo. El parásito se justifica cuando habla desde la experiencia. Si bien es cierto que de lo que hablo es de los tormentos internos y no de una miseria física o colmada por la hambruna africana, sí te puedo hablar de conflictos personales en los que todos nos vemos atrapados. Una cárcel que cobra poca importancia frente a otras circunstancias de tercer mundo, pero que es menester no ignorar en civilizaciones tan claramente apretujadas como la que vivimos nosotros. Así, de las dos novelas de las que hablo a tientas en mi ensayo me han venido como anillo al dedo. Por un lado, Juan Goytisolo nombra el asedio del que tiene poder contra el que no lo tiene, e idea ciertas salidas y salva con ciertos enredos, e ilusiona al que está oprimido. No promete nada como yo te he prometido, por ejemplo, escribir una carta; sólo denuncia, cuestiona y pone de manifiesto una inconformidad que seguro tú y yo tendremos siempre frente a la injusticia o frente a la impotencia. Tú, yo y muchos, hemos sido parte de esto. En un lado o en otro, podemos hablar desde nuestra experiencia.

También Vila Matas, que en ocasiones imito deliberadamente me resulta muy familiar. Mi visión solipsista embona cercanamente con lo que el dietario novelista de El Mal de Montano inscribe en la literatura. Un individuo defectuoso y despreciable que escribe sus diálogos interiores a falta de alguna interlocución. Enfermo de algo y acongojado describe, uso esta palabra a falta de otra más precisa, su viaje inmóvil por su vida, y evidencia su estancia confusa, de Minotauro, de Midas desgraciado.

Escenifiqué y escenifico ambas posturas, quizá porque son la misma. Por un lado veo la crueldad, la interiorizo y hasta la quisiera denunciar, pero veo que no hay salida, que es punto menos que imposible que la queja sea escuchada. La épica de los vencidos tendrá que esperar. Por otro lado, he estado, desde hace un tiempo, y mis ojeras lo atestiguan, en soledad y desplazamiento absoluto. Tan sólo en soledad me queda mi librero y esta máquina, invento moderno, desde la que te escribo. Tomo del libero algún texto casi al azar o por capricho anímico, leo y escribo lo que leo. Me pienso la realidad y siempre me acosa una pregunta ¿acaso no habrá algo que hacer con este maremágum de injusticia y degradación?

¿Y quedará algo de este devenir? Mi escritura, como la escritura de quienes impunemente abuso puede emerger como este reflejo, no simple o de espejo descriptivo que no da más que lo mismo, sino de escenificación, de una sociedad contemporánea que abandona y que somete. Construyo o destruyo como ellos. Salvo, no sé si para bien. Reivindico o edifico una justificación de los unos frente a los otros. Me entrego a una labor melancólica desde su propia naturaleza. El melancólico se obsesiona con el mundo, y quizá por eso mismo es que puede ser capaz de leerle mejor, dice Vila Matas. Termino creyéndome, a pesar de lo que he dicho, es más, a pesar de todo, que soy un soñador. Un melancólico. Pienso en la posibilidad. En el individuo como proyecto en interrelación con todos los fragmentos que tenemos y que inciden en nosotros, en mí.

He mencionado la experiencia. Creo en esto que he dicho, primero porque, como dice el propio Goytisolo, no es posible crear una obra sin combinar la experiencia personal, única; y porque sí, no hay otra forma de reconocer el mundo que quizá sea posible transformar si no se reconstruye. Y por último, dice él mismo, eufemismos balsámicos a fin de cuentas, que la escritura es el punto más importante de la experiencia, no sé bien por qué, pero ya lo investigaré.
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Citas atrasadas...

"Tener diarrea no es bueno, salvo en contadas excepciones, pero ir al baño una o dos veces al dia proporciona tranquilidad y mesura, una especie de paz interior. No una gran paz interior, no seamos exagerados, pero sí una peqeña y reluciente paz interior."

2666, 573
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otra vez.

"Las metáforas son nuestra manera de perdernos en las apariencias o de quedarnos inmóviles en el mar de las apariencias. En este sentido una metáfora es como un salvavidas"
2666, 325.
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Más de B.

"Una noche sí y otra noche no, como intelectuales de pronvincia, es decir, como hombres profundamente solitarios"

2666, 241.
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Del tiempo aquel.

Seguidillas a un Perro Romántico.

Esto es lo que hay. Frío a la sombra, una lluvia que sabe a resolana; Bolaño y algo de ambigüedad en los recuerdos. Esto es lo que hay.
En aquel tiempo tenía 19 años cumplidos. Era febrero. No me di cuenta muy claramente de nada. Sólo obedecí a donde me llevaban. Tenía 19 años y pasaron muchas cosas. A los 19 años leí de corrido la obra de García Márquez. Devoré novelas, teatro y artículos periodísticos de Ibargüengoitia. A los 19 años perdí la virginidad, bebí mi primer vodka, leí a Carpentier y sentí que sabía de lo que hablaba Neruda. A los 19 años fumé deliberadamente y supe sinceramente que Pepita Jiménez y la vocación sacerdotal las había metido en la misma caja de los exámenes de latín del bachillerato ya olvidados hacía un tiempo; había perdido las creencias, pero estaba loco y no me importó. Renací. Comenzaba un sueño libertario, fascinante, propio. Lo demás, los demás, no me importaban. A los 19 años solía vagabundear; ni trabajar ni rezar ya. A los 19 años recuperé o sustituí tres años de cautiverio, cuatro de encierro. Encontré un sueño en otro sueño. A los 19 años rebasé los límites. Comía carnitas frías en el cuartucho de Neri, leía fotocopias a tajos de cuarenta o cincuenta páginas sobre la historia del mundo que no entendía a diario: Hobsbaum, Engels, Castañeda, Villamil, Toscana, Ramos, Uranga, hasta Paz. A los 19 años despertaba antes de las siete. Dormía en el piso, a los pies de la cama de Alberto. Dormía en una bolsa y guardaba todo lo que era en una caja de zapatos y guardaba los demás en una petaca azul o negro, no recuerdo. A los 19 años era un fantasma. Escuchaba trova y a José Alfredo Jiménez. Escribía con faltas ortográficas ofensivas y siempre me excedí –a la fecha, claro- en adverbios, en gerundios y en adjetivos. No sabía ni formatear un texto y no podía enumerar obras de Nietszche como alguno de mis compañeros. A los 19 años pasaba por lo menos cuarenta minutos en el urbano rumbo a la escuela. Pagaba un peso cincuenta por el paseo. Desayunaba café de olla y dos cigarros. Asistía a clases a diario y no faltaba nunca. Las torres gemelas se caían en la televisión.

A los 19 años crecer era motivo de fascinación. Crecer me seducía. A los 19 años no crecía, sólo despertaba. Iba lleno de miedo. Tenía pocos pesos en la bolsa, vivía en mí la imagen de mi madre –también temerosa de la hecatombe que cargaba yo- . Me sabía on the road, me sabía el segundo de los cuatro hijos, ése que a los 19 años, casi sin darse cuenta, perdió la virginidad, se bañaba en duchas ajenas y dejó sus pretensiones de ser poeta. Encontró otro sueño dentro de otro sueño. Inocente y envuelto en la vorágine de los 19 años. Me emocionaba todo y me topaba por los pasillos de las bibliotecas, mi escondite durante años, a Sartre y a Camus. Y El extranjero y La Nausea, y el Existencialismo que nunca entendí se convirtieron en bandera. A los 19 supe de Sísifo. A los 19 supe que era Sísifo. Pasaba las noches teniendo sexo y jugaba fútbol por las mañanas. A los 19 años.
A los 19 años compré mis dos primeros libros. El placer del texto y a Giovanni Reale y su Historia del Pensamiento Filosófico y Científico. Viví mi primer Cervantino en Cuévano: de fiestas cada día, en el que todos tenían menos kilos, menos libros, menos ojeras; más sueños, o por lo menos, eso solía creer. A los 19 años me gustaba pasear y tomar la ruta más larga. Respiraba profundo y era risueño. En los caminos pedregosos, bajo los días de junio, recubierto por una cornisa y la inocencia reflejada en los jeans guangos, los ojos de los ancestros y las arrugas de mi abuela, a los 19 años, con un pavor indefinible, sin nada que presumir y una gastritis de días, un servidor.

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