Otra de Cervantes.


El patetismo como poética y el “sí pero todavía no” en Cervantes
Por: Luis Felipe Pérez Sánchez
(Adevertencia: No la hay)

“Las reglas, si no van acompañadas de talento, no producirán arte”. No hay razones para darle vueltas a esta afirmación cervantina. Es verdad, el ingenio y la astucia son verdaderamente pertinentes en el asunto de idear invenciones que cautiven a sus lectores. Y tener un héroe entrañable y narrar sus aventuras y darle acontecimientos trágicos y alegres sobra denunciarlo. Cuando el libre juego de la imaginación carbura y tiene un objeto a desarrollar, la idea de escribir una novela de aventuras es sólo, al parecer, una secuencia ordenada de pequeñas diligencias; una receta de cocina. Pero sin talento, ni con muchas ganas se puede llegar a lograr.
Riley se cuestiona durante buena parte de este texto que me sirve como pretexto acerca de una suerte de teoría general de la novela para Cervantes. Y salta de una a otra ilustración, regodeándose en la invención del Manco de Lepanto. Afirma que el autor del Quijote inventa escenas, expone en un juego especular emocionante la labor del que escribe y atrae la historia que éste escribe, siempre bajo el cariz de la invención y de la ambigüedad, el resultado: una matrushka que seduce y que encamina a la curiosidad. Las certezas en la literatura, como bien podremos experimentar los lectores, no existen. Existe, en todo caso, la posibilidad de la creencia y la creación de los preceptos: “Cervantes no quiere -no puede comprometerse (...) sus ambigüedades y evasivas son con frecuencia resultado de la incertidumbre" (Riley, 55); y el cautivo de Argel no es nada mezquino, siembra dudas a granel.
La fascinación por el texto cervantino es el reflejo de lo que el autor persigue según Riley, “ese justo medio que todo el mundo ha reconocido en sus obras, pero al mismo tiempo trataba de juntar esos opuestos en un todo artístico, formando de contrarios igual tela (...) la antítesis es esencial, no sólo a su estilo, sino también a toda técnica constructiva del Quijote” ( Riley, 60). Y alude, para poca sorpresa de los lectores, a la ironía: “que nace al comprender uno cuán paradógica es la escencia del mundo, como una actitud ambivalente es la única que puede abarcarlo todo en su contradictoria totalidad (...) una conciencia simultánea de lo imposible y lo necesario que es dar una reseña íntegra de la realidad (...) Cervantes descubrió en la ironía el instrumento más valioso del novelista” (Riley, 60). Es claro que la ironía cervantina es un arma letal. También es evidente que el Quijote de Cervantes logra con eficacia alejar cada vez más al lector de la premisa inicial; no obstante, el lector se mostrará, para testigos yo mismo, cada vez más voluntarioso en seguirle el paso, el juego, la burla en esta otra aventura.
A mí me interesa, a la luz de estos dos preceptos que nos deja Riley, entre varios otros más, exponer si es que se pudiese lograr -debido a la erudición de que ha sido presa la novela publicada en 1605-, la premisa de que existe una poética que podríamos llamar del sí pero todavía no; patéticamente Cervantes es capaz de hacer olvidar al lector -iluso- lo que en principio prometio del personaje: las historias y aventuras caballerescas. Nos inclinamos, o por lo menos quien suscribe, por la historia de lo meramente humano: el sueño perdido de un tal Alonso Quijano que enternecerá al más escéptico, no con las andanzas caballerescas, sino con el patetismo que aplica, por activa y por pasiva durante cada capítulo de la novela, que es de aventuras sí, pero no de un nuevo Amadís, sino de un legendario héroe de carne, -flaca- si se pone uno exigente, pero muy humano. Me explico.
Distingo en el Quijote lo que todos ya podremos reconocer: un tal Hijodalgo que tiene tiempo para soñar porque no está entre sus responsabilidades trabajar. Su ocio es nuestro sueño. De tanto leer se ve incitado, de primera instancia a escribir el final de una historia de caballerías, pero al reconocer que prefiere darle vida a eso que de literario tienen entre sus fantasías y sus delirios, toma las armas, -o lo que encuentra- y sale a buscar aventuras. Primero solo y con varios chascos y, luego, con un tal Sancho Panza enternecedor. Distingo, como muchos ya lo habrán hecho, la inoperancia de un caballero andante en esa realidad en la que se incerta el ahora "Caballero de la triste figura". No encuentra esas aventuras por las que ha salido. Sigue en el sueño y las inventa: las superpone en un ardid de negación que al mismo doctor Freud le debe de haber emocionado o indignado. No las halla, por lo menos ante los ojos de ese escudero de zancas largas que nos explica en vaivén una realidad de color salmón a la que el caballero desfazedor de entuertos nos dicta. Distingo que allí está esa poética del “pero todavía no”; un periplo colmado de disparates es lo que cualquier dudoso encontraría no sin razón. Patestismo. Un costal de entuertos para reventar de risa que una vez sí y otra vez también nos dan la épica del patetismo infundido, -sólo por aclarar-, de una sensibilidad digna de la palabra.
Allí encontraremos luz a la premisa que he planteado. Antes de exponerla y sólo para ir con el hilo del teorizador, podría ilustar esta poética con uno de los textos contemporáneos de mayor boga de los últimos días. Me refiero al texto insignia de Roberto Bolaño Los detectives salvajes: un grupo de gente subnormal en busca de unas aventuras encuentra las otras aventuras que, al final, son las que dan sustancia a la novela. Ellos, que querían escribir una historia, la terminan viviendo. Bolaño, como Cervantes, nos cuenta la historia que no nos prometió y nos esconde la que presume durante todo el lance poético. No puedo evitar la comparación, aunque debe quedar claro que el asunto es totalmente asociativo, intuitivo y, sobre todo, alejado de cualificaciones que no estoy en calidad de escribir aquí. Me interesa resaltar el patetismo de las escenas de acción, la degradación y el fracaso de nuestros héroes que siempre, sin tregua, saldrán mal librados, aporreados o con cinco o seis dientes menos de los que les quedaban antes de alguna de las peleas. La digresión eterna que se plantea y que crea la tensión también constante hasta el final de ambas novelas -siempre en la búsqueda de aventuras- resulta fundacional. La novela cuya premisa pareciera horizontal, de causa y efecto, se tranforma, -casi imperceptible- pero encantadoramente, en un abanico arborescente por el que uno se solaza: el lector se pasea entre las ramas de las mil historias en las que no pasa nada de lo que se dice debe suceder. En cambio, se dan las historias que nos acometen y que leeemos con entrañable regocijo y digámoslo así, como me es posible articularlo ahora: la esperanza de otra cosa se ve alimentada en la circunstancia de lo que en una normalidad estructural no funcionaría como magma de la historia. En esa esperanza, paradójicamente, se funda la historia que leemos. En ese protagonismo de cajitas chinas de los otros, de los cuentos traidos a escena bajo un genial encadenamiento digno de Cervantes o de Bocaccio es en donde encontramos el vértice que me permite afirmar ese “todavía no”. Y allí también, en la manera en que se nos muestra pretendo establecer el asunto que he expuesto concerniente al patetismo extremo que Sancho lamenta enojado (y que viven, por otro lado -y lo menciono en paralelo solamente-, los protagonistas de ese sueño latinoamericano contemporáneo de hacer algo, de pujar por eso, de enredarse en tantas peripecias) todo con la presunción de obtener las otras aventuras bordeadas siempre en la supuesta frontera de la inminencia. Esto sucede en los Detectives y los testigos no son los protagonistas, no son un Quijote y un Sancho, nominales testigos, no son, en el caso de la otra novela, ni Ulises Lima ni Arturo Belano, sino los otros quienes cuentan la historia que el lector encuentra.
El fracaso en cualquiera de las instancias no sólo es latente, aunque desde el principio se muestra así. Esta quilla que une los presupuestos que me he atrevido a entablar, la del fracaso es, sin embargo, la esperanzadora imagen que entusiasma a todos y que mantiene a lectores como niños frente al televisor: embobados, con fuerza sólo para continuar siguiendo la historia que promete lo que no ha de cumplir: la historia de las aventuras de un caballero andante, quizá las Mil y una noches. Lo que rodea a esa premisa es lo que vivifica finalmente ese regodeo de la novela, de una novela que no se cuenta. El viaje que se propone en el Quijote, o en los Detectives Salvajes, ya da igual; pierde su objeto sin detrimento de nada. Mientras todos cuentan su historia, resulta la otra cara de las cosas la importante. Y así nos enteramos de las historias encadenadas magistralmente, eslabonadas en ese anillo de moebius digno de imitación. Todo tiene un centro perdido, y no importa, mientras se viaje tras el mito de que hay algo más que lo que hay: una sonrisa cobijada por la compasión que encuentra ese lector que encuentra su historia contada por un sabio llamado Miguel de Cervantes.

2 Escrúpulos y jaculatorias.:

media luna dijo...

Pues nada que objetar y casi nada que añadir. Tu asociación con Bolaño, me parece muy acertada, más por intuición también que por conocimiento.
Sea como sea, El Quijote es un orgullo de esos estúpidos que una tiene por vivir cerquita de la casa de Miguel de Cervantes. Respecto a la imitación, como bien dices, además de las reglas se necesita talento.
Un placer leerte.
Saludos otoñales.

LSz. dijo...

Je, a perseguir el mito, de cerquita, mi querida Media Luna. Acá, de donde vengo, se decía algún tiempo que estaba la tumba del Quijote: hablo de Guanajuato.
Gracias por pasar.

 
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