Martes


"Quisiera contarte uno más alegre, pero no puedo hablar más que de cosas tristes porque no soy feliz. Me han enseñado a no serlo". 
La noche, Juan Vicente Melo.

I
Café en lugar de whisky. No es mala manera para enfrentar los chirridos de balatas y el olor a semáforo en rojo, afuerita, cruzando mi ventanal luminiscente como escaparate. 
Huele a café y estoy a punto de sorber un poco de la taza. 
Se acaba julio. Hay olimpiadas.
Anoche salibaba por ponerme borracho. Algo se activa por estos días o mis desengaños se ponen de acuerdo con días de luna. Sé que el agua es abundante. Me ataca un insomnio súbito, me sobra energía, un nudo en la garganta es mi columna vertebral. Como mucho. Sé que soy un lunático sin llegar a tener la presencia de un hombre lobo como los de Crepúsculo. Mi abdomen es olvidable. Algo caído, algo no sé todavía cómo.
Pensé en pasar a la vinatería. No lo hice. Sólo fui a un restaurante con Mariana, que por lo que vi también estaba igual. Una copa de vino de la casa. Ella, cerveza y algo de comer. Yo, por la tarde había pasado al bufette del Hotel Emporio, famoso por su abundancia y opíparo menú. Me atraganté como debe uno hacerlo, creo, cuando se paga la barra de alimentos. Una hora y media de ir y venir. No tenía hambre, sí sed.
Quería apestar a whisky.
Con Mariana hablé poco. la escuché. Pero le conté, en un apelotonado relato, que me siento un poco enojado por esta manera de navegar lento y sin vapor propio en las relaciones. Más que un limbo un limosnero es lo que represento. Me da la impresión de que pago algo.
Sí, le decía que no me libro de esta sensación persecutoria de estorbar. Ostento la patología de sentir que soy un incómodo. Me ha pasado hace algunos días en un Encuentro. Salí de pedo, sólo un poco, gracias a la mesura de la madre del proyecto, la mujer que pareciera "tener que cuidar" a los participantes.
Más allá del conflicto, puedo hablar de mi sensación como de impostura, como de incómodo, como de no ser parte de algo. Acuso la tentación del abyecto, pero en algunos puntos me siento más un ninguno que un nadie. Es decir, en lugar de que me valiera madres no ser parte de algo, me veo en medio de una charla en la que no debería estar, como cuando los padres hablan de algo y uno está de entrometido, como cuando alguien tiene un secreto y no puede contarlo por tu indeseable presencia.
No sé si arrastraba esto o qué. Pero hace días que me vi con alguien a quien quiero mucho, quizá más de lo que debería, según sus propias palabras, repetí el patrón. Y lo repetí enterito, como en la ocasión pretérita. Masoquista, no me fui. Allí estuve. Casi exigiendo que me corrieran, como el villamelón que se agandalla una platea hasta que llega el dueño y lo sacan a camorrazos. Se siente de la chignada. Y lo sé, me pesa que aunque lo sé, no soy el temerario que me presumo en las historias, no soy el valiente que le rompe su madre a la inercia y se va. Digamos que me siento algo pusilánime. le contaba a Mariana esto. Ella, suscribía cosas, analizaba otras, mordía su panino de cuatro quesos que no pobré porque, posupuesto, soy intolerante a la lactosa.
II
Hay olimpiadas.
Aquella pregunta que hacía alguien de la prensa extranjera parece ubicua, ¿Cómo un país, hablan de México, invierte tanto en un evento donde su participación es mínima? 
Una suerte de legión para presentar otros lugares, aunque siempre termina siendo una invención de set. Se revisitan los lugares comunes, el imaginario de quien actúa. De África, por ejemplo, pudimos ver que Televisa piensa que son negros, pigmeos, orangutanes, y su manera de representar el suahili se reduce a interjecciones, algo parecido a aullidos y graznidos y sonidos de mono: en algún momento vemos repetidos esos diálogos entre Tarzán y los cazadores en películas de la década de los cincuenta. Ahora he visto que la escenografía de uno de los canales en México es una docena de tazas gigantes que no sé si simulan algún pasaje de Alicia en el país de las maravillas o conmemoran la tradición del té.
Quizá sea cierto y se detenía el mundo.
Para otros, era digno de resumen. Para México y Televisa, Tv azteca y TVC es necesario montar un espectáculo aparte y ocupar todo el día. Buscan cómo llenar huecos donde los atletas duermen. Intentan acercarse a las culturas ajenas. Lo hacen de la manera que pueden. A veces he sentido que para mamar un poco de los otros lugares hacen falta algunas preguntas más allá del turismo. Pronto se agota, por ejemplo, la vuelta al centro o la degustación de las viandas típicas. Aunque en algún momento yo recuerdo escenas que me hipnotizaron, no fueron propiamente cosas de las calles de esos lugares, tampoco fueron, por otro lado, eventualidades planeadas. Era Andrés Bustamante o Víctor Trujillo frente a José Ramón Fernández. Sólo eso mientras se espera a que México gané alguna medalla que se acoge con resignación porque siempre es para lo que alcanzó y no para lo que se quería, como cuando voy al supermercado. Mientras, en los huecos hay que escuchar comentaristas que  transforman a la mejor provocación en aficionados del América, volubles y encabronados, frustrados y críticos severos de las políticas deportivas del país, jueces de los pobres atletas que lo único que soñaban era subirse a un avión o sacar una casita para su mamá.
Por ello las recuerda uno, porque se sabe que será imposible repetirlas. 
Intentar su reproducción es como esperar que el encuentro  o el congreso que esta vez fue en Pachuca se parezca al de Oaxaca en el que no estuvimos muchos, en el que estamos en Hidalgo y no en Oaxaca, para acabar pronto. Somos nostálgicos de algo vaporoso, incapaces del mejor mañana que es hoy. Preferimos lamentar que no ha sido igual el fucking reciente porque no se ha parecido al primero que tuvimos. Somos incapaces de romperle su madre a la brújula de las predisposiciones, a los "deberías" que machacan todo y lo convierten en eventos que se aceptan equivocadamente como fracasos.
De cualquier manera, esos centros de atención en los que estoy seguro piensa el director creativo de tal o cual staff de Olimpiadas o mundiales, en algún momento se agotaron. Como cuando a Bob Esponja no le sale la fiesta como él quiere. Fueron hasta cierto punto únicos, como aquel partido que recuerdan todos y que evocan a la menor provocación.
Lo sabemos, pero, en México, se alimenta todo con la mera farsa, una repetición, una memoria fantasiosa que acuña momentos como si éstos hubieran surgido de la nada. Se piensa que el tinglado es posible y acusa un símil de las fiestas apachurradas cuando la banda quiere llegar a la apoteosis con aquella canción que alguna vez fue el clímax de la velada. Es como arrancar en segunda. Olvidan que no fue espontáneo, que debieron suceder varias charlas, hubo maneras de romper el hielo y quizá mucho alcohol. Seguro se entreveraron las desgracias de pérdidas de empleo o los desengaños de algún joven víctima de la exnovia en aquel momento.
Olvidamos. Sólo queremos que al insertarse los acordes de una orquesta de hace tres décadas y un increíblemente joven José José todo se transforme. Somos fanáticos de la chingada precocidad a costa de erosionar letras de canciones, mensajes subliminales, aventuras pasadas. Estamos urgidos de que el momento suceda no importa cómo. Nos importa poco o nada la preparación. Como meter y sacar, diría Sada. Como coger rapído y mal, apelaría Santiago Gamboa.
Tal como describen los resultados electorales, me da esa impresión. Por ahí dicen los votos son irrefutables. Ése es el resultado. Aunque, también, como en los ejemplos a los que me remito, ese resultado: el do de pecho de un cantante improvisado, las carcajadas y el llanto del auditorio en medio de un sketch, la celebración incuestionable de millones en el 2000 Mexicano, son fruto cuidado y visto crecer, no espontánea aparición.
Pienso en los meteoros, fenómenos que dan la impresión de ser fatuos. Pienso en el cometa: si se le ve cada cien años, no es porque aparezca de la nada, viene, circular o elípticamente de alguna parte, donde también se le ha avizorado. Hace mucho que la ciencia ha erradicado la generación espontánea. Yo lo veo en el refrigerador del departamento, no es de la noche a la mañana que le sale moho a las verduras. Es cuestión de tiempo.
III
Se acaba julio. Amanecí con la gata a mis pies. Desperté temprano y abrí un libro. Releo a Vargas Llosa, La ciudad y los perros. Creo que es la tercera ocasión que la leo. Aunque recuerdo mucho más de Los Cachorros, esta novela me parece algo conocido, como si pudiera identificar las mentalidades y los secretos en esos circuitos milicianos. La reviso ahora, con afanes creativos. Acabo de comenzar a escribir sobre el Seminario. Antes podía recordar a Pedro Camacho, el escribidor, como se lo decía a Diana el otro día que me contaba que en su rancho, el de su madre o sus abuelos, ya no entendí bien porque suele mentir. Esa novela, la de la Tía Julia la leí hace dos o tres años, cuando habitábamos durante veinticuatro horas un camión rumbo a Dallas, Texas. También Las travesuras de la niña mala, una novela que censuró mi papá cuando leyó algunos pasajes por accidente. Me vio como si trajera un Erótica o algo diabólico para leer. Creí que sacaría una Imitación de Cristo y me haría cambiar de libro.
No me explico bien si es mi treintena o que busco un sitio entre mis colegas, pero escribo sobre mi pasado. No acudo a la memoria tan ilusamente. No lo quiero hacer. Noto que redacto cuartillas imparablemente. Revisito los tres años y cacho que estuve en un seminario.
Descubro cosas, no idealizo. Al contrario, creo que me estoy poniendo cruel. Soy severo con algunos personajes porque los caricaturizo. Me faltan contrastes. Debo encontrar la tensión, tratarlos como personajes y no como costales. Aunque, en mi defensa, a veces es lo que representan un poco. Muñecos de paja. Pareciera que con mi escritura hago vocativos. Como si la realidad quisiera sustituir el hilo horizontal de los documentos word para traspapelarse y desfilar sin que alguien la escribe. Aunque, acepto que todavía no me atrevo al autoescarnio sin impostura. No he contado que me gustaban las muchachas de la cocina, una especialmente o dos. No he contado que los padres me regañaron más de una vez por andar de ofrecidote allí. Ahora reímos ante esas anécdotas y yo me ruborizo porque reconozco que no había mucha justificación para hacerles poemas. En lo que sí reparo frecuentemente es en la certeza de que todo se trataba de demeritarse en adultos.
Vi a algunos compañeros de esa generación de seminaristas el sábado. Comimos.Todos somos ex. Como los ex de lo que sea, recordamos.
Horado en los momentos. Intento no engolosinarme con ese personaje al que sigo egomaniacamente. Quiero que me valga madre y que se vaya construyendo una historia de las cosas.
Frecuento la distancia, necesito balancearme entre los temperamentos y la geografía, los momentos sociales y políticos, entre historias, como me ha dicho Eusebio. Es claro que la línea que narro de pronto no es suficiente, se desinfla, se pone frágil, sin calma. Es una línea que representa un poco el acelerador a fondo pero sin cambiar de velocidad, o cambiar de velocidad sin que el motor la pida todavía. Si acelero así, lo que sucede es que falta aire o gas o lo que sea, y el avance no es tal sino ahogo del motor. Si acelero así, tropieza la prosa, si acelero así, parece una carrera corta y la densidad de esa historia merece la pena para ser un campo poblado, una ciudad entera de espíritus que convivan, una historia de esas cosas.
IV
Me escribo con Edgar y Miguel. Hablamos de nuestras historias presentes. Hablan. Es cierto, ellos dicen. No sé en qué momento me convertí en un monolito, en ese muro silente que pareciera tener respuestas. Hablo poco, pregunto mucho. Me detengo cuando se trata de decir qué opino, tampoco revelo cómo estoy. Me consigno a decir que todo está como debe. Apelo a la resignación. La alumbro con que lo que pasa por mis días es suficiente como para no tener manera de quejarme. Muchas veces no es cierto. Pero no me doy el derecho de réplica hasta después, supongo que hasta que no tenga manera de defender mis estado actual. Pero creo que hoy, martes, segundo día del diario en el blog, podría decir que estoy algo deshecho. 


0 Escrúpulos y jaculatorias.:

 
Free counter and web stats