Bolañianas.

"La vida es una tristeza insoportable ¿no le parece?"
(Bolaño,2666:380).
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Escenas de un festival.

Soñé que traspasábamos un círculo del infierno. Soñé que ingresábamos, sin saberlo, a un estanque en el desierto. Soñé que entrábamos a un segundo patio de una casa que mostraba en la primera puerta una leyenda que decía Museo. Soñé que entrábamos, el poeta sinaloense, el poeta local –desaparecido desde hace un tiempo y ágrafo irremediable declarado por cuestión de principios ya hacía meses: había que vivir la vida para escribirla. Él estaba convencido de que eso le estaba sucediendo por aquel tiempo-, y yo, el promotor de cultura de provincias en las que lo último que importaba era la cultura. Todos gemían e intentaban llorar en aquel lugar. Los rostros eran de una miseria inenarrable. Los rostros se mostraban plagados de arrugas y de aridez y una sensación de sed como agujas; algunos de ellos, podía observarse, carecían de ojos, o sólo se les distinguían los párpados caídos que escondían las miradas. Parecía que cada uno había sido derrotado por decisión unánime después de una larga pelea que traían toda ella a cuestas; y que ésta se les reflejaba clarísimo en cada fisura del rostro, en cada gesto, en cada facción. En el sueño, los poetas y el promotor de provincias tenían una piel joven y brillante, miradas vivas y sonrisas perfectas, casi cínicas, casi imposibles. Cargaban libros en una caja, muchos libros, se veía que pesaba mucho esa caja. Los libros eran de un tal Mijail Lamas, Álvaro Solís, Eusebio Ruvalcaba, Ricardo Yánez, Mario Bojórquez, Ibargoyen, Rafael Delgado, Isaura Contreras, Margarita Paz Paredes, Archimboldi, Cerárea Tinajero, Angélica y María Font, Jacinto Requena, Piel Divina, Ulises Lima y Roberto Bolaño. Sí que pesaba esa caja. También había revistas. Era Sapere Aude. Lo supe porque, conforme fue avanzando el sueño, pude ver que las estaban regalando en una mesa de mantel verde dos muchachitas que no sabían qué estaban haciendo ahí y llamaban desesperadamente por sus celulares a sus padres rogándoles que las sacaran de ese sitio que apestaba a cementerio. Pude reconocer que era esa revista porque pude ver la portada. Porque conocía de la vida real, me parece, esa portada, y estaba seguro de que era Sapere Aude. Era un recuerdo del que estaba seguro.

El poeta sinaloense, el poeta local y el promotor de provincias, de sonrisas perfectas y piel brillante, se colocaron en alguna de las filas de hasta atrás. Había un escenario al frente. En el escenario estaban acomodados cuatro cadáveres viejos y sus grises almas les posaban una mano en el hombro derecho. Los cadáveres intentaban reír pero sólo se podía distinguir el millar de arrugas de cada uno. A los poetas y al promotor se les distinguía en la parte de atrás, cerca de unos helechos y unas plantas de sombra. El público que ahí se encontraba aplaudía en cámara lenta. El público que ahí se encontraba lloraba a berridos ubérrimos. El clima era deprimente. Hedía a cadáver, a hemodiálisis, a cenizas. El público me recordó a un velorio tristérrimo.

Alguien preguntó por el W. C. Uno de los poetas se veía incómodo. Parecía como si quisiera salir corriendo de aquel sitio. Parecía que en ello se le fuera la vida. Parecía que su rostro estaba a punto de perder la lozanía y que estaba a punto de petrificarse, y que quedaría convertido en una roca caliza o de cantera roja. Parecía, puede ser, que le vendría de súbito una cirrosis dérmica. Giraba obsesivamente el rostro hacia todas partes: izquierda, derecha, al cielo, al suelo. Descubrió que llovía para él. Descubrió que lo que llovía eran cenizas y gotas inmensas de sangre. Sentía que le habían empapado el rostro. Las cenizas que caían del cielo encerrado de ese rectangular patio eran la obra de caridad de algún samaritano: se dedicaba a incendiar cada uno de los ejemplares del libro que estaban presentando en ese sitio, en ese sueño. Imaginó un pozo sin agua y envuelto en llamas en el que caían uno a uno los libros. El incendiario deshojaba cuidadosamente los libros. Primero las portadas que miraba con odio y que consideraba esperpénticas. Luego hoja por hoja asegurándose que se quemaran todas completamente. Con un aparato indescriptible hacía que las cenizas cayeran lentamente sobre el público enlutado. Descubrió también el rostro coriáceo del autor del libro, al borde del llanto. Atinó a buscar el rostro del poeta sinaloense, supo que éste estaba en otro sitio. Luego encontró el rostro risueño y nervioso del promotor de provincias: éste ingenuamente se sentía protegido. Estaba flanqueado por poetas que con su canto lo salvarían de ese infierno de pesadilla. La sangre que le cubría ya el rostro lo consoló. La sangre que caía a goterones le hacía sentir en videoclip de grupo de rock y le agradó la idea. Pudo ver entonces que no tenía la más mínima idea de lo que estaba haciendo en aquel lugar. Deseo largarse en cuanto antes y atinó a tararear muy quedamente algo de Leonard Cohen o de NIN o de The Rolling Stones. Sí. De The Rolling: I can get no satisfation. Esa canción que recordaba haber ronroneado tantas ocasiones en bares de poca monta pocos años antes. Cada fin de semana solía tocar, junto a su banda, hasta muy entrada la madrugada, hasta que la hora del lobo transcurriera a ritmo de rock, y que los temores de la muerte se esfumaran con el canto órfico de una banda de rock amateur que guardaba a un poeta entre sus miembros. Y entonces la imagen de Isabel la Católica haciendo streap era posible. Isabel bailaba a ritmo de The Rolling y se desnudaba frente al poeta local en un bar donde la claridad era absolutamente nebulosa. Y entonces pudo recordar cómo probó coca y crack, mota y LSD; cómo rechazó a una docena de rubias artificiales hasta el culo, que ofrecían sexo oral de calidad.

Parecía que mientras se pensaba esto el otro poeta hubiera comenzado a cantar de memoria sus propios poemas. Parecía que lo que uno pensaba el otro lo había escrito como un omnisciente ojo ezequielino que lo mira todo:


La verdadera fiesta donde nada se pide y todo se toma,

donde no hay culpa ni pecado,

porque antes de volver al camión derrotado

de los derrotados,

antes del The end de la canción

voy a gritar

y masticar mi rabia.


El otro poeta no estaba lejos de los pensamientos del ex vocalista de banda amateur. Se le agolpaban imágenes. Pensaba en lo absurdo de estar en aquel espacio narrado por Dante. Sólo faltaba que el público armara un par de filas, y a ritmo de una bataca violenta, comenzaran a estrellar sus cráneos los de una fila contra los de la otra. Parecía faltar muy poco para que el wals de los iracundos diera comienzo. Sólo faltaba que oscureciera un poco. Sólo había que esperar a que las cenizas llegaran aún encendidas a aquel patio rojo y viejo, y cubrieran todo el suelo árido y con hedor a hemodiálisis. Se podía sentir cómo crujían ya los dientes y cómo sonaba el dolor y cómo se podía percibir el inminente y estentóreo choque de cráneos recalcitrantes. El poeta comenzó a repetirse, sorprendido por recordarlos de memoria todos y en orden, los versos trabajados de El cuaderno de Tyler Durden. Se le aparecían las notas para guitarra de alguna canción de Nirvana aprendida en la adolescencia y la imagen de Cobain que yacía entre sus brazos presumiéndole los veintisiete años de ese cadáver bello dejado para la eternidad. Comenzó a creer entonces las primeras palabras del promotor de provincias -y que él había atribuido a un sarcasmo local- cuando pasó por él a la terminal: ¡Bienvenido a Comala!. Estoy es lo que hay.

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Por el Hombre, por el Artista, por con quien, en la infancia, compartí mis sueños


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Estampitas de niño en short.





Me encantaba, eso dice mi madre, andar todos los días, a todas horas de shorts. Creo que reía poco desde entonces. Fui más bien misterioso, con mucho espíritu; me desbordaba y desde niño sabía que no alcanzaría algo. Sabía, creo distinguir a la distancia, que viajaba en el barco de los derrotados.


Por las noches, lo recuerdo con cierto estupor, -estos momentos también me delatan mi cercanía y preocupación por la muerte y los otros y la tristeza y la pérdida- me acercaba a tientas, en la oscuridad, con cada uno de mis padres y de mis hermanos a comprobar que aún respiraran. Sólo después de corroborar que así fuera, sentía que el nudo en la garganta desaparecía y yo por fin podía echarme a dormir. No, no sé por qué. Sólo he comprobado lo primero. Nunca he sabido lo del nudo o el por qué. Sólo sé que así era. Siempre viví preocupado, angustiado, sufriente. Debe ser porque leía vidas de santos.
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...

Premiación Primer Concurso de Cuento Joven “Roberto Bolaño”.

De Irapuato sólo hablan los irapuatenses, y algunos escritores. El escritor guanajuatense, Jorge Ibargüengoitia, dedica ácidas y divertidas páginas a Irapuato y la región. Lo hemos resaltado antes. A pesar de lo que la lógica conocida mandaría, no es el único escritor que escribe sobre Irapuato. Roberto Bolaño, escritor que además no es de por estos rumbos, pasea por Irapuato. Deja un relato breve sobre el Irapuato de 1986 en un libro que reúne algunos de sus cuentos bajo el título de Putas Asesinas. El cuento se llama “Dentista”. He aquí lo que motivó al Colectivo Plataforma para nombrar así a su Primer Concurso de Cuento Joven. Roberto Bolaño, chileno, que podría inscribirse en la literatura contemporánea como el primer clásico del siglo XXI, escribió sobre Irapuato. La reseña aquí debe ser breve: José Ramírez es el Rimbaud de por aquí. Irapuato es una ciudad donde todavía hay pájaros. Es el Irapuato de los ochenta. Esa ciudad que alberga partidos de mundial, al Cine Rex y, contrario a lo que se puede malamente pensar, alguna que otra librería; más aun, Esta ciudad, según este cuento, tiene entre sus filas a un poeta: el Rimbaud de por aquí. Es el Irapuato de fondas, mercado y café con leche. Es en fin, el Irapuato por el que algunos de nosotros paseábamos todavía en pantaloncillos entre el kiosko y la Escuela Josefa Ortíz de Domínguez, entre el Jardín Principal y el desaparecido Real de Minas. Es el Irapuato en el que “del otro lado de la vía, era otro lugar”. Este es Bolaño, este es Irapuato, esto es lo que hay.
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Puesto que no tengo en dónde publicar:


El autorretrato en Raúl Zárate.
I
En Irapuato se habla, a veces más a veces muy poco, de lo que ha pintado a lo largo de su vida Raúl Zárate. Siempre será un pintor de provincia. No sé qué tanto al margen como en el horizonte donde todo se funda, pero es cierto que no será, nunca, quizá por propia elección, una vanguardia sino una evocación. Quien ha visto el trabajo de este pintor, nacido en la década del treinta, los años locos, la consecuente resdaca de la Revolución mexicana, de la Gran guerra, puede identificar sus inclinaciones. Con riesgo de merodear el lugar común, destaca entre la trayectoria y la retrospectiva ante la obra, desde siempre, la fascinación por el pasado. Este pasado con un aire colectivo, una suerte de espíritu de época que linda más con el espacio compartido que con el pretérito propiamente. Ve, a partir de ciertos lugares, otro tiempo, su tramoya cobra protagonismo y se presenta como el objeto preciado. Un vuelco que llameré costumbrismo pero no porque sea anacrónico que sí lo es, sino porque construye sobre la marcha, entre la memoria y la mirada.
Zárate evoca, con esa memoria que restituye lo que ha sucedido o lo hace como la fe en el recuerdo lo hace, menos que a ciertos personajes, los espacios transfodos en la anfibología de la ciudad de provincia, cansina, lenta, tediosa. Puedo ver un Irapuato antiguo tatuado, como diría Serrat, de un día cualquiera, de un nombre corriente, con el que se camina con paso doliente, en la mirada del pintor.
Crecí con los pasajes y los países de este pintor. No soy un leal compañero sino un testigo gozosamente involuntario. Pero sé de quién le ha seguido tanto como para tener una imagen más  menos clara de los temas recurrentes de Zárate. Pueden, quizá, edificar mentalmente las diferentes iconografías de músicos, trompetas, chelos, saxofones, timbales o platillos, esos instrumentos órficos con los que el artista busca iluminar la realidad; su propósito radica en conservarla, detenerla, preservarla, como un Orfeo llevado a la pintura, un historiador de la vida, esa vocación melancólica; la música, entonces, pienso ahora, lo afiliaría a ese aire de vanguardia que se le pudo negar por lo costumbrista de su provincianismo. Zárate, transito vitalmente, como ese mirón que decía ser cuando, sonriente, contaba aquella anécdota infantil. Decía que él vivió en las vecindades del centro de la ciudad. Esos caseríos lúgubres estuvieron a un costado de lo que se convirtió en el cine Rialto. Revelaba, con sorna, que iba al cine gratis desde el principio porque habían hecho un boquete en la pared que lindaba entre la sala de proyección gigantesca y las postrimerías de ese arrabal.  Se apropia de esos temas tan cortazarianos que podemos recorrer en Rayuela, esa lectura de formación cuyo regusto de la primera vez que se leyó se puede hallar también en algún cuadro con tan snob, tan París, tan musical.
Por otra parte, El activismo político ha estado presente tan ubicuo como los recuerdos y la memoria misma, que amañada glorifica y despedaza la vida como el sustento de la obra. Otros más, habitantes, como poetas, de la noche, ésa que ha terminado por ser el día, reclamarán la incursión de nuestro artista en el mundo de los desnudos y la espátula, siempre a la saga del reconocido Antonio González. Podríamos recordar hacia dónde apuntaron los pezones de aquellas muñecas postradas, inquietas y en francachela que inundaron dos o tres sitios de poca monta de la década antepasada.
Hace ya algún tiempo me colé en una de las últimas exposiciones del ex trabajador de la tabacalera El águila. Mientras el orador tiraba, como quien no quiere la cosa, algunas palabras acerca de la obra del artista, y bordeaba, un poco a tientas, algunos puntos que le parecían rescatables de la obra, atinó a decir algo que quizá no había llamado tan poderosamente mi atención antes. Me tomo la libertad de comentarlo por lo exacto que me ha parecido. Además, por darme la pauta para la tesis que he de defender más adelante sobre la obra presente del habitante de aquel Pen house del Hotel Versalles de los ochenta donde quien incursioné, cuando aún era yo un niño de pantaloncillos y playerillas de punto color marinerito, en el surrealismo. Compartíamos los sueños de la noche anterior mientras comíamos huevos a la mexicana y café con leche en vaso de vidrio, como detectives salvajes. En aquel mundo éramos libres y, además, por mi edad psicológica, individuos egoístas, muy ad hoc con las tendencias del siglo. Decía este crítico de arte acerca de Raúl, pintor -al que me une, como ya he dado a entender, una historia particular- que sería un representante fiel del modelo onírico traído a escena hace más de cincuenta años en aquel “Vine a Comala a buscar a mi padre” de Juan Rulfo. En éste encontramos hombres de miradas iluminadas por una tristeza de pérdida, o mejor, de una tristeza natural quizá, mas no violenta o, por lo menos, una que no pertenece a la actual llena de amarillismos y hasta miserable, sino hija de la historia de la que emergía. Esta mirada, la mirada des-veladora, revela, asimismo, la búsqueda, afirmo, otra vez, sólo para que quede claro la evidencia de la orfandad: “Vine a Comala a buscar a mi padre”.
En un artículo que escribí en aquella ocasión, mismo que titulé “La Elección”, decía yo, casi ingenuamente, que la búsqueda encontraba sus horizontes en la aspiración del artista por detener el tiempo y por imaginar su historia, por contener en una imagen al tiempo. Quizá sea trivial ahondar en las circunstancias históricas de los que ya rayan los setenta años, como es el caso del pintor irapuatense, sin embargo, el contexto ayudará a dar testimonio de la trayectoria vital y pictórica del artista en cuestión, un entrañable ser humano, un ser terriblemente histórico, todo un eslabón. El sueño postrevolucionario reinaba, todo era terriblemente convulso y no habría, no lo habrá a medida que el siglo avanzó, indicios de alguna calma como no fuera tensa; aún hedía a carne de héroes y a antropófagos golpeados por el conflicto; un ambiente radical en el que lo mismo cada mexicano paseaba herido como cada uno de ellos era un luchador social; todos unos huérfanos, los mexicanos, podían, no obstante, celebrar y compartir. Habían sobrevivido a las carnicerías internas y pudieron ir constatando la fundación de un nuevo Estado. Las luchas sociales, de cualquier manera, no desaparecieron. Los conflictos bélicos seguían siendo parte del paisaje. La migración y la conciencia de clase eran consignas. Todos emprendieron un viaje, un viaje “paramiano”, obedeciendo al destino, con la clara conciencia de que había que caminar con los zapatos rotos y de polizontes en algún vagón de tren, otro sobreviviente decimonónico; la lista se hace larga, en general, dolorosamente, el régimen mundial lo dictaba una pletórica Guerra fría, Mayo del 68 en París, dictaduras en Latinoamérica; el triunfo de la Revolución, otro mayo en Argentina, y un octubre rojo en Tlatelolco; era la dialéctica de la insurrección, la vanguardia y la lucha por la libertad del pensamiento. Era un caldo de cultivo para las búsquedas y los intentos y los sueños y la manifestación. Fue la apoteosis de la fundación de un nuevo mundo, uno que nos explotó en las manos y que, ahora, a pedazos muy pequeños, a fragmentos, intentamos, más que reconstruir, distinguirle una posibilidad de orden.
II
No puedo hablar aquí, por lo menos no con un carácter de juez, acerca de la obra de Zárate y de la crítica que le ha merecido por los espectadores, los expertos o los encargados de revistas. Empero, no he podido evitar pensar las sensaciones que a últimas fechas despierta el autor a quien lo conoce. Las opiniones apuntan a la temible afirmación de haberse contaminado con el espíritu de la época y, peor, verse sometidas al prejuicio. No es, no se me malinterprete, una obligación comprender al pintor; mucho menos estoy alentando a que todos nos veamos seducidos por el arte, tampoco; sólo busco aclarar que el artista no es digno de lástima sino de las más clásicas sensaciones ya descritas y sistematizadas en La poética de Aristóteles, de las que somos capaces los hombres: el artista, peregrino y poeta, en un sentido amplio y etimológico del término, es decir, creador y anunciante, enviado, es digno de conmiseración; será capaz de inspirar y contagiar el sentimiento más noble del hombre, el dolor. La experiencia es la más fina sustancia de vida, comprende un proceso identitario donde el artista no representa al mundo solamente, sino que presenta nuestro mundo de la manera más pura. Es el alter Christus  del viernes santo que muestra al hombre más humano de la historia, ese proceso se rectifica en cada obra de arte especialmente, por lo menos para este trabajo, en la obra pictórica parida en los últimos tiempos por Raúl Zárate. La más alta de las sensaciones, aquélla en la cual el hombre ve en la sinécdoque su cumbre: desde ese individuo puede distinguir una pertenencia al todo y, a ese todo que es el mundo, es al que el individuo contiene en sí mismo. He de agregar entonces que reconozco en el inconforme anfitrión de aquel sitio llamado “La Castañeda”, su galería en los años noventa, al artista en plena expresión: marginal y evangélicamente menospreciado. Visto hipócritamente por los sepulcros blanqueados, tratado con delicada saña y con olvido perentorio, una malsana realidad, pero, siempre, no importando qué, entregado a su afanosa labor por y en el mundo. Un artista que modela el mundo.
He aquí mi punto de interés. Sé que se ha recurrido, como en muchos otros artistas, al dolor y al sufrimiento de éste para justificar la obra. He visto cómo la sensibilidad desbordada de nuestro personaje ha sido reducida a la lamentación y a la precariedad física como único motivo, los últimos años han sido de precariedad económica y de una salud endeble, en detrimento meteórico. No es de negarse su importancia y su influencia en el avatar y en la obra del autor porque la vida alimenta necesariamente a la obra. De hecho, la vida misma vale como ejemplo artístico del propio artista. Es su propio monumento. Sólo que no deja de ser un lugar común hablar de la importancia del dolor o el sufrimiento. Sin embargo, descubro, a la luz del certero y hondo ensayo La jaula especular de Frida Kahlo: entre el diario y el autorretrato, escrito por Juan Pascual Gay, a los cien años de Frida y la exposición de sus diarios. Afirma que en el dolor no se agota ni se clausura la comprensión del artista y de su personalidad; no es el dolor la sumatoria de la expresión. Hay algo más que comparte Raúl Zárate con muchos de los artistas que pudiera mencionar. No es la propuesta artística la que me interesa resaltar, no me interesa ahora ni me interesó antes, de hecho, ahora me interesa el afán, casi triste, del pintor por el autorretrato.
Gran parte de la obra última de Zárate encuentra como objeto a sí mismo, adecúo las palabras de Pascual sobre Khalo, es él mismo quien se convierte en el objeto de sus propias obsesiones “retratándose de manera reiterada no sólo como si pretendiera atrapar para siempre esa imagen que en cada momento no se ofrecía a la vista, sino como si quisiera llevar una cuenta de todos los [Zárate] que fue para entender por acumulación quien acaba siendo: [El Zárate] resultado de todos ellos, fantásticamente verdadero”. Lorenzo Saval es autor de unas claras palabras que prologan un número de la revista Litoral a propósito del autorretrato: El hecho para un creador de autorretratarse, de atreverse a definir y exponer el ser que lleva dentro es un acto de identificación más que de vanidad.
Se requiere de un gran oficio y de mucho valor para dibujar unos ojos que reconozcan tus amigos, una boca que pueda dar el beso que tú darías o escribirte un epitafio. El artista necesita de ese ejercicio estilístico para confirmar la idea que quiere tener de sí mismo. El autorretrato es un instrumento fundamental para la construcción del individualismo y posibilita el autoconocimiento. Ogni pittore dipingi (todo pintor se pinta) dice un antiguo refrán italiano; algunos como Rembrandt, Van Gogh, Picasso o Frida Kahlo construyeron una amplia autobiografía visual a lo largo de toda su vida, al igual que con la palabra hicieron muchas de las voces aquí antologadas. "Quiere dar a conocer y reconocer/ Al hombre imaginado,/Al hombre reflejado,/Al constructor de espejos, dice Zaval.
Si bien la autobiografía de Raúl se alimentaría en gran medida de paisajes de una o varias ciudades atrapadas en el tiempo, de infinidad de bodegones que asoman más exactamente intentos de técnica, de desnudos casi obscenos y divertidos, la parte última de su obra la pude ver reflejada trágicamente en más de una docena de autoretratos en los que construye una nutrida autobiografía visual que parte, a mi entender, de la necesidad intrínseca de cada cual sobre sí mismo, sobre lo que se es y sobre el sitio donde se está crucificado. Esta necesidad es, como ya se puede notar, mera duda, también inherente al individuo, de saber quién se es. “La duda” para José Antonio Mesa Toré es el origen del autorretrato:

La duda nos persigue una vez abiertos los ojos al mundo y, como si se tratara de nuestra propia sombra, ya no nos deja hasta el día final. Es una duda insistente, una sombra insobornable que nos quita el sueño y apenas si nos deja vivir. A veces, en muy contados momentos de nuestra existencia, tenemos la sensación de diluirnos en el Universo, de girar armónicamente con las estrellas, de estar en paz con el mundo y con nosotros mismos. Saber quiénes somos. Mejor dicho, creer saberlo. Porque ese instante de comunión con el exterior y con el interior se desvanece en un abrir y cerrar de ojos. Como un espejismo. Y entonces ya no sabemos. No sabemos nada
La necesidad de situarse le llega al condenado. Empero, no me parece descabellado afirmar de Raúl que su genuina lucha frente al tiempo y de matiz salmón comenzó hace ya bastante tiempo. Claramente se puede distinguir en la biografía el genuino lance de samurai; la batalla inevitable contra el enemigo voraz, la vida, ésta que se emprende a pesar de tener la certeza, de antemano, de la derrota. Representa, por lo menos lo considero, la búsqueda infructuosa que hace ser.
La duda es la que la lleva en cada momento a establecerse, a cristalizarse, a detener el paso del tiempo a sabiendas de que la imagen encapsulada en los límites de la tela o del papel volverá a transformarse a cada salto temporal. El autorretrato como testimonio, vestigio, huella no de lo que es sino de lo que fue, concluye Pascual, bajo un eterno fracaso. Al final, el detenimiento de ese tiempo es sometido a la misma continuidad antinómica del mismo. Así, la lucha es una causa perdida, una lucha genuina en la que se sabe, de antemano, y no por eso se desfallece en el intento, que la batalla está perdida. El intento pictórico en lugar de ir construyendo una única imagen de sí mismo, un final feliz en el autorretrato encuentra las diferentes consecuencias del siglo que nos traspasa, una mera continuidad de fragmentos de la vida de quien se atrapa; un individuo terriblemente fragmentado, que, sin embargo, es incapaz de dejar de mirarse y en ese mirarse contiene al mundo a menos de un tiro de piedra, como héroe griego.
III
Raúl Zárate me contó hace un tiempo que a los ocho años emprendió el viaje paramiano, mejor referencia no se puede encontrar a lo que su obra apunta como he escrito renglones arriba. El signo de sus tiempos, dos de mis abuelos, que aún viven también, vivieron el mismo drama. A diferencia de mi abuela, que buscó en el naciente D. F. y de mi abuelo que encontró en Houston, A Raúl le sugirieron buscar en Tamaulipas. Viajó hasta Tijuana donde finalmente encontraría a su padre como encontraría también una gonorrea que desribe casi con sorna. Sacrificó la vida de la casa materna por aventuras ignotas. Escenificó aquella parábola que me parece tan literaria, la del hijo pródigo. Era un tiempo posrevolucionario y de precariedad, de analfabetismo y de descubrimiento del mundo, ya lo he mencionado. La experiencia de encuentro,  siempre decepcionante con lo otro, con ese horizonte que no prometía sino hinojos, quizá le hizo retornar como el hijo pródigo al lugar de origen, a donde todo poeta regresa, al ideal de ciudad que derramó, como se puede confirmar en sus cuadros, durante largo tiempo, esa ciudad infantil, esa tierra prometida de la que salido alguna vez para buscarse el mundo.
Los rasgos que cumple Zárate en su vida, son rasgos del marginal, del profeta, del hijo pródigo, del que hace de su vida una obra de arte: la pintura, ésta que no sólo devela, sino que extrae las sensaciones humanas, y hace que suceda la experiencia artística. No hay en esta obra un sujeto mirando ni mucho menos una experiencia de fascinación solamente; no sólo un objeto inanimado que está a disposición para vérsele sino el fenómeno de ligazón entre el que mira y lo que es mirado:El fenómeno.
Es cierto que verle a oscuras y dependiente me ha conmovido, pero hoy como nunca la pintura de "el jefe", ha logrado desenterrar al punto de la transformación, lo que Ricoeur, suele llamar Felling. Ha sido el encuentro con la obra una lapidaria experiencia del suspiro que aspira a la comprensión del mundo de la vida; me he quedado también con la certeza de que la conciencia de esta comprensión no es posible sino a través del recuerdo, la formación de la sensibilidad y la familiaridad con la obra artística, con el hombre mismo que es, como diría John Wilmot, el único experimento interesante, cuando él es su propio objeto de estudio.

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Dictamen.

Colectivo Plataforma anuncia a los Ganadores de Primer Concurso Estatal de Cuento Joven "Roberto Bolaño".

PRIMER LUGAR, Jessica Michelle Hernández por su trabajo CATACLISMO
SEGUNDO LUGAR, Bruno Aranda Arredondo por su trabajo EMILIO
TERCER LUGAR, Mario David Lugo por su trabajo DULCES DÍAS

La premiación se llevará a cabo en el Museo de la Ciudad el 19 de mayo de 2008.
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Colectivo Plataforma Presenta: Contraverano, tercer poemario de Mijail Lamas. La cita es este 19 de mayo a las 19:30 hrs. En las instalaciones del Museo de la ciudad de Irapuato


Desde inicios de 2004 tiene sus orígenes el Colectivo Plataforma. En aquellos días los objetivos tenían más que ver con la creación literaria y los intentos juveniles de un grupo de estudiantes de Literatura, Filosofía, Historia, Artes Plásticas y materias afines. Ese movimiento se llamó Anacentrismo, mote que le debemos a su creador, Alejandro Palizada. Después de varias mutaciones, separaciones y algunas migraciones también, el Colectivo Plataforma cumple poco más de un año de ser un grupo de Fomento Cultural que coordina y proyecta eventos como conferencias, charlas, mesas de trabajo y de debate, presentaciones de libros, muestras audiovisuales o recitales de poesía. En general, los objetivos perseguidos se relacionan con la promoción cultural, la inscripción de Irapuato en el mapa humanístico de México y el mundo, y con algo que nos parece sustantivo en una sociedad tan entregada al ritmo actual: el desarrollo de la sensibilidad.
Colectivo Plataforma presentó durante 2007, en el Museo de la Ciudad, recitales de poesía, como el dedicado a Pablo Neruda en febrero del año pasado; mesas de debate como la que tuvo lugar el 30 de mayo, “Diálogo sobre literatura contemporánea”; conmemoraciones a escritores latinoamericanos como el Memorial “Laberinto/Puente, homenaje a Cortázar y Borges” en septiembre pasado, o el dedicado al Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz apenas en abril del presente año, conmemorando el 10º Aniversario luctuoso del escritor de El laberinto de la Soledad; presentaciones de libros y resultados de investigaciones locales como La trapa[1] del escritor leonés Juan Carlos Porras, “El juguete tradicional de Guanajuato”[2], de Dr. Gabriel Medrano, Investigador de la Universidad de Guanajuato y “El corrido de Gomeros” del investigador L. H. Luis Omar Montoya; recientemente, el Colectivo Plataforma convocó al Primer Concurso Estatal de Cuento Joven “Roberto Bolaño” mismo que se premiará el 19 de mayo de 2008 en el marco del XVI Festival Eraiticutzio.
En esta ocasión, presenta a una de las voces más intensas de la poesía joven en México. Rescata la esencia de la poesía tradicional. La plasma con un toque posmoderno, renovador. A su vez, combina el cosmopolitanismo de la gran ciudad con ese aire provinciano, de ciudad pequeña y lenta, que comparte con los jóvenes de esta ciudad. Él sabe lo que es querer irse y no regresar. Él representa la voz del hijo pródigo, esa parábola que la literatura adopta para describir lo que es la vida para el hombre: la posibilidad del viaje. Lamas lo imprime en su poesía. Ésta que presenta el mundo que cualquier transeúnte conoce, emparentada con sentimientos como el dolor, la amargura o la esperanza; con la posibilidad de ser feliz o habitar el mundo triste por decisión propia. Su poesía es, sin duda, un canto vertiginoso pero que resulta muy familiar. Nativo de Sinaloa, ha sido becado en dos ocasiones por la Fundación para las Letras Mexicanas y creador con trayectoria por el Gobierno estatal de Sinaloa, se inscribe con sus tres poemarios, Cuaderno de Tyler Durden/ Fundación de la Casa[3] y Contraverano[4], en la tradición de los poetas de provincia que llegan a la ciudad. Tradición encabezada por el mismo ilustre zacatecano Ramón López Velarde o el guanajuatense, cantor de los Hombres del Alba, Efraín Huerta. La presentación se llevará a cabo en el Museo de la Ciudad de Irapuato el próximo lunes 19 de mayo en punto de las 19:30 hrs.
[1] Publicado en 2006 por Instituto Cultural de León.
[2] Disponible en CD y de próxima aparición en Editorial la Rana. Más información en www.garambullo.org.mx
[3] Ediciones sin Nombre, 2008.
[4] CONACULTA, 2007.
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Agenda.

Casa de la Cultura
tu mirada al arte.
XVI Festival Eraitzicuitzio
Las Siete Bellas Artes en Irapuato.
Mayo 2008.
Hoy más que nunca,
un escritor,
un libro y una biblioteca
nombran al mundo
y le dan voz al ser humano.
Carlos Fuentes.

Lunes 19 de mayo. Literatura.

Museo de la Ciudad

18:30 Presentación del libro de Adrián González

19:30 Presentación de Contraverano de Mijail Lamas

20:30 Inaguración del Festival y presentación de la Orquesta de Cámara de Irapuato

21:30 Premiación del Concurso Estatal de Cuento Joven "Roberto Bolaño"
Vino de Honor


Martes 20
Cine

20:00 En el Hoyo, de Juan Carlos Rulfo. Ágora del Hospitalito.

Sábado 24.
Artes Plásticas

18:30 Retrospectiva, Paco Patlán. Expo de Grabado en Casa de Cultura.

20:00 Retrospectiva, Raúl Zárate. Obra pictórica en Centro Cultural Tonatihuh

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Sabineana.

"Que gane el quiero la guerra del puedo"
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Casa de citas.

"Todo es posible.Eso todo poeta debería saberlo.
[...]
Fue Neruda el que se instaló en mi pasillo [...] Neruda hacía ruidos, se quejaba, murmuraba palabras incomprensibles, sus manos se alargaban, sus pulmones sorbían el aire del pasillo con fruición, sus gestos de dolor y sus modales de mendigo fueron cambiando de tal manera que al final el fantasma parecía recompuesto, otro, poeta cortesano y solemne.
[...]
¡Si Neruda fuera el desconocido que en el fondo verdaderamente es!"
Bolaño, Roberto. "Carnet de baile" en Putas Asesinas. Anagrama, Barcelona, 2006.
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De chilenos.

Sentía ráfagas violentas sobre mi cara, sabía que venía echado en último asiento del autobús, tenía "Putas Asesinas" de Bolaño sobre las piernas, y al lado mío estaba -por fin- dormido un niño con cara de demonio sedado como de unos cuatro años. Se había tendido a lo largo de los otros tres asientos de hasta atrás. Su madre, según recuerdo, hablaba por teléfono y se asomaba a la ventana como queriendo llegar más pronto a donde sea. Había comido opíparamente. Me había cocinado lenta y cariñosamente unos bisteces con limón y sazonadores, una ensalada más o menos discreta acompañada de croutones y una sopa de arroz instantánea; café y un pie de manzana frío. Toda la semana la pasé entre atolondrado y norteado, el calor o la vida misma, no sé. LLegamos a la terminal de autobuses, o al menos eso es lo que alcancé a notar entre mi estado onírico. Estacionó el chofer y de pronto escuché en el altavoz -elemento extraño de la historia, pues los altavoces de las terminales de autobuses son inintelegibles por sistema- el nombre de Ricardo Reyes. Luego pude ver cómo un tipo narizon y con panza acostumbrada a mirar para el suelo, calvo y con una guayabera y alpargatas, con dificultad, se incorporó de su sitio en el autobús en el que también venía yo. Yo no lo podía creer y me tallé los ojos. También el señor bonachón había distinguido lo que la voz había dicho. Le llamaban a él por lo que pude notar. Iba a atender a quien le llamaba desde el altavoz. Todavía incrédulo yo, cuando bajé del autobús pude ver que alguien le mostraba unos boletos y una lista y hacía ademanes al señor. Pude escuchar -como en aquella ocasión en la que invitamos a David Huerta a Guanajuato y de esa manera le habían patrocinado los pasajes- que los del ETN le nombraban a aquel señor "El poeta". aterrado o sorprendido, pero seguro de que veía a quien veía, en una actitud medio idiota me dije a mí mismo, joder, estos weyes ni siquiera saben que Ricardo Reyes es Neruda.
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